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Publicado en Opinión

De la más feroz de las religiones

Domingo, 11 Marzo 2018 04:30 Escrito por 

Desde diversos templos, los “profetas de los últimos” tiempos lanzan su septenario apocalíptico, más en calidad de amenaza que de advertencia, aunque su doctrina cabalgue desde hace 40 años en los lomos del célebre Caballo Negro, signo de hambruna y pobreza:

En el caso de que en los comicios presidenciales triunfe el candidato de la presunta “izquierda”, Andrés Manuel López Obrador, si se cambian las políticas fiscales en nuestro país faltarán “juanes” y cronistas deportivos para narrar las batallas de los ejércitos en el Armagedón contemporáneo para ir contra la moderna prostituta babilónica de la idolatría (en termino políticos, “populismo” o bagatelización de la limosna presentada como “política asistencial”).

También, si se da marcha atrás a las “reformas estructurales”, principalmente la energética, ya no habrá Jeremías que proteja el Arca de la Alianza y sus tablas mosaicas. Temibles y no tan nuevos dragones harán sentir su flamígero aliento, se anuncia, a pesar de que estos fabulosos animales ya comenzaron a hacerlo, justo con esas “reformas”.

Por si faltaran jinetes (neoliberales), alguna bestia (tecnocrática), o dragones (conservadores), que para el caso son lo mismo en distintas representaciones, se desliza la amenaza de que cambios “inesperados” podrían incluir “medidas que debiliten la salud financiera de Petróleos Mexicanos o de la Comisión Federal de Electricidad", a pesar de que el primero está desmantelado, ya no aporta a la Hacienda Pública sino que por primera vez en su historia le quita (echa mano de reservas internacionales) y la segunda no es más que un membrete para la subcontratación de empresas privadas ya metidas en el negocio ·de clase mundial”, con pasivos de escándalo que, como siempre, se “hicieron deuda pública” (más de un billón de pesos entre lo que queda de ambas paraestatales).

Todo esto, y más, dicen los sacerdotes a través de sus falsas videntes agencias calificadoras de riesgos, podría afectar las expectativas de crecimiento del Producto Interno Bruto (mediocre 2 por ciento en las últimos 36 años neoliberales, sólo impulsado por el crecimiento demográfico) y complicará más hacer frente a la deuda pública que, dicho sea de paso, alcanzó 10 puntos porcentuales más del PIB durante el sexenio encabezado por Enrique Peña Nieto, llevando el pasivo del 40 al 50 por ciento del PIB.

Savoranolas invertidos pero igualmente desquiciados, organizan su propia hoguera de las vanidades no para arrojar sus riquezas, objetos de lujo, despojarse del espíritu de lucro, sino para conservarlas y ampliarlas, estirando más la brecha de la desigualdad.
¿Falta algún sello apocalíptico por abrir? ¡Ah, claro!, la democracia está en peligro (la fachada, debe aclararse); aseguran que estamos más cerca de Venezuela que de la democrática, próspera y no tan desigual Noruega (no obstante su monarquía constitucional).

“Hay que seguir con las reformas estructurales no porque sean razonables o justas, sino porque son reformas estructurales”, dice en tono pascaliano la propaganda del “automatismo” de las recetas neoliberales, con la obediencia ciega del que asume sin cuestionar (¿desigualdad? ¿pobreza?… ¿dónde?, ¿cuándo?), ejemplo de inanidad intelectual y de lo que algunos pensadores califican como “estupidez insensata”.

Walter Benjamín no tuvo inconveniente en denominar al capitalismo (libre mercado o neoliberalismo) como la más feroz de las religiones porque no conoce ninguna expiación, especialmente el financiero, donde el timo y el lucro son elevados a cánones esperanzadores, motores inevitables del progreso (el neoliberalismo, colmo del pesimismo pasado por optimismo desesperanzado).

“Fuera de esta iglesia no hay salvación”, deslizan los mensajes de amago neoliberal. En efecto, ni la política ni la economía son la prioridad. Es lo religioso, con su infierno terrenal como requisito previo, antes del prometido asalto al edén.

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Jesús Delgado

Los sonámbulos