En el Módulo de Bienestar Autorreportado (BIARE) 2026 del INEGI, la satisfacción promedio de los mexicanos con su vida alcanzó 8.75 sobre 10, un peldaño por encima del 8.65 de 2025. Es un dato que el poder celebra como certificado de buena gestión. Pero leerlo así es un acto de pereza intelectual, cuando no de cinismo. La felicidad de los mexicanos no es un logro del Estado: es, en buena medida, un logro a pesar del Estado.
Los datos revelan una nación partida en dos. Puertas adentro, el mexicano florece: califica con 9.18 su libertad para decidir sobre su propia vida y con 9.04 sus relaciones familiares, los dos dominios mejor evaluados de toda la encuesta. Puertas afuera, en cambio, el relato se derrumba. La seguridad ciudadana —el único bien que sólo el Estado puede proveer— se desploma al 6.44 y entre las mujeres presenta un alarmante 6.15. Es la llamada "paradoja latinoamericana de la felicidad". Sociedades atravesadas por la desigualdad y la violencia que, aun así, reportan un bienestar superior al que predicen sus indicadores económicos. La explicación no es la ignorancia, sino el refugio. Donde el Estado se ausenta, la familia absorbe el golpe. El ciudadano es feliz en su casa y vulnerable en la calle.
Esa satisfacción, además, esconde un desgaste emocional que la propia encuesta documenta. El 21.8% de la población presenta indicios de ansiedad y el 13.4% de depresión. Y hay un sesgo de género inocultable: 26.2% de las mujeres frente a 16.7% de los hombres padecen ansiedad. El balance anímico general es positivo (5.34 en una escala de -10 a 10), pero se hunde justo donde importa: la relación entre energía y cansancio cae a 4.29, el peor registro del instrumento, y a 3.96 entre las mujeres. Detrás del optimismo declarado late un agotamiento endémico. No es simple fatiga física. Es el desgaste psicológico de una sociedad que se sostiene sola.
Ese agotamiento tiene un motor material. El 40.2% de la población declara enfrentar dificultades para cubrir los gastos habituales del hogar. El estrés financiero no es un problema abstracto: dispara el cortisol, alimenta la ansiedad y erosiona la satisfacción con la vida. Y frente a esta crisis, la respuesta del Estado mexicano es una mala decisión presupuestal. En un contexto donde la salud recibe pocos recursos, y cada vez menos, apenas poco más del 2% de ese gasto se destina a la salud mental, muy por debajo de lo recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Un país que invierte casi nada en la mente de su gente no puede después atribuirse su resiliencia. La agencia individual que hoy sostiene a millones es, en realidad, la coartada perfecta para la inacción pública.
¿Existe una alternativa técnica y no meramente retórica? Sí. El psicólogo Tal Ben-Shahar propone dejar de perseguir la felicidad de frente —cuanto más se busca, más se escapa— y cultivarla de manera indirecta a través de cinco dimensiones: espiritual, física, intelectual, relacional y emocional (el modelo SPIRE). Concebido para el desarrollo personal, ofrece, sin embargo, una brújula extraordinaria para el gobierno. Un Estado que asume la felicidad pública como mandato impulsa legislación con jornadas laborales humanas y salarios dignos (lo físico), propicia el pensamiento crítico y la cultura accesible (lo intelectual), construye sistemas de apoyo que liberen el tiempo de las mujeres (principalmente) y otras personas cuidadoras (lo relacional) e invierte en salud mental universal (lo emocional). Ben-Shahar habla de "antifragilidad" como la capacidad de fortalecerse ante la adversidad. Pero exigirle antifragilidad a un ciudadano acorralado por la inseguridad y la pobreza es una crueldad. Las políticas públicas son el andamiaje sin el cual nadie puede permitirse ser vulnerable y reconstruirse.
Lo notable es que ya existen pruebas de que funciona. En el Reino Unido, los "recetadores sociales" conectan a pacientes solitarios con coros, huertos y clubes comunitarios en lugar de sólo recetar ansiolíticos. En Nueva Delhi, las "clases de felicidad" enseñan meditación y gestión emocional a millones de niños. Nueva Zelanda abandonó en 2019 el PIB como métrica única y aprobó el primer "Presupuesto de bienestar" del mundo, obligando a cada ministerio a demostrar cómo mejora la vida de la gente. Y los países nórdicos encabezan año con año el Informe Mundial de la Felicidad no por su riqueza, sino por su confianza interpersonal y su baja corrupción. Como advierte Andrés Oppenheimer, cuando el crecimiento se divorcia del bienestar, el resentimiento fertiliza el populismo autoritario. La infelicidad no es sólo un drama privado: es una amenaza democrática.
La felicidad de los mexicanos no es un permiso para que el gobierno se cruce de brazos; es el reproche más elocuente a su omisión. Conformarse con que cada quien resuelva su bienestar en solitario es abdicar del contrato social. En 1814, el artículo 24 de la Constitución de Apatzingán ya lo decía: la felicidad del pueblo es el objeto primordial del gobierno. Dos siglos después, la ciencia del bienestar nos da los instrumentos para exigir que ese mandato se cumpla. Esencialmente, falta que el Estado deje de agradecerle al ciudadano que asuma las tareas que le corresponden.

