Los mariachis callaron y el eterno «¿Y si sí?» se convirtió en un amargo «por poquito». La fiesta se apagó; en su lugar, hubo llanto, decepción, memes de frustración y explicaciones técnicas sobre el porqué de la derrota.
Amar a la selección es dejar de lado la lógica y aferrarse a la fe. Nos centramos en la esperanza de que la suerte juegue a nuestro favor, ignorando factores externos como el nulo tiempo de preparación, condicionado siempre por los estrictos permisos de los clubes donde militan los seleccionados.
La alimentación y la disciplina, pilares fundamentales en cualquier atleta de alto rendimiento, rara vez se llevan al pie de la letra en el entorno nacional. Muchos futbolistas mexicanos aún ven como un castigo el rigor de una dieta estricta durante los torneos. Las concentraciones, diseñadas originalmente para el enfoque absoluto, se han convertido en una pasarela por la que desfilan desde familiares hasta influencers, creando un entorno saturado de distracciones.
Es verdad que Javier "El Vasco" Aguirre es conocido por su mano dura, pero hay deficiencias estructurales que ni él puede corregir. La principal es que México carece de figuras militando en las ligas europeas, ahí donde la competencia es feroz y el nivel es verdaderamente de élite. En contraste, el jugador promedio se desenvuelve en una liga local cómoda, que exige el mínimo esfuerzo y ofrece demasiadas concesiones, convirtiendo el torneo en una competencia de resistencia y complacencia, más que de calidad.
Ahí es donde el sistema se rompe desde la base: en México no existe un seguimiento real al semillero de atletas. Aunque no hay niño que no crezca jugando en la calle, el éxito es una lotería; solo unos pocos pueden costear un entrenamiento de élite o tienen la suerte de ser descubiertos por el visor adecuado. Hoy todos reconocen el talento de Mora, pero la historia nos advierte que en un año, al igual que ocurrió con otras promesas de juventud, podría ser absorbido por clubes que, en lugar de pulirlo y prepararlo, terminarán por fundirlo físicamente o inflar su ego.
En nuestro balompié se prefiere el aplauso inmediato, los likes y las entrevistas efímeras; se carece de la paciencia necesaria para formar a un verdadero deportista de alto rendimiento. Nos urge rescatar el talento antes de que el medio lo corrompa o lo agote. Mientras sigamos esperando que un milagro nos salve en el último minuto, en lugar de construir atletas desde la raíz, los mariachis seguirán callando. Seguiremos siendo esa afición atrapada en el eterno bucle de la fe, comprando playeras nuevas para vestir viejas frustraciones, esperando que la suerte haga el trabajo que los directivos y los procesos no quisieron hacer.
Tener esperanza no es malo. Gritar «¿Y si sí?» tampoco lo es. El problema es que no podemos vivir de ilusiones. Necesitamos centrarnos en la realidad, exigir estructuras profesionales y entender que el éxito en la cancha no se le ruega a la suerte: se trabaja en la sombra y desde la raíz.

