Hoy hablaremos de Eduardo Monroy Cárdenas

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Hoy hablaremos de Eduardo Monroy Cárdenas

Domingo, 05 Diciembre 2021 01:15 Escrito por 

Hoy hablaremos de un hombre, oriundo de Atlacomulco, pero hijo por adopción de Toluca, a quien quiso y ayudó a su gran desarrollo en el ramo industrial, tanto que rebasó las fronteras mexicanas y hoy en día, con acciones cotidianas construyó una historia de una institución que perdura a través del tiempo, estas mismas acciones, se hacen con valores éticos y morales sólidos.

“Desde el primer paso decidimos no claudicar, lo que ha sido posible gracias a nuestro equipo de trabajo quienes comparten nuestra misión, visión, valores empresariales y profundo amor a esta tierra que tanto nos ha prodigado, por eso les guardo la más profunda gratitud. Este es un homenaje a todos nuestros colaboradores de La Moderna, por todo lo que nos han dado”.

Eduardo Monroy Cárdenas.

Toluca; vientos del pasado, Toluca, en los albores del siglo XX:

Toluca desperezo a sus cerca de dieciséis mil habitantes, con la llegada de un siglo XX que se anticipa excitante por toda la suerte de cambios que auguraba. Había crecido por arriba de la media nacional, aunque, en realidad, solo los fines de semana el bullicio de los que arribaban de los pueblos aledaños rompía sus maneras silenciosas y recatadas.

El carácter rural y agrícola del Valle de Toluca convertía el centro de la urbe en una fiesta de colores, olores y sabores, cuando los campesinos la mayoría de ascendencia matlazinca, bajaban a ofrecer quelites, habas verdes, quintoniles, todo tipo de hongos, huazontles, flores de calabaza, verdolagas, acelgas y un sinnúmero de hortalizas. Las características lacustres del entorno invitaban a los pequeños comerciantes a ofrecer pescados como charales, carpas, salmichis y juiles, anfibios como ranas y ajolotes, acociles, así como patos de distintas especies con los que se preparaban los platillos cotidianos de la gastronomía local.

El viernes era un día particularmente complicado para las señoras que debían organizar la ida al mercado, la marcha cotidiana de sus hogares junto con las salidas usuales de los sábados y los domingos. Se solía realizar un corto paseo vespertino, recibir a las amistades o visitarlas en sus domicilios, asistir a algunos de los espectáculos que solían ofrecerse en los teatros del primer cuadro (ya describimos en crónicas pasadas el nombre de ellos), e ir a misa en los templos muy específicos como el del Carmen, la tercera orden, la Santa Veracruz o el templo de San José el Ranchito. En realidad, la distancia entre las casas particulares y los principales puntos de reunión eran demasiado corta y permitían admirar los profundos cambios que el centro de la ciudad había experimentado a fines de la centuria pasada. El influjo positivista y las ansias higiénicas del porfiriato habían propiciado poner orden en el zócalo de nuestra Toluca y sus alrededores, cuyo enorme tianguis de los viernes dejaba como legado una suerte de basurero y lodazal que alejaba a los transeúntes.

La visita que tuvo don Porfirio Díaz en el año de 1900 fue ocasión para prometer e inaugurar obras que cambiarían el rostro de Toluca. Algunas de ellas muy significativas fueron: el Palacio Legislativo, el Salón de Cabildos del Ayuntamiento, el Hospital General y el Paseo Cristóbal Colón.

Este más bien era considerado un parque y, como reseñaba Aurelio J. Venegas, pronto se convertiría en uno de los lugares favoritos para la convivencia social.

En el año de 1892 había sido consagrado el monumental templo San José, conocido como El Ranchito, el cual coronaba la ampliación urbana que significaba la unión de varias avenidas cortas; estas fueron La Ley, Igualdad, de las Víctimas, José Hernández y Simón Velázquez, sobre las cuales se construyeron grandes y hermosas casas de estilo neoclásico afrancesado.

