Eva Perón, la voz de los descamisados
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Publicado en Opinión

Eva Perón, la voz de los descamisados

Miércoles, 13 Mayo 2026 00:05 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

El 26 de julio de 1952, a las 20 horas con 25 minutos, las radios argentinas interrumpieron su programación para anunciar que María Eva Duarte de Perón había muerto. Buenos Aires se detuvo. No como se detiene una ciudad ante la noticia de la muerte de un funcionario o de una figura pública: se detuvo como se detiene un cuerpo al que le han arrancado algo vital. Las calles se llenaron de silencio primero, y de llanto después. Hombres con las manos encallecidas de tanto trabajo que nunca les fue suficientemente pagado lloraban en las esquinas. Mujeres que habían votado por primera vez cinco años antes —gracias a ella, precisamente— lloraban en los umbrales de sus casas. Los descamisados, como los llamaba con una ternura que sus enemigos nunca le perdonaron, lloraban la muerte de la única persona que, en toda la historia de Argentina hasta ese momento, había encontrado el lenguaje exacto para nombrar su hambre, su exclusión y su dignidad herida.

Tenía treinta y tres años. La misma edad, no por casualidad histórica sino por coincidencia biográfica, que Jesucristo cuando fue crucificado. No fue Eva quien fabricó ese paralelo, fue su pueblo quien lo eligió. Y esa elección dice más sobre lo que representó que cualquier análisis político que se haya escrito después sobre su figura. Porque Eva Perón no fue, en el fondo, una cuestión de ideología. Fue una cuestión de reconocimiento. De ese reconocimiento que, cuando llega después de siglos de invisibilidad, produce la lealtad más profunda que existe: la lealtad de quien ha sido nombrado por primera vez.

María Eva Duarte nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, una localidad de la provincia de Buenos Aires donde la pampa argentina se extiende sin límite visible. Nació ilegítima, dado que fue una hija no reconocida de Juan Duarte, estanciero de mediana condición que tenía otra familia, la legítima, la que el orden social de la época admitía sin preguntas.

La ilegitimidad en la Argentina de los años veinte no era solo un estado civil: era una condena de clase. Significaba el banco del fondo en la escuela, la puerta trasera en los actos públicos, el apellido pronunciado en voz baja. Significaba, en términos que el derecho contemporáneo reconoce como discriminación estructural, la exclusión sistemática del espacio público a causa de un origen que nadie elige.

Esa herida inaugural marcó a Eva con una conciencia que ninguna escuela de politología habría podido fabricar: la conciencia visceral, encarnada, de lo que significa ser tratado como alguien que no pertenece. Cuando llegó a Buenos Aires a los quince años, con una valija pequeña y la voluntad enorme de quienes no tienen nada que perder, no venía a hacer carrera política. Venía a no ser invisible. Venía a existir en un espacio que le había sido negado desde el momento en que llegó al mundo. La actriz que fue durante años no era una máscara sobre la política que vendría: era el primer acto de una vida dedicada a construir una presencia que nadie pudiera ignorar. Y cuando el poder le llegó de la mano de Juan Domingo Perón, Eva lo usó no para integrarse a la oligarquía que la había despreciado —aunque le fue ofrecido ese camino y lo rechazó con una claridad admirable— sino para hacer lo único que su historia personal le permitía hacer con coherencia: ponerse del lado de quienes habían sido tratados como ella en Los Toldos. Porque también llegó a decir: "Elegí este camino del corazón y en este camino encuentro cada día más motivos para seguirlo, porque cada día veo más claramente que el pueblo me necesita".

El 17 de octubre de 1945 es, en el imaginario político argentino, una fecha que divide el tiempo. Perón había sido detenido por sectores militares que lo consideraban demasiado peligroso. Ese día, columnas de trabajadores que habían caminado kilómetros desde los cinturones industriales del Gran Buenos Aires llegaron a la Plaza de Mayo exigiendo su liberación. El gobierno cedió. Perón fue liberado y habló desde el balcón de la Casa Rosada ante una multitud que había decidido, con sus pies y con su presencia, que el destino político del país no iba a resolverse en las salas de despacho sino en las calles. Eva no protagonizó ese día, pero fue parte de él. Y lo que ese día le demostró fue algo que los manuales de ciencia política tardan décadas en aprender, y me refiero a que el poder real no viene siempre de arriba hacia abajo, sino de la capacidad de articular la energía de quienes han sido sistemáticamente excluidos del relato oficial.

A partir de ese momento, Eva construyó una presencia política sin precedentes en la historia de América Latina. No como primera dama decorativa, sino como una interlocutora directa entre el gobierno y los sectores populares. Su despacho en la Fundación Eva Perón era un espacio donde llegaban los que nunca antes habían tenido acceso a ningún espacio oficial: obreros, campesinos, mujeres solas con hijos, ancianos sin jubilación, enfermos sin atención médica, los descamisados. Eva no les enviaba un formulario. Los atendía. Les daba la mano. Les miraba a los ojos. Ese gesto, que a la oligarquía argentina le parecía una indignidad, era para los descamisados algo que ninguna política social puede sustituir: el reconocimiento de que su persona valía lo suficiente como para ser vista.

