Del Mayo francés del 68 al octubre contra Macron
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Del Mayo francés del 68 al octubre contra Macron

Miércoles, 04 Noviembre 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Hay recintos donde la historia no se lee: se escucha. En 2015, como rector de la Universidad Autónoma del Estado de México, tuve el privilegio de hablar en la Sorbona de París. En esas aulas, que en mayo de 1968 fueron asamblea, trinchera y tribuna, hablé del humanismo en la universidad pública.

Defendí que el espíritu crítico, las artes, el deporte y los valores humanos deben seguir en el centro de la formación universitaria, frente a la tentación de convertir la educación en una simple fábrica de competencias. Hablé también de una hermandad que pocas veces se nombra: la gran similitud entre las universidades mexicanas y el Mayo francés. Aquel estallido transformó las aulas, el arte, la política y la manera de entender la autoridad, y llegó hasta nuestro propio movimiento estudiantil del 68.

Aquella visita tenía otra razón, más callada y más antigua. La UAEMéx había elaborado la parte técnica y académica del expediente para que la UNESCO declarara Patrimonio de la Humanidad el Acueducto del Padre Tembleque, y a mí me correspondió defenderlo. En el siglo XVI, fray Francisco de Tembleque y las comunidades indígenas de la región levantaron, arco por arco, una obra que llevó agua a pueblos que padecían sed. En julio de 2015, el mundo reconoció lo que nuestros pueblos sabían desde hacía siglos: que esa arquería es una lección de ingeniería y de fraternidad.

La evoco porque creo que una universidad debe parecerse a un acueducto. Es una obra colectiva que lleva lo vital hacia donde hace falta, y solo se sostiene si cada arco carga su parte del peso. Entre la Sorbona y el acueducto aprendí que el patrimonio no está hecho solo de piedra. También son patrimonio las preguntas que una generación se atreve a formular. Pocas han sido tan persistentes como las que encendieron París en 1968 y que hoy, en este octubre de 2026, vuelven a recorrer sus calles.

Antes de las barricadas estuvieron las ideas. Antes de que los estudiantes ocuparan el Barrio Latino, Herbert Marcuse había planteado una pregunta incómoda: ¿puede una sociedad ofrecer comodidad, mercancías y elecciones mientras reduce la capacidad de sus ciudadanos para imaginar una vida diferente?

En El hombre unidimensional, publicado en 1964, Marcuse describió una sociedad industrial capaz de absorber la inconformidad mediante el consumo y la fabricación de necesidades. El individuo podía sentirse satisfecho y, al mismo tiempo, perder la distancia crítica frente al orden establecido. Su advertencia conserva toda su fuerza: «La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos». La libertad no se mide solo por las opciones que se exhiben en el escaparate, sino por las posibilidades reales de transformar la existencia.

Esas ideas resonaron en una juventud que cuestionaba la autoridad, la organización del trabajo y la reducción de la felicidad a producir y consumir. Eros y civilización y El hombre unidimensional, cuya edición francesa apareció en 1968, contribuyeron a ese horizonte intelectual. Marcuse ofreció un lenguaje para nombrar el rechazo a una vida administrada y para pensar la emancipación más allá de las reivindicaciones salariales.

Sería excesivo, sin embargo, convertirlo en el autor intelectual de toda la rebelión. El Mayo francés tuvo múltiples corrientes, dirigentes y contradicciones. Los debates de aquellos días reconocían la influencia de Marcuse y de la Escuela de Fráncfort, pero también el carácter internacional y diverso de la movilización estudiantil. Su pensamiento ayudó a interpretar y a alimentar el descontento; la calle tuvo una dinámica propia.

La potencia de 1968 surgió cuando la protesta universitaria desbordó sus fronteras. Desde Nanterre y la Sorbona, el conflicto alcanzó fábricas y centros de trabajo. Estudiantes y obreros coincidieron en la movilización, aunque sus aspiraciones no fueran idénticas. La inconformidad educativa abrió paso a una discusión sobre el conjunto de la sociedad. La universidad, como el agua del acueducto, salió de su cauce y llegó a lugares que nadie había previsto.

Cincuenta y ocho años después, el octubre francés de 2026 nos obliga a recuperar aquellas preguntas.

Las movilizaciones del 17 de octubre reunieron demandas estudiantiles sobre las condiciones educativas con el malestar por el costo de la vida y el deterioro de los servicios públicos. Participaron organizaciones sindicales y sectores vinculados con los chalecos amarillos. Las protestas pacíficas coexistieron con episodios graves de violencia y saqueo que profundizaron la crisis política del gobierno de Emmanuel Macron.

La primera simetría entre ambos momentos está en la capacidad de una demanda particular para reconocer agravios compartidos. El estudiante descubre que sus dificultades se relacionan con las del trabajador y con las de la familia que sostiene sus estudios. Cuando esas experiencias encuentran un lenguaje común, el malestar adquiere dimensión política.

La segunda similitud está en el cuestionamiento de la autoridad. En ambos casos, la protesta lleva a preguntar quién decide, con qué legitimidad y mediante cuáles mecanismos de escucha. La autoridad se debilita cuando interpreta toda inconformidad como incapacidad de la ciudadanía para comprender sus decisiones.

Pero las diferencias son profundas. En mi lectura, una parte del impulso de 1968 consistía en desbordar las promesas de la sociedad de consumo y transformar la vida cotidiana: «la imaginación al poder», decían los muros. En 2026 cobra especial relieve la defensa de las condiciones mínimas para una vida segura: educación, ingresos suficientes, servicios públicos. Aquella generación quería más que lo que se le ofrecía; esta teme perder incluso lo que se le prometió. A la voluntad de emancipación se suma el miedo a perder el futuro.