Fue hasta 1904, a la muerte del gobernador, general José Vicente Villada, cuando se le concedió su nombre a una de las vialidades más significativas de nuestra ciudad.

Transitar por la avenida Villada implicaba admirar las majestuosas fachadas de las viviendas de las familias Pliego Legorreta, Echeverri Noriega, Zincúnegui Tercero, Teja Zepeda, Teja Buitrón, Mañón Izquierdo, Pliego Carmona, la del poeta Heriberto Enríquez y la del distinguido profesor Rafael Uribe Pichardo entre muchas otras. También implicaba deleitarse con algunas obras del afamado arquitecto inglés Charles S. Hall, que dejó su huella de manera relevante en otros sitios como el Palacio Municipal de Puebla, la casa de los Braniff sobre Paseo de La Reforma, en la CDMX.

A principios del siglo XX, la ciudad ya contaba con los principales edificios públicos y religiosos que la caracterizan hasta el día de hoy, herencia de los buenos oficios de José María González Arratia.

 

hermanos vendrell

 

En relación con la producción harinera durante el porfiriato, gran parte del sector manufacturero del estado tuvo como base al inversionista local, mezcla de hacendado y comerciante, que decidió invertir en el fomento y creación de un nuevo tipo de empresa dedicada a producir y transformar bienes para el consumo local y regional, particularmente en el campo de los tejidos, el jabón o el aguardiente.  En el caso de la producción harinera, los molinos más importantes estuvieron en manos de los hermanos Henkel, J. Pliego y Carmona, Luis G. Pliego, Lorenzo Mondragón, Francisco G. Pichardo. El de los Henkel estaba ubicado en la calle de Tenería (hoy avenida Lerdo de Tejada) y el de Jesús Pliego y Carmona, en Zinacantepec. En 1899 había otros más pequeños: como el de Antonio Roqueñi, en la Alameda, en donde también se ubicaba el molino de aceite de Agustín Inclán. De aquí que todo ese mundo era conocido como el barrio de Los Molinos y esto porque además de maíz, en esa época también prosperaba el trigo con éxito.

El molino de don Arcadio Henkel Vargas se movía con un sistema de energía hidráulica lo mismo que el de la hacienda vecina de la Huerta, ubicada en Zinacantepec, San Pedro Tejalpa de la familia Medina Garduño. Junto con el de la hacienda de Jajalpa estos molinos producían, a fines del siglo XIX, cerca de 500 mil pesos anuales. Don Arcadio, junto con sus hijos Alberto y Eduardo, fundaron el molino de aceite, en la céntrica calle de Tenería (hoy Lerdo). A su fallecimiento de don Arcadio, la sociedad Henkel Hermanos buscó alternativas y surgió el molino de trigo La Unión S.A. Conseguir capital ajeno a la familia fue la solución de los Henkel encontrando así, económicamente los cambios sociales que trajo la aparejada Revolución.

 

eduardo monroy cardenas

 

Por otro lado, la industria y el comercio en Toluca, después del triunfo de la Revolución y con las simpatías que levantó Victoriano Huerta entre la élite de los hacendados, industriales y comerciantes, se vieron acalladas con la toma de Toluca por parte del ejército constitucionalista. En agosto de 1914, entra a la capital de la entidad el general Francisco Murguía, quien decreta cambios trascendentes para las formas de producción que prevalecían hasta el momento. Instaura a lo que hoy conociéramos como un salario mínimo (.75 centavos diarios), prohíbe las tiendas de raya y la contratación de menores de edad. Trata de calmar a los inquietos ciudadanos toluqueños, al prohibir a los soldados allanamientos de moradas, escándalos y cualquier acto delincuencial.

Las obras que habían sido prometidas como parte de las celebraciones del centenario de la Independencia se suspendieron y solo fueron retomadas hasta más de una década después. Un mercado que mejorará las condiciones de salubridad y dotará de más control el centro de la ciudad, no sería una realidad sino hasta 1937 (hoy en día el emblemático Cosmovitral). Tampoco las calles fueron pavimentadas y así, maltrechas y polvorientas, las conocería Francisco I. Madero en su visita en 1912.

