Para la mayoría de la ciudadanía, entender el contenido y sentido de una sentencia judicial es entrar en un mundo desconocido, pues desde la primera palabra leída pareciera que se les habla en otro idioma.
Un montón de párrafos largos, términos técnicos, frases rebuscadas, expresiones en latín y, tras todo ello, el sentimiento de frustración que genera una realidad común en documentos judiciales: la justicia que se intenta comunicar no se entiende.
Una sentencia debiera ser, además de un documento judicial, equiparable a un discurso en cuanto a ser clara, simple y comprensible. Si a través de ella el Estado comunica lo que decidió sobre tu vida, tu patrimonio y tus derechos, debiera ser entonces redactada buscando una comunicación comprensible, fácil de entender, para que en esa misma medida se tenga una justicia clara que se acerque a la gente.
Por ello, es importante hablar de algo que las y los impartidores de justicia de la vieja escuela podrían llamar una extravagancia tardía: el lenguaje ciudadano en las sentencias.
No se trata de dejar de aplicar tecnicismos ni de escribir de manera ligera o con menos rigor, ni mucho menos de omitir citar los fundamentos y motivos de la decisión judicial, sino de encontrar la forma de comunicar los argumentos y, especialmente, el resultado de una decisión, de manera clara, directa, concreta, para que todas y todos puedan comprender, garantizando así los derechos inherentes a un proceso judicial.
La justicia no debe ser un privilegio para quienes hablan en un idioma técnico, porque cuando el acto de comunicar se traduce en múltiples interpretaciones, la comprensión se limita y genera desconfianza.
¿Cómo reclamar una decisión que no se entiende o cómo afirmar que se hizo justicia si no hay claridad en lo que se resolvió?
Por el contrario, si el lenguaje es claro, sencillo y fácil de entender, tanto personas adultas como jóvenes, e incluso niñas y niños, podrán más fácilmente saber por qué ganaron o perdieron un juicio, generando confianza y construyendo con ello una verdadera justicia accesible. Si no lo entiendo, no lo acepto, pero si al menos lo comprendo, me será más fácil aceptarlo.
Estoy convencida de que el uso de mayor lenguaje ciudadano y menor lenguaje técnico en las sentencias judiciales es realmente benéfico porque, además de comunicar mejor y de forma directa, al prescindir de intermediarios se evitan malas interpretaciones y el sistema judicial se vuelve más cercano a la gente.
Por supuesto, emplear estos pensamientos responsables no conduce a extinguir los viejos conceptos. Es necesario explicar la terminología, evitar enunciados excesivamente largos y conectar las ideas. Dicho de otra manera, escribir pensando en la persona que leerá el texto.
El cambio es también cultural, pues hay que decirlo: en distintos tiempos y lugares, los términos legales complejos no han sido precisamente sinónimos de entendimiento y autoridad, sino, a veces, de adorno, por no decir de moda, como si de ello dependiera lo legal.
Una sentencia bien redactada no es la más técnica, sino la que logra que el lector entienda lo que ocurrió.
Para un país donde el acceso a la justicia sigue siendo una lucha cotidiana, el lenguaje antiguo no es un traje apropiado. Las sentencias con lenguaje ciudadano no eliminarán todos los problemas del sistema judicial, pero acercarán la justicia a la gente y abonarán en la mejor comunicación del Estado con la ciudadanía, porque @La Unión es la Clave.

