La deuda pública de México asciende a 19.22 billones de pesos, que equivalen al 51.5 por ciento del PIB, Producto Interno Bruto, de acuerdo a reportes de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público. Son números que expresan con toda claridad el estado de cosas que vive el país, en el que se miente, se comunica el fracaso que se vive y se estimula el surgimiento de diversas organizaciones de culto.
Nuestra gente vive cada vez más con menos recursos; en cambio, el Gobierno lo hace con más (es evidente), mientras se entrega apoyo internacional, como a Cuba o Venezuela, y muchos de los mexicanos pasan “las de Caín” para sobrevivir.
La información oficial menciona incrementos en diversos rubros, lo que refleja una mejoría, de acuerdo a lo que se declara, en reinversión de capitales frescos, en producción de armado de automóviles y otros bienes, en algunas exportaciones de productos naturales como el aguacate, pero también lo que llegue a la mujer y hombre de la calle que lo necesitan diariamente para sobrevivir ellos y sus hijos.
Hacer o destruir, esa es la cuestión, parafraseando a Shakespeare.
Festejos, ferias, puentes y muros repintados con ajolotes como tema, contagio tradicional a toda la megalópolis, y el “metro”, bien, gracias; las calles destrozadas o inundadas, deterioro de las PYMES, la pérdida del empleo formal y la incorporación de más personas al desempleo.
Morena afronta el futuro destruyendo como en el pasado lo hicieron los grandes imperios. Cambiar no es mejorar; se puede empeorar al transformar el hoy y el ayer por la incertidumbre del mañana.
Estamos de plácemes: cada vez más errores y destrucción para llegar de nuevo al comienzo.
¿Hasta dónde el PIB?, ¿hasta dónde la política cruzada e intervenida? ¿Hasta cuándo volver a ser el México próspero y orgulloso que se expande a los hermanos de Centroamérica y Sudamérica?