Desde 1912 y hasta 1914, algunos empresarios se organizaron en una asociación llamada “Defensa Social de la Ciudad de Toluca”. Esta solicitaba el permiso para armarse y patrullar la ciudad, con el propósito de defender sus hogares, familias y sus propiedades. Las tres corporaciones que más cooperaron económicamente fueron el Molino de La Unión de la familia Henkel, La Fábrica de Hilados y Tejidos de los hermanos Pliego y la Compañía Cervecera de Toluca y México

A pesar de los esfuerzos, precisamente la factoría de los Pliego en el cercano municipio de Santiago Tianguistenco, y otras más fueron destruidas, robadas o incendiadas por las fuerzas subversivas o por bandoleros, experiencia también vivida por los habitantes por los pobladores de Cacalomacán y Tlacotepec. Los gobiernos que sucedieron hasta 1917 lidiaron con las malas cosechas, epidemias, huelgas e incertidumbre económica. A pesar de todo, la situación en Toluca estuvo muy controlada desde donde se quiera ver, con excepción de una crisis en las finanzas estatales que repercutió en la urgencia de recaudar los impuestos rezagados.

 

harinera

 

Orígenes de la fábrica de pastas La Moderna:

Cuando en 1912, don Alberto Henkel Villarelo, con solo veintiséis años, se asocia con los hermanos Pedro y Dionisio Vendrell (de treinta y seis años) para fundar la fábrica de Pastas Alimenticias La Moderna, los tres se habían nutrido ya de la experiencia de los antiguos negocios familiares relacionados con al pan y la harina. La panadería como oficio era una tradición familiar que databa de casi mediados del siglo XIX, pues el abuelo de don Alberto (Arcadio Henkel Vargas, casado con Francisca Zea y González Arratia) estableció su primera panadería en Toluca, como parte de una serie de negocios. En 1883, el cronista Isauro M. Garrido se dio cuenta que don Arcadio poseía dos empresas de ese giro. Uno de ellos era La Panadería Mexicana, instalado en un local de la esquina de Hidalgo (calle que sería nombrada Libertad y después volvería a llamarse Hidalgo) y el callejón de Jácome (hoy Bravo). En 1899, en este mismo espacio, sus hijos ya habrían comenzado a administrar una pequeña fábrica de pastas; cercanos ambos recintos, estos se localizaban en el primer cuadro de la ciudad, en su zona más comercial, y ocupaban tres predios (A, B y C) cada uno.

El segundo negocio estaba entre la calle de Constitución (otrora calle del maíz) y Aldama, en el número 28 (predio inscrito a nombre de Eduardo Henkel Zea). Al fallecer el padre (Arcadio Henkel) y la madre (doña Francisca Zea en 1892), nombran a su sociedad “Henkel Hermanos”, así sería conocida esta segunda panadería, cuyas “pechugas” de huevo eran de sus especialidades que no faltaban en la mesa de los toluqueños, a decir de mi tocayo, el cronista de Toluca Gerardo Novo Valencia.

Por lo tanto, la idea del joven Alberto Henkel Villarelo de establecer una fábrica de pastas fue una extensión casi lógica que provenía del circuito de producción familiar. Décadas atrás, sus haciendas surtían de materia prima a su molino de trigo, localizado en la Hacienda La Huerta, ubicada en el aledaño municipio de Zinacantepec. Este molino que llegó a ser uno de los más importantes de la zona a fines del siglo XIX, a su vez, producía harina que era adquirida por dos grandes panaderías de su propiedad. La familia Henkel fue promotora del ferrocarril que unía a Toluca con Metepec y Tenango del Valle, pero también con Zinacantepec (concretamente con San Juan de las Huertas y conocido como El Perico). A una corta distancia de La Huerta se edificó la estación del tren. Desde aquí se transportaban los productos agrícolas y las mercancías que se producían en la región, pero también se descargan los víveres que la abastecían. Como aconteció con la industria cervecera y la textil, las haciendas y los molinos de la familia Henkel tuvieron que modernizar y replantear sus formas de producción, una vez transcurridos los momentos más álgidos de la Revolución.