El 23 de septiembre de 1947, Argentina sancionó la Ley 13.010, que otorgó a las mujeres el derecho al voto en igualdad de condiciones con los hombres. Era una deuda que la democracia argentina tenía con la mitad de su población desde su fundación. Eva Perón fue el motor político de esa conquista con una dedicación que iba más allá del cálculo electoral: venía de su propia historia de exclusión. Comprendía, con la precisión de quien lo ha vivido, que una persona sin voto no es plenamente un ciudadano, sino una categoría tutelada, un objeto de políticas públicas que otros deciden en su nombre. El sufragio femenino en Argentina no fue un regalo del poder: fue el resultado de años de presión, de organización y de una voz que, desde la más alta tribuna del país, se negó a aceptar que la mitad de la población siguiera fuera del pacto democrático.

Hannah Arendt definió el derecho a tener derechos como la condición fundamental de la política humana. Eva Perón, sin haber leído a Arendt, actuó bajo ese mismo principio con una contundencia que pocas figuras políticas del siglo XX igualaron. No repartía beneficios como quien hace caridad: exigía derechos como quien sabe que la caridad humilla y el derecho dignifica. Esa distinción —que parece sutil, pero es fundamental— es lo que separa una política asistencial de una política emancipadora. Y es lo que explica por qué la derecha argentina la odió con una intensidad que sobrevivió a su muerte y persiste, en distintos ropajes, hasta hoy.

La Fundación Eva Perón fue, en su momento, el programa de acción social más ambicioso que América Latina había visto. Hospitales, hogares de tránsito para mujeres y niños en situación vulnerable, becas educativas, zapatos para los niños pobres antes de que comenzara el ciclo escolar, máquinas de coser para las costureras independientes, viviendas para los trabajadores. Sus críticos la acusaron de clientelismo. Sus defensores respondían que el clientelismo es lo que ocurre cuando se dan favores a cambio de lealtad política; lo que hacía la Fundación era redistribuir recursos del Estado hacia sectores que nunca antes habían recibido nada.

Tomás Eloy Martínez, en su novela Santa Evita, escribió que Eva Perón fue "la única que supo que la miseria era un crimen y no una fatalidad". Esa frase condensa con precisión literaria lo que convirtió a Eva en una figura política de dimensiones continentales: la capacidad de nombrar la injusticia no como accidente del destino, sino como resultado de decisiones humanas que otros seres humanos tienen el poder —y la obligación— de cambiar. Ese desplazamiento conceptual —de la fatalidad a la responsabilidad, de la resignación al derecho— es, en el fondo, la médula de toda política emancipadora. Y Eva lo practicó con una coherencia que su propia vida sustentaba.

La enfermedad llegó cuando Eva tenía treinta y dos años. Un cáncer cervicouterino que avanzó con una crueldad que parecía calculada para desmentir la imagen de invencibilidad que el peronismo había construido alrededor de ella. Continuó trabajando hasta que el cuerpo no lo permitió. Su última aparición pública, en el balcón de la Casa Rosada el 4 de junio de 1952, mostró a una mujer de cuarenta y cuatro kilos sostenida por un armazón de yeso bajo la ropa y por una voluntad que ningún diagnóstico médico podía explicar del todo. Las fotografías de ese día son uno de los documentos más estremecedores del siglo XX latinoamericano: la imagen de alguien que elige morir de pie, frente a su gente, con la dignidad intacta. Murió cincuenta y dos días después. El país guardó quince días de luto oficial. Más de dos millones de personas desfilaron ante su féretro.

Su cuerpo tuvo, después de su muerte, un destino que ningún novelista habría fabricado sin rubor. Las crónicas de aquella época relatan que su cuerpo fue embalsamado, exhibido, robado por la dictadura militar que derrocó a Perón en 1955, enviado a Italia bajo un nombre falso, recuperado décadas después y finalmente enterrado en el mausoleo de la familia Duarte, en el cementerio de la Recoleta, el mismo barrio que la había despreciado en vida. Esa paradoja geográfica final —la hija ilegítima de Los Toldos descansando para siempre en el barrio más aristocrático de Buenos Aires— es la más elocuente de todas las cosas que se han dicho sobre ella. El poder no pudo destruirla ni en vida ni en muerte. Solo pudo, finalmente, colocarla donde ella siempre debió haber estado: en el centro.

Eva Perón sigue siendo, más de siete décadas después de su muerte, una de las figuras más debatidas y más necesarias de la historia política de América Latina. Debatida porque encarna contradicciones que ningún relato simple puede resolver: es la mujer que llegó al poder desde los márgenes y usó ese poder con una lealtad que sus enemigos nunca le reconocieron y sus amigos a veces idealizaron en exceso. Necesaria porque su historia sigue siendo el argumento más poderoso contra quienes creen que los derechos son concesiones que el poder otorga cuando le parece conveniente. Eva demostró, con su vida y con su muerte, que los derechos no se conceden: se conquistan. Y que la conquista más difícil no es la de los parlamentos ni la de los tribunales, sino la del lenguaje: la de encontrar las palabras exactas para que quienes han sido tratados como invisibles se reconozcan, por primera vez, como ciudadanos.

"Volveré y seré millones", se le atribuye haber dicho. No fue una promesa política. Fue una descripción de lo que ya era: no una persona, sino una posibilidad, la de que cada mujer que nunca fue escuchada pudiera encontrar en esa voz el eco de la propia. Las voces que nadie escucha no desaparecen cuando mueren quienes las encarnan. Se acumulan. Esperan. Y, tarde o temprano, encuentran, en otro cuerpo y en otro tiempo, la forma de volver a hacerse oír.

 
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