La machosfera está más cerca de lo que pensamos
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La machosfera está más cerca de lo que pensamos

Jueves, 04 Junio 2026 08:58 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hace unos meses escuché por primera vez a mis alumnos hablar de la “machosfera”. Tras hurgar un poco en la red, revisar algunos artículos al respecto y ver el documental de la BBC “Los mesías de la machosfera”, hoy comprendo que este término define a la red de espacios digitales —foros, blogs y redes sociales— que promueve discursos antifeministas y de resistencia a la igualdad de género.

Es un ecosistema complejo donde conviven diversas subculturas con códigos propios: los incels (célibes involuntarios que canalizan su frustración afectiva en resentimiento hacia las mujeres); los llamados MGTOW (Men Going Their Own Way), hombres que proponen alejarse por completo de las mujeres y del matrimonio al considerarse víctimas del sistema; o los MRAs (Men's Rights Activists), activistas por los derechos de los hombres que buscan deslegitimar las políticas de equidad.

A veces pensamos en la machosfera como un rincón oscuro de internet, un territorio lejano habitado por avatares anónimos en foros radicales. Pero si nos detenemos a mirar un segundo, la realidad es otra: la machosfera está en el asiento de al lado. Está en el gimnasio, en algún grupo de WhatsApp, en los audífonos de algún estudiante. No es un fenómeno marginal; es una respuesta masiva y cultural a una crisis de identidad que los jóvenes están viviendo en tiempo real a nivel global.

Lo verdaderamente preocupante no es sólo que plataformas o figuras como El Temach o Kibe capten la atención de millones ofreciendo disciplina, ejercicio y "respuestas simples a un mundo complejo". El riesgo real escala cuando analizamos el papel de la academia: ¿Qué está pasando en las universidades y en los centros de formación?

Desde los cubículos universitarios, la investigación y la docencia, existe un riesgo latente: estibar estos signos. Es decir, acomodarlos en el cajón de "lo vulgar", ignorarlos o, peor aún, tratarlos con desdén intelectual. Es muy fácil para un académico despachar el discurso de la machosfera etiquetándolo simplemente como "machismo ignorante", dándose la vuelta para seguir discutiendo otros temas.

El problema de mirar el fenómeno desde este lugar es que, mientras la academia juzga, la machosfera escucha.

Si los maestros y formadores de las nuevas generaciones se limitan a estigmatizar o a ridiculizar el malestar de los alumnos varones —que a menudo arrastran incertidumbre económica, precariedad laboral, soledad y una profunda falta de referentes— lo único que logran es validar la narrativa del influencer: “¿Ven? En la universidad los atacan por ser hombres; aquí sí los entendemos”.

Sin embargo, hay un riesgo todavía más sutil, oscuro y profundo dentro de las aulas. El peligro no viene únicamente de la desconexión o del rechazo de los docentes hacia estos discursos; viene también de la identificación silenciosa.

Hay que hablar de aquellos profesores que, formados en estructuras tradicionales y blindados por la autoridad que les da el estrado, comparten en silencio la esencia de la machosfera. Son docentes que quizás no siguen a estos influencers en TikTok, pero que en el pasillo, en la sala de profesores o mediante comentarios mordaces e "irónicos" en plena clase, validan el mismo fondo ideológico.

Se manifiesta cuando un docente aprovecha su espacio para caricaturizar la lucha feminista, reduciéndola a un "capricho ideológico" o a una "exageración de la época". Al llenar el aula de sesgos y sembrar dudas sobre los avances en igualdad de género —presentándolos sutilmente como una pérdida de derechos para los hombres—, el maestro se convierte en el mejor aliado de la radicalización digital.

Cuando un alumno escucha a su profesor —un referente de conocimiento— validar el resentimiento contra el feminismo o el enfoque de género, la narrativa de la machosfera se legitima. El estudiante ya no sólo encuentra respuestas en su pantalla; encuentra una justificación intelectual en su propia universidad.

Los profesores que hoy forman a los futuros profesionales tienen una responsabilidad enorme. No se trata de validar discursos que promuevan la hostilidad hacia las mujeres ni de convertirse en cómplices silenciosos de una resistencia al cambio. Se trata de entender el vacío que estos discursos están llenando y de actuar con ética. Muchos jóvenes sienten que los modelos tradicionales de "ser hombre" ya no sirven. Si sus profesores, en lugar de ayudarlos a construir una masculinidad saludable, refuerzan los viejos prejuicios o los aíslan, la brecha se vuelve insalvable.

Las redes premian la confrontación. Si un alumno procesa su frustración social a través de un algoritmo radical, y al llegar al aula encuentra a un maestro que valida sus peores sesgos, el puente hacia la igualdad se rompe para siempre. La academia no puede seguir dándose el lujo de tener docentes que jueguen a dos bandas: los que miran hacia otro lado por desdén y los que alimentan el fuego del prejuicio desde el aula. Tiene que ser un espacio de contención, de cuestionamiento ético y de pensamiento crítico real.

¿Estamos permitiendo que las aulas se conviertan en trincheras donde se deslegitiman los derechos humanos bajo el disfraz de la "libre cátedra"?

La machosfera no se combate con silencios pedagógicos, con discursos punitivos ni con la complicidad de pasillo. Se combate bajando al terreno de la charla honesta y autoexaminando nuestras propias aulas. El verdadero desafío para los docentes hoy es demostrarle a esos estudiantes que no necesitan ver a las mujeres como adversarias para construir su propio valor, y que la universidad debe ser el primer lugar donde se desarmen los prejuicios, no donde se les otorgue un título universitario.

Si la academia sigue legitimando en las aulas lo que el algoritmo radicaliza en las pantallas, ¿estamos educando para el futuro o estamos intelectualizando el retroceso?

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Ivett Tinoco García

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