El molino de aceite y trigo La Unión, que operaba desde 1863, formaba parte del conglomerado industrial perteneciente a la familia Henkel. Instalado en la cuarta calle de Tenería (hoy Lerdo), a fines del siglo XIX era movido por vapor y así aprovechaba el económico costo de la leña: “La casa construida especialmente para el efecto, es de agradable vista, y el todo importo algunos miles de pesos”, describió el también poeta Isauro Manuel Garrido. La actividad del molino fue tan significativa, que a él se debió la animación y el crecimiento de esa área de la ciudad, a principios del siglo XX.

Los orígenes de la fábrica de pastas la Moderna empieza con la emigración de la familia Vendrell a Toluca, desde Ordal, un pequeño pueblo Montañéz cercano a Barcelona, España. Los numerosos hermanos (una familia muy grande), fueron incorporándose a la vida social de Toluca; a partir de su actividad comercial, a la que se habían dedicado prioritariamente en su país natal. Ellos, fueron hijos de don Jaime Vendrell Borda, quien contrajo matrimonio con doña Antonia Sole, quien tiempo después de su viudez, contrajo nuevamente nupcias con doña María Cusco.  Algunos miembros de la familia Vendrell Cusco, habitaron la casa de la calle de Nicolás Bravo, número 4, a unos pasos de los Portales. Los hermanos Pedro Vendrell Sole y Dionisio Vendrell Cusco (apellido alterado ortográficamente cuando entra por el puerto de Veracruz al país) serían los propietarios de una de las panaderías y expendio de harinas más famosas de la ciudad, “La Moderna” localizado en la antigua avenida de Jesús Carranza, en el número 47.

El 22 de enero de 1922, día en que llegó a México la máquina para hacer pastas para la fábrica La Moderna, falleció Pedro Vendrell Sole, en un accidente en la carretera México-Toluca. El ya no pudo ver la máquina, misma que recogió el Sr Javier Reverter administrador.

A raíz de esto, el más joven de los hermanos Vendrell, Lázaro, recién llegado de España, se integra al negocio para apoyar a su hermano Dionisio.

A unos pasos de la Agencia de la Cervecería Moctezuma (cuyo propietario sería el alcalde de Toluca, don Agustín Gasca Mireles), La Moderna de los hermanos Vendrell reportaría ventas extraordinarias de más de cuatro mil pesos en oro, cada mes. Para contextualizar esa suma, hay que tomar en cuenta tanto los comentarios vertidos sobre la situación económica del momento como los impuestos pagados al Ayuntamiento por otros propietarios, en esos mismos meses. Por ejemplo, la señora Herminia H. viuda de Pons solicitaba la condonación de recargos por concepto de impuestos y argüía: las difíciles circunstancias por las que atraviesa la Nación en general.

Así mismo, dos de los establecimientos más exitosos, ambos en el portal Francisco I. Madero (antes Portal de la paz), eran la tienda de ropa “La Valenciana” de don Alfredo Ferrat y el popular cajón de ropa “El Progreso” de Manuel Casanova Amat. El primero reportaba un promedio de $ 750.00 pesos mensuales; el segundo de dos mil pesos mensuales; la denominación “cajón”, recuerda el profesor “Mosquito” (Alfonso Sánchez García), provenía de la época en que las banquetas se llenaban de grandes cajas rellenas de tiliches que, muchos años más tarde, seguirán exponiéndose en la calle y las puertas de las tiendas para atraer a la clientela.

Una panadería mucho más pequeña y en un lugar menos ventajoso (en la calle de Santos Degollado), “La Guadalupana” de don Ramón Martínez, apenas informaba la cantidad de $ 22.00 pesos mensuales; y el gran número de amasijos que estaban desperdigados en puntos más distantes de la ciudad no alcanzaba a ganar diez pesos cada mes.

