Memoria que se cocina a fuego lento
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

Memoria que se cocina a fuego lento

Martes, 03 Febrero 2026 00:02 Escrito por 
Reseñas y Sucesos Reseñas y Sucesos Edgar Tinoco González

Imagina que ponen frente a ti la tradicional canastilla llena de dulces de leche y no sabes cuál elegir: Quieres probarlos todos, pero es difícil decidir cuál será el que degustarás en esta ocasión.

Preparar los dulces de leche es una tradición que no se hereda a través de recetarios ni se resguarda tras una vitrina; por el contrario, es un arte que se transmite empíricamente, en silencio, entre el vapor de las ollas y el vaivén de las manos que repiten un gesto aprendido de persona en persona a lo largo de décadas. En la casa de la señora Martha Serrano sobrevive esta tradición, porque a sus 80 años ha decidido no soltar esta dulce práctica.

Desde hace más de 60 años, en el Barrio de La Cruz, en San Francisco Tlalcilalcalpan, comunidad de Almoloya de Juárez, esta historia se ha venido cociendo a fuego lento con un sabor que es inconfundible: leche, azúcar, coco, limón, cajeta y el ingrediente secreto: Un taller hogareño, poca luz y cazuelas llenas de pasta almibarada que le dan el toque mágico.

Martha es una de las guardianas de esa memoria colectiva. No habla desde la nostalgia, sino desde la experiencia y la práctica diaria. Desde la certeza de quien ha visto pasar generaciones enteras alrededor de una misma mesa de trabajo. Llegó a “San Pancho” por la vida misma, por el matrimonio, por el amor; y como suele ocurrir en los pueblos, terminó echando raíces más profundas que muchos nacidos aquí. Aprendió el oficio observando, ayudando, equivocándose y volviendo a intentar: Así se transmiten las verdaderas tradiciones.

La historia de los dulces de leche en esta región tiene un punto de partida claro: Don Justo Guadarrama, con su tradicional negocio “El Socio.” Originario también de San Francisco Tlalcilalcalpan, fue pionero en llevar este conocimiento artesanal a Toluca, al corazón de Los Portales, ese espacio simbólico; donde han convivido la economía popular de las diversas comunidades de la región, la vida cotidiana y la identidad toluqueña.

Don Justo llevó al oficio a don Raúl Guadarrama, en ese entonces un joven apasionado por la dulce cocina; quién con los años contrajo matrimonio con Martha Serrano. De ahí que, en la primera oportunidad, él y su esposa decidieran emprender con su propia Alacena dentro de los mismos Portales. Con paciencia comprendieron que el oficio de los dulces lleva ritmo, tiempos, disciplina y un fino paladar.

A lo largo de la historia, las Alacenas de Los Portales de Toluca fueron mucho más que locales comerciales: han sido puntos de encuentro, escuelas informales del oficio, espacios donde el cliente conocía al artesano y el producto tenía rostro. Así se convirtió en el punto perfecto para la venta de dulces y la relatoría de anécdotas propias de cada época.

Recuerda Martha que a través de los años, muchas de esas Alacenas han ido mutando, transformadas por la modernidad, la venta de los espacios y los nuevos hábitos de consumo. De aquellas vitrinas repletas de dulces de leche quedan pocas, pero su recuerdo sigue vivo en quienes crecieron probando esos sabores.

Desde jóvenes Raúl y Martha dedicaban largas jornadas de trabajo repartidas entre la preparación nocturna de los manjares lácteos y la atención personal que dedicaban a sus clientes; muchos de ellos trabajadores gubernamentales quienes con regularidad pasaban por un postre diario, ya fuera para ellos o para degustar a su familia al término de sus horarios de oficina.

De ese trabajo vivieron hijos y nietos; con esos dulces se levantaron casas, se pagaron estudios, se construyó futuro. Hoy son Oscar y Claudia son quienes continúan el legado, cada uno con su pequeño taller en casa. Los nietos observan, ayudan, aprenden y, sin darse cuenta, heredan algo más que una receta: Abrevan identidad.

Hay temporadas donde la tradición se intensifica: Día de las Madres, Día de Muertos, Navidad o Fin de Año. Entonces, el trabajo se vuelve colectivo; nadie se queda fuera. En esas fechas se entiende que la tradición no es un acto individual, sino una red de esfuerzos que se activa cuando la comunidad lo necesita. Incluso en ferias como la del Alfeñique, los dulces de Tlalcilalcalpan siguen teniendo un lugar especial, reconocidos por su calidad y por su historia.

Resulta profundamente simbólico y admirable atestiguar como una mujer de 80 años sigue involucrada con energía envidiable en este oficio. No por obligación, sino por convicción. Porque el trabajo, cuando tiene sentido, también da vida. Porque mantenerse activa también es una forma de honrar a quienes ya no están. Porque seguir haciendo dulces es, para ella, una manera de mantener presente a don Raúl y de asegurar que su memoria no se diluye con el tiempo.

En una época dominada por lo inmediato y lo desechable, estas historias artesanales nos recuerdan que el desarrollo se construye desde lo local, que la economía comunitaria genera arraigo, que la identidad se fortalece cuando varias generaciones se reconocen en un mismo oficio. Tlalcilalcalpan y Toluca están unidas no solo por la cercanía geográfica, sino por una tradición compartida que ha cruzado décadas y transformaciones urbanas.

Los dulces de leche no son sólo una delicia para el paladar. Son memoria comestible, son la prueba de que el trabajo bien hecho resiste al tiempo, son el lazo invisible que une al pueblo con la ciudad, al pasado con el presente, a la historia con el porvenir.

Mientras haya manos que sigan batiendo la leche, mientras haya niños que aprendan mirando, mientras haya abuelas como Martha Serrano que encuentren en su oficio una razón para seguir, la historia seguirá viva. Dulce. Firme. Profundamente nuestra. Porque lo que se hace con amor, se hace para la posteridad.

Visto 102 veces
Valora este artículo
(0 votos)
Edgar Tinoco González

Reseñas y sucesos