Tuve el privilegio de conocer al maestro Leopoldo Flores en los primeros años de este siglo. Y no solo de conocerlo, sino de convivir con él. Al principio no era del todo consciente de lo que significaba esa cercanía. Lo visitaba de manera regular, casi de forma natural, sin pensar demasiado en la constancia de esos momentos… hasta que un día él mismo me llamó para hacérmelo notar. Me dijo que ese mes no había ido a visitarlo y que yo iba cada mes a verlo. Fue entonces cuando entendí que aquellas visitas ya eran un ritual compartido.
Eran tertulias muy bonitas. Espacios de conversación, de observación y de escucha. En ellas tenía la posibilidad de hurgar —con respeto y con asombro— en sus libretas de insomnio y en sus libretas de viaje. Ahí descubrí que, para él, la mejor cámara fotográfica que podía llevar consigo, además de su propia mirada, era un lápiz y un papel. Todo lo que veía, todo lo que visitaba, lo “fotografiaba” a través del dibujo.
Así, por ejemplo, una visita a Cuba quedó plasmada en sus trazos: el malecón, el Capitolio, las calles de La Habana. No eran simples bocetos; eran registros vivos, cargados de memoria y de emoción. Y en esas charlas, poco a poco, empecé a ver cómo tomaba forma lo que sería su última colección.
Una colección que tuvo como punto de inspiración un accidente ocurrido en la Ciudad de México: una escena insólita, casi surrealista, en la que más de quince o veinte caballos escaparon y comenzaron a galopar por una de las calles principales de la ciudad. Esa imagen, esa noticia, se coló en una de sus noches de insomnio y se convirtió en el punto de partida de su última serie: Los Caballos.
El maestro tuvo la oportunidad de pintar ocho de ellos. El noveno lo dejó prácticamente en un setenta por ciento. Las últimas pinceladas —por una suerte, por un giro inesperado del destino— me fue posible grabarlas. Aquella tarde fue un viernes. Lo despedí en su taller; se fue a su casa. El domingo sufrió una crisis que lo llevó al hospital y nunca volvió a ese espacio de trabajo.
Por eso, lo que quedó registrado en esa grabación —quizá apenas sesenta segundos— es invaluable: ahí se muestran cuáles fueron las últimas pinceladas del maestro Leopoldo Flores. El noveno lienzo quedó inconcluso. Y el décimo nunca fue intervenido.
Y quizá no fue casualidad. Como él mismo decía, el arte debía ser abierto, debía ser para todos. Por eso quiero pensar que dejó ese décimo lienzo como un espacio libre. Porque el décimo lienzo de Leopoldo Flores no es solo una obra que quedó en blanco. Es, quizá, una de las expresiones más profundas y generosas de toda su trayectoria artística. No fue una ausencia, ni una falta, ni una obra inconclusa. Es una provocación.
Después de una vida entera dedicada a mirar, a observar con intensidad y a traducir el mundo en formas, líneas y colores, el maestro no cerró el ciclo con una imagen definitiva. Pintó ocho caballos completos. El noveno quedó suspendido en el tiempo, detenido en el gesto, en la respiración misma de la pincelada. Y el décimo… el décimo lienzo quedó abierto.
Ese lienzo vacío es una provocación. Es la extensión de su pensamiento. Leopoldo Flores creía que el arte no debía pertenecer a unos cuantos, ni encerrarse en la autoría absoluta, ni quedarse inmóvil en la solemnidad del museo. Para él, el arte era un acto vivo, compartido, colectivo. Y, en ese sentido, el décimo lienzo no le pertenece solo a él: nos pertenece a todos.
Es un espacio de posibilidad. Un territorio donde otras miradas pueden entrar, donde otras manos pueden intervenir, donde nuevas generaciones pueden dialogar con la suya. Ahí, el maestro no impone una forma; confía. Confía en el otro, en el joven artista, en el espectador que se atreve a cruzar el umbral y continuar la conversación.
El décimo lienzo también es una metáfora del tiempo. Representa aquello que queda pendiente, lo que no se concluye porque no debe concluirse. Es la obra que sigue ocurriendo incluso después de la ausencia física del artista. Mientras los primeros nueve caballos hablan del movimiento, de la fuerza y del impulso, el décimo habla del silencio, de la espera y de la continuidad.
Tal vez por eso su valor es tan profundo. Porque no grita, no se impone, no busca ser admirado desde la distancia. El décimo lienzo escucha. Permanece abierto, dispuesto a ser transformado. Es una despedida sin final, un legado sin cierre, una puerta que no se cierra.
Y así, Leopoldo Flores no se fue del todo. Se quedó en ese espacio en blanco, en esa superficie intacta que sigue preguntando, que sigue provocando, que sigue invitando.
El décimo lienzo es su última enseñanza: que el arte no termina en el autor, sino que comienza, una y otra vez, en quienes se atreven a continuar lo que quedó abierto.
PD. El próximo 3 de abril es su décimo aniversario luctuoso.