Pocos establecimientos disfrutaban de la bonanza de la panadería La Moderna y ninguno en su giro se le aproximaba siquiera en número de clientes. Había excepciones muy lógicas; quienes vendían combustibles, lubricantes, asfalto, parafina, etc., como lo era la Compañía Mexicana de Petróleos “El Águila” o la agencia de la “Peirce Oil Corporatión”. Estas empresas facturaban cantidades considerables a empresarios tan conocidos como el propietario de varias minas de la entidad y padre de mi gran amiga Lucy Roth, don German Ignacio Roth Duran, o compañías tan prósperas como Henkel Hermanos y Echeverri Hermanos. Cabe mencionar que ni la buena aceptación del expendio de abarrotes “Carrillo y Gasca” del Portal Madero ni la pujante “Compañía Singer de máquinas de coser” tenían tantas ventas como el solicitado negocio de los hermanos Vendrell.

El negocio de las pastas era una expansión que parecía sensata, en ese lapso de grandes dificultades económicas para una población que privilegiaba la adquisición de productos alimenticios.

Recordemos que la familia Vendrell provenía de la región de Tarragona y que su familia se había dedicado a la panadería desde el siglo XIX. Dionisio viajó a esa zona de España para comprar un equipo industrial idóneo para la fábrica que deseaban montar. Quién sería pocos años después el administrador y, a la postre, el nuevo dueño de La Moderna, don Javier Reverter, enlistara los flamantes componentes (alguno de los cuales continuarán en funciones, tres décadas más tarde): dos prensas hidráulicas Valls, con capacidad de 50 kg cada una y con posibilidades de producir de 600 a 700 kg de pasta, en un turno de trabajo; un secador para pastas menudas, un plato, una revolvedora y una caldera vertical de tres caballos de fuerza.

La fábrica se instaló en un céntrico predio de la avenida Sebastián Lerdo de Tejada (a unos pasos de lo que hoy es el cosmovitral y la recién inaugurada “Parque de las ciencias fundadores”), en el que había suficiente espacio para las bodegas de almacenamiento, los patios para el secado y una larga pileta para las mulas que transportaban la mercancía. Aun cuando la producción era pequeña, el mercado toluqueño era incapaz de absorber, por lo que abrieron un depósito en la ciudad de México. No hay certeza de que factores influyeron para que el negocio fuera cada vez menos rentable, pero tener en mente que, en esos años, gran parte de la industria de la entidad consistía en talleres familiares. Era según la historiadora Elvia Montes de Oca, “en buena medida, para el consumo inmediato y además muy local”, por lo tanto, la producción industrial que sobresalía era, junto con el pulque, tabiquerías, molinos de nixtamal y jabón, justamente los molinos de harina, las panaderías y las pastas alimenticias.

Por lo anterior, mencionamos que don Rafael Costa, era el responsable de la producción de La Moderna, conocía al derecho y al revés el funcionamiento de la maquinaria y decide comprarle a don Alberto Henkel, el equipo básico, adquiriendo una de las principales prensas hidráulicas Valls, el plato, la revolvedora y la pequeña caldera, así como algunos enseres que le permitieran empezar a elaborar, de inmediato, la pasta. Trasladó el pequeño negocio a la parte trasera de un predio compartido, en la calle de Pedro Ascencio número 26, en Toluca. Estaba a solo unas cuadras del lugar en donde se encontraba localizada originalmente.

Con ocho obreros, una renta de $50.00 pesos por el pequeño local y la ayuda de su esposa Antonia, don Rafael trabaja con ahínco, con la esperanza de poder pasar su vejez en su patria natal, España. En 1926, invita a su yerno Javier Reverter, casado con su hija Dolores, a que se integre al negocio familiar. Con cinco mil pesos como aportación, don Javier obtiene el primer año quinientos pesos de utilidad. A pesar de que esa cantidad no era excepcional, le permite avizorar las posibilidades del negocio.

