Nuestro México, rico en tradiciones, destaca frente al mundo por la nobleza de sus caballos y la fineza de la charrería: riendas que se tensan entre las manos firmes del charro, cascos que levantan una ola de polvo al caer la tarde y suertes ejecutadas con destreza, temple y galantería.
Hay identidades que se forjan en el llano, se heredan en el pueblo y se defienden con el cuerpo. La charrería es una de ellas. No es solo un deporte ni un espectáculo folclórico; es una forma de mirar la vida, de asumir el riesgo y de honrar la palabra dada.
Antes de ser reconocida oficialmente, la charrería ya era patria viva: estaba en los campos, en los caminos y en la memoria de los pueblos. Entre 1931 y 1945, distintos decretos presidenciales —de Pascual Ortiz Rubio, Abelardo L. Rodríguez y Manuel Ávila Camacho— terminaron por consolidarla como Deporte Nacional de México y al traje de charro como símbolo de la mexicanidad. Pero mucho antes del papel, la charrería ya había echado raíz.
En el municipio de Temoaya, en el corazón del Estado de México, esta tradición se respira en cada paso de caballo, en cada suelta de lazos y en cada historia compartida bajo la sombra del lienzo charro. Fue ahí donde, acompañado por dos grandes exponentes que son don Gerardo y don Gustavo Becerril, tuve el privilegio de escuchar relatos que condensan décadas de pasión, entrega y amor por un arte que ha dado forma a generaciones.
Escucharlos como referentes del arte ecuestre es recorrer décadas de historia viva. Don Gerardo recuerda con claridad sus primeras experiencias, cuando apenas tenía 8 o 9 años y ya montaba con su papá para ejecutar con destreza las manganas en el llano, aprendiendo las suertes del caballo y la charrería como si fuera un lenguaje propio del alma.
Don Gustavo, por su parte, evoca con respeto los entrenamientos en Toluca, escuchando a maestros como don Antonio Becerril y don Andrés Becerril mientras abrevaba con destreza los fundamentos de una tradición que no se improvisa, sino que se encarna. Cada anécdota encierra años de esfuerzo, caídas, victorias y camaradería.
La charrería es forma de vida. En cada suerte hay precisión y paciencia; hay técnica y, sobre todo, confianza construida con los años. De ahí que cuando esta tradición cruza fronteras, no lo hace como folclor, sino como identidad. Así ocurrió en 1993, cuando una comitiva de charros de Temoaya viajó a Bruselas, Bélgica, para participar en la Feria Europalia, donde México fue invitado especial. Aquella no fue solo una exhibición ecuestre: fue diplomacia cultural. México habló al mundo con caballo, reata y tradición. Que un charro de Temoaya portara la bandera en Europa no fue casualidad, fue reconocimiento al ser este un referente en la charrería y sus destrezas.
Pero ninguna tradición está libre de desafíos. Hoy, la charrería enfrenta el reto de involucrar a las nuevas generaciones, que ante la vida moderna y los compromisos laborales a menudo ven este arte más como un pasatiempo que como una forma de vida. Don Gustavo lo expresa con honestidad: los jóvenes mantienen el gusto por la charrería, pero no demuestran el amor y la pasión absoluta de los viejos charros.
Se entiende quizá por la falta de tiempo, prioridades distintas y una vida que los arrastra por caminos diferentes. La vida moderna, el trabajo, los costos elevados y la distancia del campo han cambiado las prioridades. Mantener caballos, equipo y entrenamiento no es sencillo, y esa realidad pesa.
Sin embargo, como todas las tradiciones que realmente importan, la charrería sigue viva porque quienes la aman lo hacen con el corazón. La participación de mujeres en escaramuzas, la presencia de familias enteras en los lienzos y la transmisión de saberes en cada tarde de entrenamiento son señales de que, aunque cambien los tiempos, el espíritu del charro mexicano persiste y resiste.
Ambos coinciden en que ver una charreada es comprender una lección de vida: no solo se trata de habilidad con las riendas o destreza sobre el caballo, sino de resiliencia, trabajo colectivo y amor por nuestras raíces. Es recordar que el valor no es la ausencia de miedo, sino seguir adelante a pesar de él —algo que solo se aprende con los años y con la fuerza de la tradición que late en cada charro que pisa un lienzo.
La charrería no está exenta de riesgos; por el contrario, cabalgar se hace con la conciencia permanente del peligro. Cada caída, cada lazada, cada monta implica la posibilidad del accidente: dedos mutilados, huesos rotos, rodillas dañadas y cuerpos marcados por el paso del tiempo.
Esa realidad, lejos de amedrentar, convierte las cicatrices en emblemas de carácter. El charro cae, pero no se retira; se levanta acompañado, sostenido por la comunidad que lo arropa, lo cura y lo espera. En la charrería, la resiliencia no es un discurso individual, sino un acto colectivo: volver al lienzo es un pacto de honor con la tradición, con los compañeros y con uno mismo como parte del legado que se construye.
Este arte no es una postal detenida en el tiempo; es un puente vivo entre pasado y presente, entre campo y ciudad, entre México y el mundo. Don Gustavo lo resume con claridad: ser charro no es portar un traje, es ser un hombre serio, con principios, con decisiones firmes; un caballero que honra su palabra y a su comunidad.
Aunque con nostalgia reconocen que hoy muchas personas ya no lo ven así, en sus voces no se percibe resignación, sino un llamado a la acción. Porque mientras existan manos dispuestas a sostener una rienda, conciencias dispuestas a asumir lo que implica ser charro y un traje que se ajuste a ser portado con gallardía, entonces esta historia seguirá viva. Porque la charrería no se hereda solo con enseñanzas: se defiende con el ejemplo.

