Volver a la esencia de la epifanía
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Volver a la esencia de la epifanía

Martes, 06 Enero 2026 00:00 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Queridos Reyes Magos:

Cada 6 de enero regresamos a una de las celebraciones más antiguas y profundas del cristianismo: la fiesta de los Reyes Magos, que, junto con la Pascua, tiene su origen en las primeras comunidades cristianas de Oriente y llegó a Occidente hacia el siglo IV. Con el paso del tiempo, y especialmente durante la Edad Media, esta Epifanía fue adquiriendo un lugar privilegiado en la fe y en la tradición, hasta convertirse en la más conocida de las manifestaciones de Jesús.

La palabra Epifanía significa “manifestación”. No habla solo de un nacimiento, sino del momento en que Dios se da a conocer al mundo a través de su hijo. Y lo hace de una manera sorprendente: no ante reyes poderosos ni autoridades religiosas, sino ante unos sabios extranjeros que venían de Oriente, hombres que buscaban la verdad guiados por una estrella.

El Evangelio de Mateo no nos dice cuántos eran ni menciona sus nombres. La tradición los reconoce como tres, a partir de los dones que ofrecieron: oro, incienso y mirra. Sus nombres —Melchor, Gaspar y Baltasar— aparecen por primera vez en mosaicos del siglo VI en la ciudad de Rávena, en Italia.

Durante la Edad Media, la figura de los Reyes Magos se fue llenando de símbolos. Se les asignaron distintas edades y distintas razas, no por exactitud histórica, sino para transmitir un mensaje esencial: el mensaje de Jesús es universal. En aquel tiempo, el mundo conocido incluía Europa, Asia y África; por eso esas regiones están representadas. El continente americano no aparece, no por exclusión, sino porque aún no formaba parte del horizonte cultural de esa época.

Melchor, el rey anciano, simboliza a Europa y representa la vejez: la sabiduría que dan los años, la experiencia de quien ha caminado mucho y reconoce que la verdad más profunda no se encuentra en el poder ni en el saber, sino en la humildad de un Dios hecho niño.

Gaspar, el rey adulto, de rasgos orientales, simboliza a Asia y representa la madurez: la plenitud de la razón, de las fuerzas y de la responsabilidad. Él nos recuerda que incluso en el momento de mayor fortaleza humana, hay misterios que solo pueden ser acogidos con reverencia.

Baltasar, el rey joven, simboliza a África y representa la juventud, la esperanza y el futuro. Su figura nos dice que el mensaje cristiano no pertenece únicamente al pasado ni a los mayores, sino también a las nuevas generaciones que están llamadas a descubrirlo y renovarlo.

Así, los Reyes Magos representan a la humanidad. Su camino hacia Belén es el camino del ser humano que busca sentido, que interpreta señales, que avanza confiando en una luz que no siempre entiende del todo. Y su gesto final —postrarse ante un niño— nos enseña algo esencial: Dios se manifiesta en la sencillez y en la fragilidad, y solo quien es capaz de dejar a un lado el orgullo y las falsas seguridades puede reconocerlo.

Por eso hoy quiero recordarles a ustedes, Reyes Magos del siglo XXI —padres y madres— la esencia de esta Epifanía. Más allá de los regalos materiales, que nunca se pierda el sentido profundo de aquellos primeros dones.

Que el oro les recuerde la dignidad infinita de cada niño, valioso por quien es, no por lo que recibe. Que el incienso simbolice el tiempo, la presencia, la escucha y la espiritualidad que se cultiva en casa. Y que la mirra nos enseñe a acompañar, entendiendo que amar implica entrega y paciencia.

Porque quizá el mejor regalo no es el que se coloca junto a los zapatos, sino el amor, la guía y el ejemplo que quedan sembrados en el corazón de los hijos, como una estrella que los ayude a encontrar siempre su camino.

En medio del ruido y del consumo, esta tradición nos invita a detenernos, a mirar el cielo y a volver a lo esencial: a creer que la verdad se revela a quienes caminan con sencillez y se dejan guiar por una luz interior.

Porque allí donde hay amor, presencia y sentido, sigue ocurriendo la Epifanía.

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Ivett Tinoco García

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