En 1927, el señor Costa decide regresar a España y le vende la fábrica a su yerno, por la cantidad de 15 mil pesos, con ocho mil pesos para sellar al compromiso y siete mil para pagar en un año. A pesar de que no era buena la situación económica, en general, y que se tornaría peor en los siguientes tres años, el trabajo constante, el orden en la administración y la cada vez mayor cartera de clientes va transformando a la Fábrica de Pastas Alimenticias La Moderna en una sólida pequeña empresa.

En su último informe de gobierno, en 1929, el titular del ejecutivo Carlos Riva Palacio (sucesor de don Abundio Gómez), hablaría de la existencia de dieciséis fábricas de pastas para sopa en el Estado de México. Su sucesor, don Filiberto Gómez (hermano de don Abundio y suegro de don Wenceslao Labra), daría pie a una serie de acciones que tenderían a incentivar la consolidación y la expansión de las industrias de la entidad; y brindarán un amplio conjunto de facilidades que, en un inicio, contribuirán a sortear los efectos de la crisis económica de 1929, y que se extenderían por lo menos un lustro después.

Don Javier Reverter había adquirido la fábrica a la edad de 32 años, pronto intuyo que, si su negocio creciera, tenía que buscar un lugar en mejores condiciones, optando por una antigua casa, en pleno centro de Toluca, calle Ignacio Allende número 4, recordemos que era la zona más comercial de la ciudad, a pocos pasos de los Portales; propiedad del antiguo dueño de la fábrica don Alberto A. Henkel (cuya casa familiar estaba localizada a unos cuantos metros de distancia), este inmueble fue rentado por cien pesos mensuales, y con el tiempo el mismo Reverter la pudo adquirir por un costo de diez mil pesos.

Casi tres décadas después, Reverter a los más de sesenta años, piensa que es el momento de retirarse, había adquirido el predio donde se había instalado la fábrica, en la avenida Lerdo de Tejada número 57, en Toluca, en los ya lejanos años veinte. Le servía para almacenar sacos de harina y envases de pastas, listos para ser distribuidos, dicha planta presentaba una producción constante, gracias a que tenía todo el equipo industrial necesario y un excelente equipo humano de trabajo que ya venía laborando en ella, desde hace tiempo.

Con una producción que iba de ochenta a los cien mil Kg al mes, fue adquirida por otro español, afincado en nuestra Toluca; don Esteban Abascal Saldamando, nacido en 1917 y oriundo del Valle de Carranza (Vizcaya, España), Abascal, había llegado a México, muy joven, en las vísperas de la guerra civil española, junto con sus hermanos Antonio y Enrique.

Don Esteban, embarcó junto con su padre en Bilbao, quien lo acompañó hasta Santander, ahí se le unieron sus hermanos Antonio y Enrique y una tía, quienes emprendieron la ruta marítima usual de aquella época, se detenían en Gijón y en la Coruña, le decían adiós a España. Por lo anterior, a pesar de la muerte de su hermano Ángel, en el frente de guerra, los demás integrantes de la familia (eran seis hermanos y dos hermanas) o permanecieron en Vizcaya o fueron regresando poco a poco, desde México. A la postre, y al ver establecidas ya en Toluca a sus hijas Concepción, Celia y Roció, don Esteban decide retornar a su país natal.

La venta de la fábrica de Reverter a don Esteban se cerró en trescientos mil pesos, una cantidad que don Esteban recuperó con creces en el primer año; la compra comprendía el siguiente equipo: dos prensas automáticas, una máquina Ricciarelli, una laminadora, un plato Valls, una revolvedora, una caldera de 25h.p. (la original era de 3 caballos de fuerza), moldes, refacciones y enseres adecuados. La antigüedad de algunos elementos hablaba de su calidad y de la acertada decisión de don Dionisio Vendrell, cuando los escogió en 1920.

