150 Kilómetros de Fe y Esperanza
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150 Kilómetros de Fe y Esperanza

Martes, 24 Febrero 2026 00:00 Escrito por 
Reseñas y Sucesos Reseñas y Sucesos Edgar Tinoco González

Todo el año es tiempo de fe, y vemos a lo largo de todo México miles de corazones latiendo intensamente en las peregrinaciones que tienen como destino algún santuario propio del catolicismo. Así, cada año parte desde San José Villa de Allende una marea humana que camina con esperanza, con promesas, con agradecimientos y con lágrimas contenidas. Su destino es la Basílica de Guadalupe, a los pies de la Virgen que, desde el Tepeyac, sigue convocando generaciones enteras.

Cuando los escuché cantar en su paso por Almoloya de Juárez entendí que esta no es una caminata: es un acto de amor colectivo. Desde su salida se suman hermanos de Santo Tomás y Donato Guerra. No importa el municipio, la edad o la condición social: cuando inicia la marcha, todos son peregrinos. Todos son iguales ante la fe.

Son seis días de asfalto, polvo, frío en la madrugada y sol inclemente al mediodía. Seis días donde el cansancio se vuelve ofrenda. Sergio, quien encabeza el contingente, me contó que es la peregrinación número 81. Ochenta y un años de tradición ininterrumpida. Ochenta y un años donde abuelos enseñaron a sus hijos y estos a sus nietos que la fe no se hereda: se vive a lo largo de 150 kilómetros andados.

Impresiona ver ocho mil personas avanzando como un solo cuerpo. Hombres que corren tramos completos. Señoras que caminan al tiempo que imploran un rosario. Niños que, sin comprender del todo la dimensión del sacrificio, entienden perfectamente el significado del amor de sus padres por la fe que los hace estar ahí. Hay algo profundamente conmovedor en esa imagen: una humanidad que aún cree, que aún agradece, que aún se organiza para algo más grande que ellos mismos.

Luego están las comunidades que los arropan a su paso. Cada parada es un recordatorio de que México también es solidaridad. En la cabecera municipal de Almoloya de Juárez es una tradición recibirlos en su segundo día de camino. Los pobladores abren las puertas de sus casas. Cocinas que no descansan. Manos que reparten café caliente al amanecer. Techos improvisados que se convierten en refugio. No hay reflectores, no hay discursos, no hay protagonismos. Solo generosidad.

En tiempos donde las noticias suelen hablarnos de división, de violencia y de escenarios desoladores, esta peregrinación nos recuerda que también sabemos unirnos. Que todavía somos capaces de caminar juntos durante días enteros por una causa espiritual. Que todavía nos estremecemos cuando entonamos “La Guadalupana” y vemos a lo lejos el brillo de la Basílica.

Es imposible no sentir un nudo en la garganta cuando me acerqué al contingente en su paso por San Mateo Tlalchichilpan. Porque, al presenciar de cerca esa multitud avanzando, entendí que la fe no es un concepto abstracto: es movimiento. Es sacrificio. Es comunidad. Es memoria viva.

También comprendí que la frase “la fe mueve montañas” deja de ser metáfora. Porque ver a miles caminar durante una semana demuestra que sí, la fe mueve piernas cansadas, mueve voluntades, mueve corazones endurecidos. Mueve lágrimas. Y, sobre todo, mueve esperanza.

En un país que enfrenta tantos retos, estas escenas nos recuerdan que alguien, en algún rincón del alma colectiva, sigue creyendo en algo superior. Y cuando un pueblo cree, resiste. Cuando un pueblo camina unido, trasciende.

Ochenta y un años después, esta peregrinación no solo honra a la Virgen de Guadalupe. Honra lo mejor de nosotros como seres humanos.

 
 
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Edgar Tinoco González

Reseñas y sucesos