Tampoco puede suponerse una identidad ideológica. Reconocer preguntas marcusianas en el presente no significa que los manifestantes de 2026 sean sus lectores o sus discípulos. Su crítica sirve aquí como instrumento de análisis: permite entender por qué la abundancia de bienes y de mensajes puede convivir con una sensación de impotencia política.

La tercera simetría tiene que ver con la comunicación. En 1968, los carteles serigrafiados, las asambleas y las publicaciones efímeras construían una comunidad de protesta. Hoy las redes conectan sectores y multiplican convocatorias con una rapidez extraordinaria. La articulación digital entre jóvenes y participantes de los chalecos amarillos forma parte de la movilización actual. Esa velocidad facilita el encuentro, pero deja pendiente lo más difícil: construir acuerdos, representación y continuidad. Una consigna viaja en segundos; una institución se edifica, como un acueducto, en décadas.

Jean-Paul Sartre ofrece otra clave. «El hombre está condenado a ser libre», sostuvo en El existencialismo es un humanismo. Esa libertad implica responsabilidad: cada elección compromete una manera de entender la vida con los demás. Sartre estuvo cerca del debate de Mayo del 68, como lo muestra su célebre entrevista con Daniel Cohn-Bendit. Sus palabras recuerdan que participar exige hacerse cargo de los medios y de las consecuencias.

Albert Camus añade un límite indispensable. «Me rebelo, luego somos», escribió en El hombre rebelde. La frase convierte el agravio individual en reconocimiento de una dignidad común. Su reflexión también advierte contra la rebelión que termina justificando el asesinato o nuevas formas de opresión. Defender una causa exige cuidar la vida humana que le da sentido.

Marcuse, Sartre y Camus no forman una sola doctrina. Ponerlos en diálogo permite reunir tres exigencias: cuestionar la dominación, asumir la responsabilidad de actuar y reconocer límites éticos a la acción.

Desde América Latina, esta conversación tiene una memoria particular. Fue lo que quise transmitir aquella tarde en la Sorbona. El Mayo francés influyó en el ambiente intelectual y político de los jóvenes mexicanos de 1968. Sus imágenes y su lenguaje circularon y encontraron eco; la gráfica del movimiento mexicano recibió, entre otras influencias, la iconografía de las protestas francesas. Las universidades de ambos lados del Atlántico compartían una misma intuición: el conocimiento no es neutral frente a la injusticia.

Sin embargo, el movimiento mexicano tuvo raíces propias. Sus demandas concretas incluían la libertad de los presos políticos, la desaparición del cuerpo de granaderos y el deslinde de responsabilidades por la represión. Su organización y su exigencia de diálogo público respondían a las condiciones del poder en México. Y su desenlace, el 2 de octubre en Tlatelolco, le dio una gravedad que ninguna comparación debe trivializar. Reconocer la influencia francesa obliga también a reconocer la autonomía y el sacrificio de quienes lucharon aquí.

¿Qué repercusiones puede tener, entonces, el octubre francés en América Latina?

Sería prematuro afirmar que ya ha provocado una nueva ola regional. Considero, sin embargo, que puede influir por tres vías.

La primera es el ejemplo: ver que estudiantes y trabajadores logran articular demandas puede estimular encuentros entre sectores que hoy viven sus problemas por separado. La segunda es la circulación de recursos: consignas, imágenes y formas de convocatoria pueden viajar y adaptarse. La tercera es el debate sobre las prioridades públicas: cuánto se destina a la educación, quién absorbe los ajustes y qué oportunidades reales recibe la juventud.

Esos efectos dependerán de las condiciones de cada país. Una protesta internacional puede ofrecer referencias, pero para echar raíces necesita encontrar agravios locales, organizaciones y objetivos reconocibles. América Latina tiene sus propias tradiciones de movilización y su propia capacidad para imaginar el cambio.

Existe también un riesgo: que las imágenes de violencia desplacen las demandas y se usen para desacreditar cualquier protesta. Frente a ello, universidades, autoridades y organizaciones sociales tienen una responsabilidad compartida: sostener espacios de diálogo y distinguir con claridad entre el ejercicio legítimo de derechos y las conductas que lesionan a otras personas. La protesta pacífica es un derecho humano; la violencia contra terceros es su negación.

Desde mi experiencia universitaria y en la defensa de los derechos humanos, creo que la lección más fecunda de esta comparación es la obligación de escuchar. Una universidad que escucha conoce mejor a su sociedad. Un gobierno que escucha puede corregir antes de que la frustración se convierta en ruptura. Lo sostuve en París hace once años y lo reafirmo hoy: la universidad pública no es solo un lugar donde se enseña, sino un espacio donde una sociedad aprende a mirarse a sí misma. Cuando renuncia al humanismo, deja de formar ciudadanos y se limita a capacitar operarios.

El legado de 1968 permanece abierto. El desenlace de 2026 todavía se está escribiendo. Entre ambos momentos vuelve a plantearse una cuestión decisiva: qué posibilidades reales tiene cada generación de participar en la construcción de su futuro.

El Acueducto del Padre Tembleque sigue en pie casi cinco siglos después no porque fuera la obra de un solo hombre, sino porque fue la obra de muchos. Con las sociedades ocurre lo mismo. De París a México y a toda América Latina, la dignidad necesita instituciones capaces de convertir la participación en decisiones, como un acueducto convierte la lluvia dispersa en agua que llega a quien tiene sed.

Ahí se medirá la profundidad de este nuevo octubre: no en el ruido de las marchas, sino en lo que consiga transformar después de ellas.

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