Treinta y tres años después de su creación, la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México no es simplemente una institución que suma calendarios cumplidos; es una memoria viva de luchas silenciosas, de puertas que se abren cuando todo parecía cerrado, de voces que encontraron eco cuando el mundo parecía no escuchar. Su historia no está escrita en cifras ni en aniversarios conmemorativos, sino en miradas que recuperaron esperanza, en recomendaciones que devolvieron equilibrio y, sobre todo, en dignidades que lograron levantarse después de haber sido vulneradas.
Hablar de la CODHEM en su aniversario es, inevitablemente, hablar de quienes la han construido con paciencia y convicción desde adentro. Hoy la encabeza Víctor. Y decir su nombre no es un gesto protocolario, es un reconocimiento afectuoso y profundo.
Víctor no llega a la Presidencia desde la improvisación ni desde la lejanía. Llega desde la raíz misma de la institución. Hace años, cuando tuve el honor de presidir esta Comisión, él fue mi primer visitador general. Desde entonces advertí en él algo que no siempre es visible en los cargos públicos: sensibilidad auténtica frente al dolor ajeno, firmeza sin estridencia y una comprensión muy clara de que cada expediente representa una vida que merece respeto.
Con 29 años de servicio en la Comisión, Víctor ha recorrido sus pasillos no como quien transita una oficina, sino como quien habita una causa. Ha aprendido —y lo ha demostrado— que los derechos humanos no se defienden desde la comodidad del escritorio, sino desde la cercanía con las víctimas; que no se honran con discursos elocuentes, sino con coherencia diaria; y que no se sostienen desde la lógica del poder, sino desde la vocación humilde del servicio.
Verlo hoy como presidente de la CODHEM no es sorpresa; es confirmación. Aquella promesa de sensibilidad y compromiso que ya se advertía entonces hoy se refleja con madurez y responsabilidad al frente de la institución. Y eso, más que una continuidad administrativa, es una continuidad ética.
Quien escribe estas líneas conoce la exigencia del cargo. Haber presidido esta Comisión en otro momento histórico permitió comprender que su fortaleza no radica únicamente en la emisión de recomendaciones, sino en la autoridad moral que se construye día a día. La CODHEM ha atravesado contextos complejos, ha enfrentado resistencias y ha debido consolidar su legitimidad en medio de tensiones políticas y sociales. Mantener su autonomía ha sido, y sigue siendo, su mayor desafío.
Por eso, la llegada de un nuevo presidente no significa ruptura, sino continuidad responsable. Significa reconocer el pasado sin quedar anclados en él; significa actualizar la agenda sin renunciar a los principios fundacionales; significa entender que los derechos humanos enfrentan hoy nuevos escenarios: violencia estructural, desigualdad persistente, desafíos tecnológicos, perspectiva de género y protección de grupos históricamente vulnerables.
Treinta y tres años obligan a un balance serio. La Comisión no puede conformarse con existir; debe incidir. No puede limitarse a reaccionar; debe prevenir. No puede hablar solo en el lenguaje jurídico; debe construir cultura de derechos humanos en escuelas, comunidades e instituciones públicas.
El compromiso vigente es claro: fortalecer la autonomía, consolidar la confianza ciudadana y garantizar que cada persona que toque sus puertas encuentre no solo trámite, sino acompañamiento humano. Esa es la vara con la que se mide una defensoría.
La CODHEM nació para recordarle al Estado que la dignidad no es concesión, sino fundamento. Treinta y tres años después, esa tarea sigue intacta. Las generaciones cambian, los contextos evolucionan, los desafíos se transforman; pero la esencia permanece.
Y mientras exista una sola persona cuya dignidad esté en riesgo, la Comisión no habrá terminado su trabajo.
En el marco del trigésimo tercer aniversario de la Comisión, evento al que tuve el honor de asistir, no fue solo un acto protocolario, fue un momento de reafirmación institucional. Ahí se hizo visible algo que la sociedad percibe y valora: la disposición de diálogo y colaboración entre poderes cuando se trata de defender la dignidad humana.
La presencia de la gobernadora Delfina Gómez Álvarez, maestra antes que política, no pasó inadvertida. Su sensibilidad frente a las causas sociales y su apertura hacia los organismos autónomos enviaron un mensaje claro que reafirma su vocación humanista: los derechos humanos no son un obstáculo para gobernar, son la brújula que debe orientar toda acción pública.
Entre el Ejecutivo estatal y la CODHEM se percibe una relación de respeto institucional y colaboración constructiva. No se trata de subordinación, sino de coordinación; no de complacencia, sino de corresponsabilidad democrática. Cuando existe esa madurez política, gana la ciudadanía.
Porque al final, más allá de los discursos y las ceremonias, lo verdaderamente trascendente es que las instituciones trabajen juntas para que cada mexiquense sienta que su dignidad está protegida. Ese es el espíritu que debe prevalecer después de treinta y tres años: autonomía firme, diálogo abierto y compromiso compartido con los derechos humanos.
Mi reconocimiento a la Codhem y a su presidente que hoy está más cerca de ti.

