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Publicado en Opinión

El ser, insoportablemente leve

Miércoles, 11 Julio 2018 00:12 Escrito por 

Por supuesto que alguna vez creí ser una persona especial: la juventud es atrevida. Con el paso del tiempo, esos súper poderes se han atemperado a tal grado que hoy tengo la gran fortuna de saber que soy un ser común y corriente, alguien que ha aprendido a observar y reflexionar acerca de lo simple y de lo cotidiano.

Quizá por esa razón, cuando me honraron al invitarme a escribir en este espacio, decidí hacerlo desde mi propia cotidianeidad. Opté por escribir sobre aquello que veo, sobre lo que escucho, sobre lo que siento y percibo, sin más interés que el hacerme saber de la forma más llana y directa posible. Quien escribe soy yo, la del día a día, sin máscaras, ni imposturas.

Han sido ya poco más de diez meses de este desafío semanal y, en términos personales, ha resultado mucho más enriquecedor de lo que pude haber imaginado. El ejercicio escritural me ha hecho más perceptible y reflexiva; me ha permitido cuestionarme –en más de una ocasión– acerca de lo que me es cotidiano y de lo que desearía pudiera llegar a des-normalizarse. Gracias a este reto, he logrado advertir el cómo y por qué de mis prioridades. He disfrutado observar y escribir acerca de las cosas simples: las nubes, las luciérnagas, los eclipses, las charlas con mis afectos. Y es así como la apuesta por lo simple me ha permitido conectarme con lo humano.

¿Y qué más humano que la propia condición de fragilidad, de vacío y de desesperanza que aquella que desemboca en lo que se denomina como ‘depresión’? El punto más hondo de la pérdida de sentido y de razón de vivir.

Por diversas coyunturas, he tenido conversaciones acera de los mecanismos que se detonan ante procesos depresivos. Se trata de una condición que no distingue edad, género o condición social. He tomado la mano de jóvenes hermosos y fuertes, que se perciben ahogados ante la angustia de saber que otros jóvenes se debaten entre la vida y la muerte. Yo misma me he cuestionado mi propia condición humana. Me ha tocado abrazar corazones resquebrajados por la ausencia de algunos que encontraron en el suicidio, la forma de acabar con su tristeza. A decir del escritor Mauricio Montiel Figueiras:

La falta de sentido existencial es feroz cuando se padece el trastorno depresivo. ¿Para qué continuar llevando una vida que se reduce a un dolor sordo imposible de ubicar en una zona específica del organismo? Preguntas de este tipo son las que detonan la idea del suicidio.

¿Qué pasa por la mente de quien opta por el suicidio? ¿por qué una persona desearía morir? ¿cuáles son sus motivos? ¿se puede hacer algo al respecto? Desde la filosofía, las ciencias médicas, la sociología, se han intentado encontrar respuestas a estas interrogantes, aunque en general siguen siendo un enigma.

La sociedad juzga y condena la depresión y el suicidio antes de tratar de comprenderles. El mismo Montiel Figueiras dice al respecto: “Qué fácil resulta juzgar al suicida desde la comodidad de una existencia sin depresión. Lo díficil es tratar de entender las motivaciones que engendraron una decisión tan radical, el dolor acumulado muy probablemente durante años y agazapados detrás de la máscara cotidiana.”

Alrededor de la depresión y del suicidio existe un proceso de estigmatización social que hace doblemente difícil esta condición. Por ello, quienes padecen depresión pocas veces se atreven a hablar de ello.

Nuestra identidad social se ha construido para funcionar de manera “normal”, en una sociedad cuya mayoría está fuera esa “normalidad”, ya sea por discapacidad, preferencia sexual, forma de vida (vivir solos o con un gato, por ejemplo). El tabú de un diagnóstico depresivo está presente, “normalmente” nos hemos construido para mostrar lo lindo de la vida. A la pregunta –¿Cómo estás?, le sigue un –Muy bien ¿y tú? Nadie está preparado para que alguien nos conteste –Muy mal, muy triste, muy deprimido. Es algo para lo cual, simplemente no estamos jamás preparados.

Difícilmente nos tomamos una fotografía enojados o desesperados; “normalmente” solemos capturar momentos de felicidad, quizá porque somos conscientes de su carácter efímero. “Normalmente” nos incomoda todo aquello que parte del principio de realidad.

La depresión es más frecuente de lo que parece y de lo que se reconoce. Se trata de un trastorno mental reincidente; es distinta a las variaciones emocionales habituales, afecta más a las mujeres, altera las actividades familiares, escolares y laborales. La carga de la depresión y de otros trastornos mentales está en aumento.

Todos en algún momento de la vida hemos tenido el corazón roto, todos en algún momento hemos necesitado un abrazo de consuelo, un silencio cómplice, una presencia que no cuestiona, que solo acompaña. Pienso que si todos hiciéramos un esfuerzo por tratar de ser un poco más empáticos con quienes valientemente reconocen atravesar procesos depresivos, podríamos mirarnos en ese espejo y dejaríamos de estigmatizarlo o minimizarlo.

Pienso que todos deberíamos tener clara nuestra “carta de antecedentes emocionales”, y no tener miedo, ni vergüenza de reconocer frente al mundo lo que nos duele el dolor.

PD. De acuerdo con la Organización de las naciones Unidas (ONU), México ocupa el lugar número 24, en el ranking del índice de felicidad; Filandia, Noruega, Dinamarca, Islandia y Suiza, son quienes liderean este ranking. En este estudio participan 156 países, se mide la felicidad según el Producto Interno Bruto (PIB) per cápita, el apoyo social, la esperanza de una vida sana, la libertad social, la generosidad y la ausencia de corrupción. Pero ¿la felicidad es ausencia de dolor?

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Ivett Tinoco García

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