Imaginemos por un momento un mundo distinto.
Un mundo donde todas las mujeres tuvieran garantizada su independencia económica. Donde ninguna dependiera de otra persona para pagar la renta, comprar alimentos o construir un proyecto de vida. Un mundo donde todas supieran que, si una relación se volviera violenta, podrían marcharse sin miedo porque cuentan con los recursos para hacerlo.
Imaginemos también un mundo donde todos los hombres fueran educados en el respeto. Donde no existieran la violencia de género, el acoso, la discriminación ni la desigual distribución de las tareas de cuidado. Donde la crianza fuera realmente compartida y cuidar a los hijos nunca implicara renunciar a los propios sueños.
En ese mundo, una mujer podría decidir quedarse en casa para cuidar a sus hijos. Y esa decisión sería absolutamente válida.
Pero ese escenario no describe un derecho conquistado. Describe un privilegio. Porque la realidad es muy distinta.
Millones de mujeres trabajan porque necesitan sostener económicamente a sus familias. Otras lo hacen porque encuentran en su profesión una fuente de realización personal. Y muchas más viven ambas realidades al mismo tiempo: desempeñan un trabajo remunerado y, además, asumen la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados, casi siempre sin reconocimiento económico.
Por eso, cuando desde una posición de privilegio se romantiza la idea de "volver al hogar", vale la pena detenernos y preguntar: ¿volver quiénes?, ¿en qué condiciones?, ¿y con qué garantías?
No todas las mujeres desean ser madres. No todas tienen pareja. Existen familias monoparentales, homoparentales, reconstituidas; mujeres que viven solas y mujeres que deciden construir su proyecto de vida por caminos distintos. Esa diversidad también merece ser reconocida y respetada.
El feminismo nunca ha sostenido que todas las mujeres deban trabajar fuera de casa ni que la maternidad sea un obstáculo. Lo que ha defendido es algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más profundo: que cada mujer pueda elegir su propio camino sin que esa decisión esté condicionada por la dependencia económica, la violencia, los estereotipos o la falta de oportunidades.
Todavía tenemos pendientes enormes: leyes laborales que reconozcan el trabajo de cuidados, licencias de paternidad suficientes, esquemas reales de corresponsabilidad, horarios compatibles con la crianza y políticas públicas que permitan conciliar la vida familiar con la vida profesional. Porque cuidar no debería ser una responsabilidad exclusivamente femenina. Maternar importa. Pero paternar también.
El desafío no consiste en convencer a las mujeres de renunciar a los derechos conquistados. El verdadero desafío es construir una sociedad donde esos derechos permitan que cada persona decida libremente cómo quiere vivir.
No romanticemos la desigualdad, no confundamos un privilegio con una opción realmente disponible para todas. Y, sobre todo, no volvamos a responsabilizar a las mujeres de problemas que son consecuencia de estructuras sociales profundamente desiguales. La verdadera libertad no consiste en regresar al pasado; consiste en que ninguna mujer tenga que pedir permiso para decidir su futuro.
Precisamente por eso resultan preocupantes algunos debates que han cobrado fuerza en las últimas semanas.
Hace apenas unos días, en Estados Unidos, una convención reunió a miles de mujeres alrededor de posturas profundamente conservadoras sobre el papel femenino en la sociedad. Entre las ideas que circularon estuvo la propuesta de que las mujeres renunciaran voluntariamente al ejercicio de su voto para privilegiar un supuesto "voto familiar", en el que el esposo, el padre, el hermano o el hijo decidieran políticamente por toda la familia.
Más allá de ese encuentro en particular, lo verdaderamente importante es comprender que estas ideas no aparecen de manera aislada. Forman parte de una agenda impulsada por distintos sectores ultraconservadores y de extrema derecha en diversos países, que aprovechan el enorme poder de las redes sociales para convertir ciertos discursos en tendencias aparentemente espontáneas.
Lo preocupante es la velocidad con la que estas narrativas cruzan fronteras.
Un video publicado en cualquier parte del mundo puede llegar, en cuestión de horas, a millones de personas. Apenas ayer veíamos cómo un joven político mexicano retomaba ese tipo de planteamientos y los presentaba como una posibilidad para nuestro país. Y seguramente veremos surgir más voces que intentarán normalizar estas ideas.
Las redes sociales tienen una enorme capacidad para romantizar estilos de vida. Pero rara vez nos invitan a preguntarnos desde dónde hablan quienes los promueven.
¿Cuánto hay de una decisión verdaderamente libre? ¿Cuánto hay de presión cultural? ¿Cuánto hay de privilegio? ¿Y cuánto hay de una narrativa que convierte la renuncia a derechos en una aparente virtud?
En diciembre pasado, el escritor Amin Maalouf hizo una reflexión que hoy resulta extraordinariamente vigente. Decía que vivimos una época fascinante, en la que la ciencia y la tecnología avanzan a una velocidad que apenas alcanzamos a comprender. Sin embargo, le preocupaba que nuestra capacidad de reflexión ética y nuestro pensamiento crítico no evolucionaran al mismo ritmo. Advertía, incluso, un riesgo mayor: que, en lugar de avanzar, pudiéramos experimentar una regresión.
Creo que esa advertencia merece ser tomada muy en serio. Porque la igualdad entre mujeres y hombres no es una moda ni una concesión.
Es una conquista democrática construida durante generaciones.
Es el resultado de mujeres que estudiaron cuando se les decía que no podían hacerlo; que trabajaron cuando se les negaba esa posibilidad; que votaron después de décadas de lucha; que exigieron ser reconocidas como ciudadanas plenas.
Todavía queda mucho por hacer. Necesitamos leyes laborales más justas, corresponsabilidad en los cuidados, licencias de paternidad suficientes, instituciones que respondan con eficacia a la violencia y una cultura que deje de colocar sobre las mujeres el peso casi exclusivo del hogar y de la crianza.
Por eso, hombres y mujeres que creemos en la igualdad compartimos una misma responsabilidad: hablar, argumentar, escuchar, preguntar. Cuestionar aquello que parece inofensivo, pero que, en realidad, implica retroceder en derechos conquistados tras décadas de lucha.
Porque los derechos humanos tienen una característica fundamental: una vez conquistados, no deberían ponerse a votación ni convertirse en una nostalgia del pasado.
Nos queda un largo camino para alcanzar una igualdad sustantiva. Lo que no podemos permitirnos es confundir el privilegio con la libertad, ni romantizar la renuncia a derechos que tantas personas conquistaron con esfuerzo, resistencia y, en demasiadas ocasiones, con su propia vida.
La historia nos enseña que los derechos nunca están garantizados para siempre; cada generación tiene la responsabilidad de defenderlos. Y la nuestra no puede darse el lujo de dar un solo paso atrás.

