El escenario no calla: los Grammy y el rechazo artístico a ICE
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El escenario no calla: los Grammy y el rechazo artístico a ICE

Miércoles, 04 Febrero 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Hay escenarios que fueron diseñados para el aplauso, no para la disidencia. Para el brillo, no para la incomodidad. Para la celebración, no para la denuncia. Y, sin embargo, cada cierto tiempo ocurre lo inevitable. El escenario deja de obedecer y empieza a hablar.

Eso ocurrió cuando, en medio del ritual pulido de los Grammy, algunas voces del mundo artístico decidieron no callar frente a ICE. No lo hicieron con consignas estridentes ni con discursos interminables. Bastó un gesto, una frase medida, una alusión directa. En un espacio pensado para la música, irrumpió la realidad.

No es un hecho menor. La industria del entretenimiento ha aprendido, con los años, a convivir con una neutralidad rentable: no incomodar a patrocinadores, no dividir audiencias, no asumir riesgos políticos.

Por eso, cuando un artista rompe esa coreografía y señala a una institución asociada con redadas, deportaciones y miedo cotidiano, lo que se quiebra no es el protocolo: es el pacto tácito del silencio.

El arte, cuando es honesto, no es decorativo. No nació para tranquilizar conciencias ni para servir de fondo musical al poder. Nació para nombrar lo que duele, para poner palabras —o sonidos— donde otros prefieren el vacío.

Que ese impulso aparezca en una ceremonia global no es una provocación: es una consecuencia lógica de un contexto que ya no admite indiferencia.

ICE no es una abstracción. Para millones de personas es sinónimo de ausencia repentina, de llamadas que no se contestan, de casas que quedan a medio habitar.

Cuando un escenario como el de los Grammy decide no ignorar eso, no está politizando el arte: está devolviéndole su dimensión humana.

Hay quien se incomoda y exige que la música “no se meta en política”. Pero esa exigencia parte de una ficción: la de creer que la cultura puede existir al margen del dolor social. La historia demuestra lo contrario. Las grandes expresiones artísticas siempre han dialogado —a veces a gritos, a veces en susurros— con su tiempo.

Lo verdaderamente incómodo no es que el arte hable. Lo incómodo es que diga algo que preferiríamos no escuchar.

El escenario no gritó. No insultó. No agitó pancartas. Simplemente habló. Y al hacerlo recordó algo esencial: cuando las instituciones endurecen su lenguaje, el arte suaviza la forma pero afila el sentido. No para sustituir a la política, sino para recordarle que hay vidas detrás de cada decisión.

Tal vez por eso el mensaje resonó más allá de la gala. Porque no fue un acto de rebeldía estética, sino un gesto de responsabilidad simbólica. En tiempos de ruido calculado y silencios convenientes, que un escenario no calle sigue siendo una forma de dignidad.

 
 
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