Salir de la orilla no fue sencillo. La cuestión fue cómo las mujeres pudimos acceder claramente al poder. Esto sucedió a través del tiempo, del trabajo duro, la preparación y la persistencia; lo logramos.
Las mujeres lo estamos haciendo: en 2026 ya somos magistradas, juezas, lideramos tribunales y tomamos decisiones en el sistema de justicia. No fue fácil, no fue por casualidad; fue el trabajo acumulativo de generaciones. Varias coincidían en el objetivo: los cambios en la ley, las demandas de la sociedad, las mujeres que no esperamos a que se nos apruebe la oportunidad.
Ahora que estamos empezando, nuestra próxima pregunta es inevitable: después de llegar aquí, ¿las mujeres queremos saber qué sigue? Porque llegar a este lugar tampoco es el objetivo final; es, de hecho, el comienzo de un nuevo tipo de esfuerzo.
El primer desafío se destaca, a saber, gobernar con poder transformador, no solo poder en abstracto. Porque simplemente ocupar un puesto no es suficiente cuando las decisiones se toman con la misma lógica de siempre.
Las mujeres en los campos de la justicia tenemos la capacidad de cambiar perspectivas y ofrecer diferentes puntos de vista, haciendo visibles realidades que hace mucho tiempo pudieron haber sido marginadas. Porque cuando juzgamos “diferente” a como lo habían hecho antes, la diversidad en nuestros espacios de toma de decisiones solo puede servir para enriquecer la forma en que se entiende y se imparte la justicia.
El segundo desafío está en el camino que estamos recorriendo; es decir, debemos siempre recordar nuestro mapa, sin perder de vista la transición que estamos haciendo de la igualdad formal a la igualdad sustantiva, donde estar en una posición de poder también significa hacer una apertura amplia, disponible para cualquier otra persona. Es decir, hacer espacio para que más mujeres lleguen.
La igualdad no se construye sobre la base de pequeños eventos, sino a través de acciones estructurales y cotidianas que tenemos que practicar todos los días.
Otro punto importante es cambiar la cultura institucional. Durante años, las mujeres hemos tenido que adaptarnos demasiado tiempo a sistemas rígidos patriarcales, bajo condiciones insoportables por mera subordinación estructural, con entornos poco incluyentes, limitando con ello el acceso a nuestros derechos fundamentales. Hoy tenemos la oportunidad de transformar esas dinámicas hacia lugares más justos, más respetuosos, más humanos, comenzando con la toma de decisiones más al alcance de la mano.
Es momento de que las mujeres ejerzamos el liderazgo sin pedir permiso, dejando de justificar por qué estamos aquí; los hombres deben ser mucho más asequibles, más empáticos, para que cuando una mujer decida ser líder, sea aprobado y se puedan dar resultados con firmeza en mente, convicción, seguridad y plena legitimidad.
Debemos tener claro que el objetivo no es que haya “algunas mujeres” en el poder, sino que dejemos de ser una excepción y nos convirtamos en una regla.
Es por ello que el reto aún no ha terminado, solamente está cambiando de forma, porque hoy no solo se trata de llegar, sino de transformar, consolidar y multiplicar. Debemos hacer que este acceso se traduzca en mejores decisiones, con instituciones más justas y en oportunidades reales para quienes vienen detrás.
Porque cuando una de nosotras llega a un espacio de poder, se abre una puerta; pero cuando muchas llegan y transforman los espacios, cambian el sistema.
Y eso apenas está comenzando, porque @La Unión es la Clave.
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