Fractura: incomodar también es construir comunidad
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

Fractura: incomodar también es construir comunidad

Jueves, 16 Abril 2026 07:07 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hoy les vengo a compartir algo que todavía me resuena en el cuerpo.

Ayer, el monumento a la Libertad de Expresión en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales dejó, por un momento, de ser parte del paisaje cotidiano y se volvió plaza, encuentro, palabra viva. Me sentí —sin exagerar— en un ágora contemporánea.

Un grupo de jóvenes estudiantes nos convocó ahí, bajo el rayo directo del sol. Y estaban presentes, despiertos, incómodos en el mejor sentido: pensando en voz alta, asumiéndose como sujetos críticos, ejerciendo —sin pedir permiso— ese derecho que no se concede ni se negocia: el de pensar.

No era un acto más. Era el nacimiento de algo.

Presentaron Fractura, una revista con espíritu estudiantil, abierta, plural y dispuesta a incomodar. Hay momentos —como este— que emocionan distinto, porque no ocurren cada año ni con cada generación.

Si hacemos un poco de arqueología universitaria, la dimensión se vuelve más clara. Nuestra Facultad tiene casi medio siglo de vida académica, y los ejercicios editoriales impulsados por estudiantes han aparecido apenas en cinco ocasiones.

En los años ochenta surgieron Enlace, promovida por Jorge Reyes Pastrana, y Nuevas Raíces, con la participación de Sergio Chavelas y Alicia Tinoco; proyectos que respondían a un espíritu crítico y al deseo de construir comunidad desde la palabra. En los noventa aparecieron El Hocico del Tlacuache, dirigida por Gastón Pedraza, Cuauhtémoc Acacio y Manuel Almazán, y más tarde Ícono, impulsada por Martha Valdespino, como expresiones de una generación que buscaba pensarse colectivamente. Ya hacia finales de la primera década del siglo XXI surgió Conexiones, promovida por Paola Jiménez, retomando esa misma inquietud.

Tal vez haya alguna más en la memoria colectiva. Pero el patrón es claro: intermitente, casi excepcional; demasiado espaciado para una comunidad que necesita del pensamiento crítico como práctica constante.

Por eso, lo que hoy inicia no es menor: tiene peso histórico.

Y el nombre no es casual.

Fractura no es cómoda, ni pretende serlo. Provoca, interpela, incomoda. Duele, sobre todo, a quienes buscan sostener un estado de cosas que ya no responde a la realidad. Porque la fractura expone, desestabiliza e interrumpe la ilusión de continuidad.

Pero toda ruptura también abre.

Para la comunidad, la fractura no es sólo quiebre: es posibilidad. Es la oportunidad de detener la inercia, cuestionar lo dado y ensayar otras formas de pensar y de estar. No marca un final, sino el punto en que algo deja de sostenerse como antes.

Es, en ese sentido, un umbral.

El paro estudiantil de 2025 hizo visibles tensiones acumuladas durante años —exclusiones normalizadas, violencias silenciadas, prácticas autoritarias, precariedades cotidianas— y las colocó en el centro de la conversación universitaria. Lo que antes se diluía adquirió nombre, forma y urgencia. Desde entonces, ya no es posible volver a la comodidad de la inercia.

En ese contexto, Fractura no aparece aislada: dialoga con ese momento y lo prolonga.

Al escuchar sus contenidos, no pensé en una revista más, sino en un espacio donde la comunidad estudiantil se reconoce como sujeto de acción. Porque así se construye ciudadanía: en la confrontación de ideas, en el diálogo vivo, en el disenso que no rompe, sino que produce.

También en la capacidad de mirar lo que solemos reducir a lo individual —el estrés, la precariedad, la discriminación, el acoso, la soledad, la incertidumbre— y entenderlo como expresión de estructuras más amplias.

En ese horizonte, resulta especialmente potente su apuesta por el arte y el amor como lenguajes políticos. Lejos de ser ingenua, es profundamente radical. El arte vuelve visible lo que la costumbre oculta; irrumpe, incomoda, obliga a mirar. Y, en un sistema que nos quiere productivos y agotados, detenerse a cuidar, a escuchar, a acompañar, también es una forma de resistencia.

Amar, aquí, es desobedecer.

Este encuentro deja una certeza: atravesar la fractura no implica sólo cambiar normas o discursos, sino transformar la manera en que nos relacionamos. Una comunidad que reconoce sus quiebres y decide trabajarlos se vuelve más fuerte, más honesta, más consciente de sí misma.

Hoy, Fractura nace para eso: para nombrar, abrir y vincular; para pensar con rigor y sentir con profundidad. No surge por casualidad, sino como respuesta a una necesidad: la de decir, cuestionar y abrir espacios donde antes había silencio e indiferencia.

Por eso, el reconocimiento es para quienes lo hacen posible. Por la capacidad de construir este proyecto, por su valentía para romper las barreras del miedo, tomar la palabra y habitar el espacio público universitario con compromiso. Eso, hoy, importa.

Que esta revista sea más que un proyecto editorial: que sea un llamado a ejercer el pensamiento crítico sin miedo, a sostener el desacuerdo con respeto y a reconstruir comunidad sin negar las diferencias. No se trata de ocultar las fracturas, sino de atravesarlas juntos.

La Facultad necesita de estas iniciativas para mantenerse viva, para no caer en la repetición y para reafirmar que su sentido más profundo es la reflexión crítica.

Ojalá estemos a la altura de este momento. Porque no hay motivo de sospecha: hay una forma legítima de resistencia ética y un ejercicio vivo de pensamiento crítico. Desconfiar de ello o intentar deslegitimarlo sólo niega lo evidente.

Estamos frente a una generación que piensa, que incomoda y que construye; una generación que ha alcanzado su mayoría de edad en sentido kantiano.

Ese tendrá que ser el norte.

Enhorabuena. Y larga vida a Fractura.

Visto 258 veces
Valora este artículo
(5 votos)
Ivett Tinoco García

Matices

Sitio Web: #