La transacción se consumó el 16 de febrero de 1955. El señor Abascal decide mudar el negocio a una ubicación mucho más conveniente, en los límites de la ciudad de Toluca, de aquel tiempo, muy cerca de la estación de ferrocarril, la extensión del lote dónde se ubico e instaló, sigue siendo el lugar hoy en día donde permanece: calle profesor Jesús González Ortega 405; don Esteban toma la decisión de viajar a Italia para adquirir un equipo más moderno, incrementando así su gran valor de la fábrica, a tal grado que cuatro años más tarde negociaría su venta con don Luis Gutiérrez Dosal, por dos millones ochocientos mil pesos. Esta última operación sería en realidad, el origen de lo que hoy conocemos como “Grupo La Moderna S.A.”

En una década, transformaría el mercado y el nombre de la marca resonará en muchas otras regiones del país. Pero como veremos nada de esto ocurrió por casualidad ni fue resultado de un golpe de suerte.

Desde su juventud, don Eduardo recorrió los más variados oficios relativos a la venta y a la comercialización, aún adolescente, fue ayudante de su hermano Ernesto, en el transporte de la harina. Trasladaban a la ciudad de México el producto de dos conocidos molinos de trigo de Toluca: el pequeño Los Pirineos y el antiguamente poderoso, La Unión. Al poco tiempo, a los catorce años, fue contratado como empleado por uno de los comerciantes más apreciados del valle de Toluca entre los años treinta y cuarenta, nos referimos a don Juan Beltrán Nájera.

En ese negocio Toluca Comercial S.A., aprendió desde los más pequeños, hasta los más complejos movimientos de un almacén, pues de atender el mostrador llegó a ocupar el cargo de jefe de ventas menores. Su derrotero (camino o medio que se sigue para alcanzar un fin determinado), no fue linealmente ascendente, pues entre sus responsabilidades estuvo levantar pedidos, escuchar las necesidades de los clientes, conseguir nuevos compradores y refrendar la fidelidad de los más antiguos, también se ocupaba de la cobranza, los inventarios y la contabilidad. Conforme se fue adentrando y conociendo los entresijos de ese gran almacén, a don Eduardo le iban encargando esta, esa o aquella responsabilidad.

El tiempo que laboró en “Toluca Comercial S.A.”  le regaló a ese muchacho, casi recién llegado de su natal Atlacomulco, un modelo que sería su guía durante el resto de su vida empresarial. De don Juan aprendió el respeto hacia quienes colaboraban con él, sus deseos de que se superaran, el trato amable y solidario, su visión progresista y su filantropía. Todas estas fueron cualidades que, años después, don Eduardo emulará con fidelidad en lo que sería el Grupo La Moderna; admirando de don Juan, el que con una educación menos que elemental, con la posesión de la aritmética básica, hubiera transformado a Toluca Comercial S.A., en el negocio más rentable de su tipo. Pero, sobre todo, que hubiera generado una atmósfera en la que todos los trabajadores se sentían orgullosos de pertenecer a él.

Unido a su hermano Ernesto por un afecto entrañable, después de cuatro años en Toluca Comercial S.A., decide volver a trabajar a su lado, primero, en Harinera Los Pirineos, después en Industrial Harinera S.A. A lo largo de casi tres lustros, don Eduardo obtuvo un gran aprendizaje en esa área productiva. Las condiciones del molino Los Pirineos no eran las mejores ni en tecnología, ni en términos de infraestructura; su producción era pequeña, aunque no era eso lo que más le preocupaba, sino la falta de calidad de la harina y el que solo podía ofrecer a pequeños negocios de colonias marginadas.

La experiencia obtenida en diez años le permitió soñar en un molino moderno, que tuviera la capacidad de producción necesaria para conquistar nuevas plazas y que su harina fuera de las mejores de su tipo. Mano derecha de su hermano Ernesto, se dio a la tarea de conseguir los financiamientos óptimos para que fuera construido en una zona que, sin estar lejos del centro de la ciudad, estuviera a un paso de la estación del tren. Por lo anterior no podría avizorar aún que, en un corto lapso, el conocimiento adquirido en cuestión de créditos, funcionamiento de la banca, así como sus relaciones de amistad con personas de ese sector serían imprescindibles para convertirse en propietario único de Fabrica de Pastas Alimenticias La Moderna S.A.

