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Así me tocó leer

Miércoles, 10 Octubre 2018 09:42 Escrito por 
Así me tocó leer Matices

Crecí en una época en la que si leías el periódico en una oficina, era porque no tenías nada más qué hacer; es decir, podías ser considerado algo así como ‘perezoso’, por decirlo suavemente.

En más de una escuela, y en niveles educativos diversos, uno de los mayores castigos consistía en ‘enviarte a la biblioteca’ –en caso de que hubiera biblioteca, por supuesto. En esa época, los sitios donde podías comprar libros eran escasos; de hecho, era común que la gente se trasladara a la Ciudad de México expresamente para comprar un libro, y en muchas ocasiones la adquisición de un libro implicaba uno o varios viajes a la ciudad, no siempre con éxito.

En ese contexto, el lector podrá imaginar la gran fortuna que significó para mí el que –habiendo crecido en una pequeña comunidad rural– siempre hubiera gozado de la cercanía de los libros. Soy la menor de siete hermanos, así que fui la heredera una pequeña biblioteca en casa, con gustos diversos. Hurgando un poco en la historia de mi familia, he llegado a la conclusión de que el placer por la lectura nos la transmitió mi abuelo paterno.

Dentro de los recuerdos de infancia, mi padre tiene muy presente la Segunda Guerra Mundial. Él cuenta que diariamente mi abuelo –su padre– leía el periódico para enterarse de la situación que imperaba en la mayor parte de Europa y Asia, debido la gran conflagración mundial.

El puesto de periódicos más cercano estaba en Toluca, a más de diez kilómetros de la casa, y el autobús más cercano pasaba a cuatro kilómetros de distancia de la comunidad donde ellos vivían. ¿Díganme ustedes si esto no era leer por placer?

Mi padre recuerda que entre las conversaciones escuchaba hablar de la disciplina de los alemanes y del papel que en ello jugó Hitler, recuerda también lo atentos que estaban los ‘gringos’ para entrar a la guerra en cualquier momento. Tiempo después él supo que cuando se tiraba en las milpas para ver pasar los escuadrones de aviones por los cielos, era porque México había declarado la Guerra al Eje Berlín–Roma–Tokio, después de que los alemanes hundieran el buque petrolero El Llano.

Hacia el final de mi infancia, en la escuela secundaria, me caracterizaba por ser inquieta en el salón de clases y, sobre todo, por ser la autora intelectual de diversas travesuras colectivas. Un día la profesora me sorprendió y de castigo me envío a la biblioteca. Yo salí con el rostro compungido, para evitar que cambiara de opinión.

Ya en la biblioteca me sentí en el paraíso, hurgué los libros y me atrapó María, de Jorge Isaacs. Esa fue la forma en que incursioné en El Romanticismo, ya luego vinieron Mujercitas, Cupido de chocolate, El diario de una huida, Clemencia. Y, ya entrada la adolescencia, me encontré con Los de Abajo y Un mexicano más.

No tengo un autor preferido, más bien tengo historias que me han atrapado, personajes de los que me he enamorado, palabras de las que me he apropiado. El Padrino, no como jefe de la mafia, sino como un ícono del hombre que aspira a superar la media estándar; El Pez Dorado que de la mano de Laia, nos sumerge a los barrios marginales de Paris; El Principito que nos muestra la creatividad como posibilidad de lo relevante; El León el Africano que sin haberla pisado aún, me ha hecho enamorar de la belleza de Granada.

¿Y tú, cómo te iniciaste en la lectura?

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Ivett Tinoco García

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