La fragilidad de la noche y el abandono de la "tribu"
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La fragilidad de la noche y el abandono de la "tribu"

Viernes, 11 Septiembre 2026 00:15 Escrito por 
Ana Liza en línea Ana Liza en línea Mariel Álvarez Sánchez

La trágica muerte de Carlos Alexander Ortiz Sánchez, joven estudiante de 19 años de la Facultad de Ciencias Políticas de la UAEMéx y activo colaborador dentro de las filas del PRI, conmocionó a la comunidad universitaria y política de Toluca. Las esquelas publicadas tanto por la Universidad Autónoma del Estado de México como por Melissa Vargas y la dirigencia del PRI mexiquense reflejan el dolor institucional de despedir a una vida prometedora a tan corta edad. Sin embargo, detrás de las notas luctuosas y las condolencias oficiales, subyace una lección amarga sobre la condición humana en nuestros tiempos: la escalofriante falta de empatía y la soledad en la que dejamos a quienes llamamos "amigos".

Carlos salió a divertirse, a vivir su juventud y a disfrutar de un espacio de convivencia que prometía seguridad. No obstante, al encontrarse vulnerado por el alcohol y el mal estado en el que quedó tras la fiesta, la red de protección a su alrededor se disolvió por completo. Resulta incomprensible cómo, en una era hiperconectada, un joven termina desorientado, caminando solo en medio de la madrugada sobre los peligrosos carriles centrales de Paseo Tollocan, sin que nadie de su entorno cercano levantara la mano para pedir un taxi, llamar a su familia o asegurarse de que llegara a salvo a su hogar.

Alex se quedó incomunicado, no tenía pila para llamar a su familia, le pidió ayuda a alguien que estaba cerca para que lo ayudara a regresar a su casa; sin embargo, esa persona decidió voltear la espalda y dejarlo ahí solo a su suerte. Intentó regresar a su casa caminando y ahí tuvo el accidente”, dijo en sus redes la priista Melissa Vargas, quien era su jefa.

¿Se acuerda de Debanhi?

Este caso evoca el doloroso fantasma de lo ocurrido con Debanhi Escobar en Monterrey. El patrón se repite con una crueldad metódica: espacios donde los jóvenes se sienten seguros y acompañados por sus pares, pero donde la fiesta termina y la empatía se apaga. Al calor de las copas o el cansancio, la presunta fraternidad se evapora, dejando al más vulnerable a su suerte en un entorno hostil donde un tropiezo se paga con la vida.

Lamentar la partida de Carlos Alexander en redes sociales o publicar esquelas institucionales es necesario, pero insuficiente si no confrontamos la crisis de cuidado y responsabilidad social que vivimos. No se trata solo de señalar los peligros de la noche ni la imprudencia vial, sino de interrogar a nuestra propia juventud sobre qué tipo de lazos están construyendo. La verdadera amistad no se mide en las fotos ni en el brindis dentro del antro, sino en el compromiso ético de no soltarle la mano al amigo cuando no puede valerse por sí mismo. Que la memoria de Alex sirva para abrir una conversación urgente y colectiva sobre el valor de cuidar al otro, antes de que el desamparo vuelva a segar otra vida en el asfalto.

Y no se trata de culpar a nadie de este fatal accidente, se trata de sentir empatía por los que están cerca de nosotros y que pueden no estar pasando por un buen momento; es justo ahí cuando más ayuda necesitan. Se trata de hacer nuestro el “Hoy por ti, mañana por mí”.

QEPD Alex, esa joven promesa que se apagó prematuramente.

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Mariel Álvarez Sánchez

Ana Liza en línea