¿El colapso de la realidad?
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

¿El colapso de la realidad?

Jueves, 19 Marzo 2026 07:28 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Voy a empezar con algo que suena a broma, pero no lo es. Hace unos días circuló el rumor de la muerte de Benjamin Netanyahu. Aparece una imagen: inmóvil, herido, convincente.

Días después surge un video. Él mismo, hablando: “Es falso, estoy vivo, cuenten mis dedos, tengo cinco”.

Uno pensaría: caso cerrado. Pero no. El mundo no logra ponerse de acuerdo. No sabemos qué creer. Y lo inquietante no es la duda, sino que cada quien ya decidió su verdad antes de conocerla. Vivimos dentro de burbujas de información; en cada una, la realidad tiene su propia versión.

Esto no empezó ayer. A inicios del siglo XXI, el cine ya insinuaba este escenario desde la ciencia ficción, como una advertencia que pocos escucharon. En A.I. Artificial Intelligence aparece un niño artificial programado para amar. La pregunta era simple y brutal: ¿una máquina puede amar o sólo puede parecer que ama?

Luego vino I, Robot, inspirada en Isaac Asimov. Ahí todo se vuelve más inquietante. Las máquinas imitan, al tiempo que empiezan a decidir. Lo hacen con una lógica perfecta, demasiado perfecta. Descubren algo peligroso: para protegernos, a veces hay que quitarnos libertad.

Lo perturbador es que lo aceptamos. cuando una máquina limita nuestras opciones, rara vez discutimos. ¿discutes con la máquina del estacionamiento cuando te cobra de más? tomas el ticket y pagas. ¿con la app de transporte cuando sube el precio por “alta demanda”? suspiras y aceptas. ¿con la plataforma que decide qué aparece en tu pantalla? ni siquiera sabes lo que no viste. ¿con el GPS que te envía por una ruta absurda? lo sigues, aunque conocías un camino mejor. Llegas, sí, pero ya no sabes si llegaste tú o te llevaron.

Hoy nada de esto es ciencia ficción. Un algoritmo decide si eres sujeto de crédito. Otro evalúa tu currículum. Otro define qué noticias existen para ti. Todos operan bajo la misma promesa: eficiencia, seguridad, optimización. Palabras amables que, a veces, significan lo mismo: menos margen para elegir.

Aquí aparece lo más sutil, y quizá lo más peligroso: no sentimos que perdimos libertad. Sentimos que alguien nos facilitó la vida. Y puede ser cierto. Pero también lo es que, poco a poco, dejamos de decidir. Empezamos a confirmar decisiones tomadas por otros.

Mientras tanto, surgen intentos —a veces desesperados— por poner orden. En lugares como Japón se desarrollan leyes para asegurar algo que antes parecía obvio: que las máquinas sigan siendo máquinas; que permanezcan bajo control humano; que no dañen ni decidan por nosotros. Incluso su legislación sobre inteligencia artificial intenta un equilibrio extraño: permitir la innovación sin perder la humanidad en el camino.

Aun así, la tensión persiste. La ley insiste en que los robots son “propiedad”. La realidad comienza a tratarlos como algo más: compañía, presencia, casi otra forma de existir.

En paralelo, emergen los ciborgs. Personas que no esperan a que la tecnología avance: la integran en su propio cuerpo. Hay quienes “escuchan” colores, perciben terremotos en sus pies o sienten la atmósfera como lenguaje.

Ya no sólo creamos máquinas que se parecen a nosotros. Nos estamos convirtiendo en algo que ya no se parece del todo a lo que éramos. La pregunta cambia: ya no es si una máquina puede ser humana, sino si nosotros estamos dejando de serlo.

Las redes sociales —que a veces parecen conocernos mejor que nuestra propia familia— preguntan a diario: “¿Qué estás pensando? ¿Qué está pasando?”. Y uno se detiene: ¿soy yo, o soy lo que el algoritmo ya entendió de mí?

La tecnología dejó de estar afuera. Está en la memoria, en la atención, en la forma de recordar y hasta en la manera de dudar.

Volvamos al inicio. Netanyahu vivo. Netanyahu muerto. Netanyahu mostrando cinco dedos como prueba de existencia.

Lo inquietante no es cuál versión es cierta. Es que una imagen puede ser falsa. Un video también. Incluso lo “humano” empieza a serlo. Entramos en un bucle: verificamos una prueba con otra prueba que necesita otra más, todas potencialmente falsas. Como discutir en internet, pero con consecuencias existenciales.

El problema ya no es detectar la mentira. Es que dejamos de saber dónde vive la verdad.

¿Estamos frente al colapso de la realidad? tal vez. O tal vez la realidad no colapsó: dejó de ser única.

Antes discutíamos la verdad. Hoy discutimos si la realidad existe. Eso ya no es un problema técnico; es filosófico. Incómodo.

Aparecen entonces palabras extrañas: lo poshumano, la posverdad, lo posmoderno. “Post”: esa forma elegante de nombrar lo que ya no entendemos del todo. Lo poshumano: cuando lo humano se mezcla con la tecnología hasta volverse indistinguible. La posverdad: cuando importa más lo que se siente que lo que es. Lo posmoderno, bueno, eso ya era confuso desde antes.

Hay algo claro: no somos la primera generación que duda, pero sí la primera que debe demostrar que es humana frente a máquinas que pueden imitarlo todo.

Las plataformas preguntan: “¿Qué estás pensando?”. Pero la pregunta real —la incómoda, la que no tiene botón de “me gusta”— es otra: ¿qué significa ser humano cuando ya no podemos distinguirnos de lo artificial?

Quizá la respuesta no esté en contar los dedos. Tal vez habite en algo más frágil: dudar, equivocarse, sentir, seguir buscando la verdad, incluso cuando ya no sabemos con certeza dónde encontrarla.

Y en ese umbral —como advierte Mrinank Sharma— nuestra sabiduría tendrá que crecer al mismo ritmo que nuestra capacidad de transformar el mundo, o enfrentaremos las consecuencias. Porque lo verdaderamente difícil, como también señala, no es definir nuestros valores, sino permitir que gobiernen nuestras acciones, incluso cuando todo empuja en sentido contrario.

Visto 165 veces
Valora este artículo
(1 Voto)
Ivett Tinoco García

Matices

Sitio Web: #