Mientras una madre buscadora escarba la tierra con la esperanza de encontrar respuestas, mientras los escándalos políticos ocupan las portadas de los periódicos, las denuncias de corrupción se acumulan y la inseguridad sigue marcando la vida cotidiana de millones de mexicanos, un balón vuelve a rodar y el país entero dirige la mirada hacia la justa deportiva internacional de ? no.
No es la primera vez que ocurre.
En 1970, cuando México organizó su primer Mundial, el país intentaba mostrar al mundo una imagen de modernidad y progreso; sin embargo, apenas dos años antes había ocurrido la matanza de Tlatelolco y el descontento social seguía latente.
En ese entonces, Pelé maravillaba al planeta, México continuaba cargando heridas abiertas.
En 1986, la historia se repitió. El país fue sede de la justa deportiva internacional en medio de una profunda crisis económica, con inflación, devaluaciones y las secuelas del terremoto de 1985, que había dejado miles de víctimas y una sociedad profundamente golpeada.
Aun así, durante un mes, el balón logró unir a millones de personas que encontraron en el fútbol un motivo para sonreír en medio de la adversidad.
Hoy, en 2026, el escenario es distinto, pero las heridas persisten. Las desapariciones que lastiman a miles de familias, las madres buscadoras recorriendo campos y carreteras en busca de respuestas, los escándalos políticos, las denuncias de corrupción, la venta ilegal de plazas, la inseguridad y la polarización forman parte de la conversación cotidiana.
Y hoy vivimos esta competencia internacional del balompié que, aunque pocos pueden costear. Los precios de los boletos, el hospedaje y el transporte colocan la experiencia de asistir a un estadio fuera del alcance de gran parte de la clase media.
Para millones de mexicanos, esta fiesta deportiva se vive desde la sala de una casa, en un restaurante, en una oficina o en la plaza cívica de un municipio, pero quizá ahí radica su verdadera esencia, porque el fútbol nunca ha sido únicamente para quienes pueden pagar un asiento en las tribunas. El fútbol también pertenece al albañil, a la comerciante, al estudiante, al taxista y a la madre de familia que, después de una jornada complicada, encuentra noventa minutos para olvidarse de las preocupaciones.
El encuentro internacional de fútbol no encuentra a los desaparecidos, no combate la corrupción, no devuelve la tranquilidad a las familias que viven con miedo, no resuelve los problemas que el país arrastra desde hace décadas, pero ofrece algo que tampoco es menor: un respiro.
Un espacio donde, por unas horas, dejamos de hablar de tragedias para discutir alineaciones. Donde cambiamos la angustia por la esperanza de un gol. Donde una celebración colectiva nos recuerda que seguimos siendo capaces de emocionarnos juntos.
Quizá por eso los Mundiales sobreviven a las crisis, porque mientras los gobiernos van y vienen, mientras los escándalos ocupan titulares y las promesas se desgastan, siempre aparece una pelota rodando para recordarnos que los pueblos también necesitan soñar.
En México, como ocurrió en 1970, como sucedió en 1986 y como vuelve a pasar en 2026, el fútbol no cambia la realidad, pero durante noventa minutos nos permite olvidarla.