Industrial Harinera Mexicana S.A. fue motivo de un íntimo orgullo para don Eduardo. Se había responsabilizado de la parte financiera, de la adquisición de equipos, de las condiciones arquitectónicas idóneas (gracias al proyecto de su hermano, el arquitecto Adolfo Monroy Cárdenas; maestro mío en la facultad de Arquitectura de la UAEMex). Estuvo presente desde la idea inicial hasta su inauguración, en enero del año de 1959.

Por desacuerdos con un sobrino, don Eduardo ve rota la relación laboral que había sostenido con su hermano Ernesto durante casi la mitad de su vida; esas difíciles y emocionalmente dolorosas condiciones, serían, no obstante, el preámbulo de lo que hoy conocemos como “Grupo La Moderna”.

 

matrimonio monroy

 

La vida de la familia Monroy Carrillo, se caracterizó por una austeridad en el vestir, en los coches que se adquirían, en la manera como transcurría el día a día. La educación que recibieron fue a la antigua: la palabra de don Eduardo, era una orden, la palabra de doña Martha Carrillo Mier, no se cuestionaba; a ella la han considerado hasta el día de hoy como el pilar, como la autoridad moral, que les recuerda como son los Monroy Carrillo, con una rectitud a prueba de todo, la señora Martha reiteraba el peso de la honestidad en sus vidas.

Discreta en su vida, aunque se haya dejado ver poco, La Moderna no sería lo que hoy es sin ella; su solidez y su fortaleza les confieren otra dimensión a los valores que cultivaron a los estimados amigos Monroy Carrillo.

En las décadas que lleva activa La Moderna, se ha tenido sus temporadas de altibajos y, sin embargo, esto no podía afectar dos vertientes en las que está comprometida: la nómina y el apoyo a la comunidad, a la gran obra social en la que el grupo está involucrado. Ese es el contexto que ha marcado la vida de La Moderna, un molde de familia con valores y códigos éticos compartidos.

Desde hace algunos años, se ha ido preparando una transición suave, fluida, para que los miembros que lo deseen, entre las 8 ramas de la familia Monroy Carrillo, se incorporen a trabajar en La Moderna, teniendo todo un reto porque el mundo va cambiando; las formas de vida, también, y es comprensible que los ritmos y los modos de ser de cada hogar sean diferentes entre sí; no obstante, la confianza en Dios que siempre se promovió en el hogar Monroy Carrillo y el optimismo de que, con el trabajo honesto se saldría adelante.

Finalizamos que, durante los cien años de existencia, ha habido cuatro puntos de inflexión en La Moderna, el primero de ellos fue la adquisición de la fábrica de pastas, en 1959, teniendo casi cuarenta años de historia previa, pero su adquisición por parte de don Eduardo Monroy significó un giro de 180 grados en cuanto a crecimiento, expansión y modernización. El segundo momento trascendente en la historia de La Moderna fue en haberse convertido en empresa pública, en 1987; de ser un negocio familiar se transformó en una organización consolidada e institucional. El tercer punto de inflexión se crea la comercializadora, que implicó tener una fuerza de ventas única para distribuir todos sus productos. Y, por último, el inicio de las exportaciones y la búsqueda de nuevos horizontes. El futuro es halagüeño para el conocido e importante Grupo La Moderna, aspirando a adaptarse a los cambios y, por eso, la búsqueda actual va en pos de nuevas líneas de negocios que aprovechen sus puntos de distribución.

Un saludo con gran estima para mis amigos María de Lourdes, Martha Gabriela, Luisa Fabiola, Eduardo, Carlos Alejandro, Luis Miguel, José Antonio y José Francisco Monroy Carrillo.


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Gerardo R. Ozuna

Toluca: Rescatando identidad