México no está viviendo aún una reindustrialización consolidada. Lo que muestran las cifras recientes es, sobre todo, un reacomodo forzado tras el agotamiento del modelo petrolero que durante décadas sostuvo el equilibrio externo del país. La verdadera transformación dependerá de si el país logra integrarse a las cadenas globales con mayor contenido nacional y valor tecnológico, o si permanece en un esquema de ensamblaje dependiente.
Durante más de treinta años, el petróleo compensó los déficits del resto del comercio exterior, es decir, las situaciones en las que el país compraba al exterior más de lo que vendía. En los años ochenta generaba ingresos superiores a 15 mil millones de dólares anuales y, todavía en 2008, ayudaba a cubrir pérdidas comerciales que superaban los 30 mil millones.
Ese modelo comenzó a erosionarse de forma progresiva: la inversión en exploración cayó, las reservas disminuyeron y la producción se redujo. A ello se sumó una capacidad de refinación insuficiente para procesar el crudo pesado que el país extrae, lo que obligó a importar crecientes volúmenes de combustibles.
El resultado fue un giro estructural: desde 2015 México compra más productos petroleros de los que exporta, es decir, gasta más divisas en combustibles de las que obtiene por la venta de crudo. En 2022, ese saldo negativo superó los 35 mil millones de dólares. El petróleo dejó de ser el ancla del sector externo.
En paralelo, el comercio no petrolero —principalmente manufacturero— comenzó a mostrar superávits a partir de 2017, es decir, periodos en los que el país vende al exterior más de lo que importa en ese rubro. Alcanzó un máximo cercano a 48 mil millones de dólares en 2020.
A primera vista, podría interpretarse como señal de una nueva fortaleza industrial. Sin embargo, ese récord coincidió con la pandemia, cuando la contracción económica redujo significativamente las importaciones. Parte del ajuste respondió, por tanto, a una caída en las compras externas más que a un salto cualitativo en la estructura productiva.
El análisis de más de cuatro décadas de datos comerciales sugiere que el país atraviesa una transición, pero no necesariamente una reindustrialización profunda.
Una verdadera transformación implicaría aumentar el contenido nacional en las exportaciones, desarrollar capacidades tecnológicas propias y avanzar hacia eslabones de mayor valor agregado dentro de las cadenas globales.
El contexto internacional —marcado por la relocalización productiva y la fragmentación geoeconómica— ofrece una oportunidad inédita, pero no automática. Si México se limita a ampliar el ensamblaje sin fortalecer proveedores locales, innovación y transferencia tecnológica, el superávit manufacturero podría ser apenas un episodio estadístico asociado al declive petrolero.
La cuestión de fondo no es solo si el país exporta más manufacturas, sino qué tipo de manufacturas produce y cuánto valor genera internamente. De esa decisión estratégica dependerá que el cambio reciente sea el inicio de una nueva etapa industrial o la simple sustitución de una dependencia por otra.
Esta reflexión forma parte del trabajo de investigación que desarrolla el Dr. Edgar Costilla Reyes sobre la evolución estructural del comercio exterior mexicano, en colaboración con especialistas en política económica en Europa.
El autor es doctor en Análisis Económico y Estrategia Empresarial por la Universidad de Santiago de Compostela (España) y actualmente se desempeña como investigador visitante en el Departamento de Política Económica de la Universidad de Economía de Bratislava.

