¿Qué puede ser peor? ¿La limpieza que recibió el oligarca presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) y del acordeón, Hugo Aguilar Ortiz, a sus zapatos? ¿O el discurso que ofreció en el evento al que asistió? Puede pasar incluso por alto el importante festejo del 109 aniversario de la promulgación de la Constitución Política de 1917, pero el escándalo mediático que protagonizó superó, por mucho, cualquier otra noticia relevante.
No es que el bochornoso momento tan comentado sea cosa menor, no lo es, pero la actitud del presidente de la Corte valió que la escena en la que aparece la directora de Comunicación Social del Tribunal, Amanda Pérez, y otro colaborador, agachándose para limpiarle los zapatos, haya desatado una impresionante cantidad de comentarios al respecto; sin embargo, Aguilar Ortiz únicamente está siendo él mismo.
No debería haber sorpresa; no por eso tendría que dejarse de lado la indignación que la escena desató. Aguilar aprovechó su cercanía con el expresidente Andrés López Obrador para hacerse de un cargo para el que evidentemente no estaba preparado, lo que se puede presumir por la cantidad ridícula de asesores que contrató para apoyarlo.
El descaro con el que se presentó el flamante ministro al momento de tomar protesta como presidente del Tribunal, ofreciendo seguir la línea de austeridad de la 4T, al tiempo que prometió: “habrá tribunales que protejan al débil de los abusos que cometa el fuerte”, se desvanece con los escándalos protagonizados por la nueva Corte del pueblo.
Ahora bien, la propia imagen expuesta del ministro presidente habla de una persona alejada de los principios que dice tener y presenta a quien es capaz de hacer lo necesario para conquistar el poder. No fue tanto lo que obtuvo con el apoyo de acordeones para ser elegido, que en cualquier otro momento de la historia hubiera sido un escándalo épico —pero en estos tiempos no lo es—, sino su cercanía con López lo que le valió obtener el cargo.
Es una más de las cosas que antes espantaban y que hoy se han vuelto una desafortunada costumbre y, como consecuencia, muestra a una sociedad que ya no se escandaliza, que ya no se indigna y que deja pasar todo como si fuera de lo más normal.
La arrogancia con la que se defiende lo indefendible por parte de los escuderos de la 4T, que ya no ocultan las formas, pretende que se acepte que la protagonista del aseo del calzado derramó café o nata por error, como él lo señaló; pero los videos que circulan en redes aclaran una actitud condescendiente de Aguilar Ortiz, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón y supervisando la actividad de ambos colaboradores.
Nunca se le ve contrariado por la situación. El ministro, que ofreció proteger al débil del poderoso, hoy, como poderoso, humilla a sus subalternos. Ya sea mestizo, indígena, anglosajón, mulato o cualquier otro, eso no puede aceptarse como pretexto para diferenciar comportamientos, ya que, así como la gente de tez blanca puede tener un comportamiento racista o clasista, de la misma forma el mulato, el indígena y los demás también pueden tenerlo. Esto es tan cierto como el hecho de que no todos los ricos son malos ni tampoco todos los pobres son buenos.
El discurso de austeridad que maneja el régimen choca de frente y continuamente con las actividades que realizan sus integrantes. El gusto por el lujo no ha pasado desapercibido por la prensa y por ciudadanos que han documentado viajes, compras, actitudes, etcétera; más bien, los ha mostrado como siempre han sido.
Además, el ministro presidente deja ver que, en efecto, es hechura de y se debe completamente a la 4T. Ya no lo oculta; al contrario, él, como los demás, se ha vuelto más cínico. El Poder Judicial debería ser independiente, porque tendría que ser un contrapeso al Ejecutivo; sin embargo, se ofrece a su servicio y, en los hechos, lo demuestra. ¿Cuántas determinaciones judiciales se han dictado o se acordarán en contra de la 4T?
El problema no es únicamente la limpieza del calzado que ofende, sino presumirse como diferentes, sobre todo imponiendo hasta el hartazgo el falso discurso de que fueron elegidos presidente y ministros por el pueblo. Vergüenza debería darles, pero no la conocen. No hay decencia.
Hugo Aguilar adopta un discurso populista para mantener sus privilegios y ya no puede ocultar su verdadero rostro. A propósito, y no tanto por ofrecimiento del presumido ministro, ya existía una herramienta dispuesta para proteger efectivamente al débil del poderoso, y fue mancillada hasta convertirla en un recuerdo de lo que fue y pudo mejorar: la Ley de Amparo.
La directora de Comunicación Social del Tribunal no derramó café o nata; tiró la dignidad de su educación. Hugo Aguilar no podrá borrar de la mente del colectivo la imagen que lo presenta tal y cual es. Le guste o no, su soberbia, aires de superioridad moral, arrogancia y displicencia ya lo marcaron.

