El eco de Saramago y los deberes de nuestra especie. Resignificando los Derechos Humanos
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Publicado en Opinión

El eco de Saramago y los deberes de nuestra especie. Resignificando los Derechos Humanos

Miércoles, 21 Octubre 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Hemos erigido a la sociedad contemporánea sobre la figura del individuo como perpetuo acreedor. Exigimos. Demandamos. Pleiteamos ante tribunales. La historia reciente atestigua una defensa apasionada de nuestras libertades, pero padece una amnesia profunda y peligrosa sobre nuestras responsabilidades frente a una casa común que hoy agoniza.

La justicia pierde su anclaje en la realidad material cuando exigimos prerrogativas irrestrictas mientras ignoramos la destrucción del entorno que las hace posibles.

Para evitar el colapso de nuestro andamiaje civilizatorio, resulta urgente abandonar el letargo y escuchar la lúcida advertencia que nos legó José Saramago: "Con la misma vehemencia y la misma fuerza con que reivindicamos nuestros derechos, reivindiquemos también el deber de nuestros deberes".

Reclamar nuestras obligaciones con el mismo ímpetu con el que exigimos nuestras libertades es un imperativo ineludible. Esta reflexión, inspirada en las letras de Saramago, cobra un sentido de urgencia frente a la innegable crisis de nuestra civilización.

El simple hecho de plasmar las prerrogativas fundamentales en textos legales ha demostrado ser insuficiente frente al deterioro del mundo que habitamos. Resulta inútil contar con tribunales y complejas arquitecturas constitucionales cuando enfrentamos la escasez de recursos vitales y la degradación de nuestro entorno. Ante esta dura realidad, dotar de un nuevo sentido a la defensa de las personas se vuelve vital y por ello la idea de una resignificación de los derechos humanos se vuelve necesaria.

Esta fue, precisamente, la brújula y el lema central que guio mi paso por la Comisión de Derechos Humanos, una convicción institucional y personal que quedó plasmada a detalle en la obra que coordiné, "La Resignificación de los Derechos Humanos".

En esta impostergable tarea de repensar nuestra condición jurídica, converjo profundamente con mi entrañable amigo y destacado académico, Enrique Uribe Arzate. Juntos hemos sostenido en foros y textos que la visión puramente normativista es una concepción totalmente superada. Requerimos asirnos a principios metanormativos.

La inmanencia y la trascendencia emergen aquí como las columnas vertebrales de esta nueva comprensión. La inmanencia es esa condición que hace inseparables a estos derechos de la propia naturaleza humana, dotando a todo individuo de una idéntica dignidad y confirmando su universalidad.

Por su parte, la trascendencia nos recuerda que estas prerrogativas no se limitan por el paso del tiempo y, sobre todo, no pueden ser reducidas por ningún espacio de poder público, doméstico o internacional.

Acompañan a todo ser humano a lo largo de su vida e incluso se sitúan más allá de la muerte, como nos lo enseña la desgarradora necesidad de los homenajes post mortem y las disculpas públicas en los casos de desaparición forzada.

Esta transformación teórica exige mirar el entorno con crudeza. La pervivencia y la realidad son las dos voces que la doctrina debe incluir para hacer verdaderamente posible la defensa de las personas. Sin la erradicación de la violencia y las guerras, todos los bienes indispensables para la vida están en riesgo y cualquier proyecto vital queda cancelado. La paz deviene así no solo en un derecho, sino en el derecho humano supremo y vital para el género humano.

Como he analizado a través de las páginas de "Derechos Humanos, Estado Constitucional y Democracia: Los Desafíos de un Mundo Global", es necesario dimensionar el Estado constitucional, social, solidario y humanista como el único contexto idóneo capaz de propiciar las condiciones reales para la exigibilidad y justiciabilidad de cualquier derecho.

Los "derechos-promesa", confinados a la tinta y al papel, tienen que ser viables aquí y ahora.

El llamado de Saramago a asumir nuestros deberes nos exige proteger nuestra casa común y asegurar los elementos mínimos para la vida. Porque los derechos humanos solo tienen posibilidad de ser si existen las condiciones reales para vivenciarlos; de lo contrario, la justicia seguirá siendo la más dolorosa de las utopías.

Las promesas escritas deben traducirse en realidades tangibles en el aquí y el ahora. Proteger el mundo que habitamos es el único camino para que la dignidad se experimente plenamente y no se quede en el terreno de lo inalcanzable.

Es precisamente ante este horizonte de ideales donde cobra vida la lúcida reflexión atribuida a Eduardo Galeano. Esa utopía perfecta que se aleja un par de pasos cada vez que intentamos acercarnos a ella encierra un propósito innegable y profundo: nos sirve para no dejar de caminar.

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