Mientras el mundo vive el Mundial, Venezuela lucha bajo los escombros
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Mientras el mundo vive el Mundial, Venezuela lucha bajo los escombros

Jueves, 02 Julio 2026 00:00 Escrito por 
Matices Matices Ivett Tinoco García

Hace apenas unos días, Venezuela fue sacudida por dos terremotos de magnitud superior a 7, ocurridos con muy pocos minutos de diferencia. Las imágenes de edificios colapsados, personas buscando con las manos entre los escombros y familias esperando noticias de sus seres queridos inevitablemente nos remiten a algunos de los episodios más dolorosos de nuestra memoria colectiva: los terremotos de 1985 y de 2017 en México.

Los desastres naturales tienen una capacidad singular: derrumban edificios, pero también ponen a prueba la fortaleza de las instituciones y la calidad moral de las sociedades.

En 1985, cuando la respuesta del Estado fue lenta e insuficiente, la sociedad civil decidió no esperar. Miles de personas salieron a las calles para remover escombros, organizar centros de acopio, preparar alimentos, donar sangre y buscar sobrevivientes. Aquel momento no solo reveló la enorme solidaridad de los mexicanos; también transformó para siempre la relación entre ciudadanía y poder público.

Treinta y dos años después, en 2017, esa solidaridad encontró nuevas formas de expresarse. Los más jóvenes nos dieron una extraordinaria lección de organización, creatividad e innovación. Utilizaron las redes sociales como una auténtica herramienta de coordinación ciudadana para identificar las necesidades específicas de los centros de acopio, evitar duplicidades y dirigir la ayuda hacia donde realmente hacía falta.

Muchos ciudadanos abrieron las redes de internet de sus hogares y negocios para que quienes habían perdido la comunicación pudieran contactar a sus familiares. Se priorizó la circulación de información de emergencia sobre cualquier otro contenido. Se convocó, de manera espontánea, a traductores de distintos idiomas para asistir a personas extranjeras que no hablaban español. También hubo voluntarios que rescataron a mascotas que habían huido presas del pánico y las llevaron a albergues improvisados, donde recibieron alimento, protección y cuidados.

La solidaridad también apareció en los gestos más sencillos: panaderos que regalaron pan a rescatistas y voluntarios; ferreteros que entregaron herramientas sin esperar pago alguno, porque entendían que cada minuto podía significar una vida; y, en medio del cansancio y la incertidumbre, mariachis que decidieron cantar Cielito Lindo para levantar el ánimo de quienes llevaban horas removiendo escombros con la esperanza de encontrar sobrevivientes.

Eso también es sociedad.

Estos momentos muestran que el capital social —esa red de confianza, cooperación y reciprocidad entre las personas— puede convertirse en un recurso tan importante como la infraestructura o los recursos materiales. Cuando las instituciones son rebasadas por la magnitud de una tragedia, la capacidad de organización de la ciudadanía puede marcar la diferencia entre la desesperanza y la posibilidad de salvar vidas.

Hoy, Venezuela enfrenta un desafío semejante, aunque en circunstancias todavía más complejas. Años de crisis económica, política e institucional han debilitado la capacidad del Estado para responder a una emergencia de esta magnitud. La ayuda internacional ha comenzado a llegar, pero sigue siendo insuficiente frente a la devastación y a las enormes necesidades de la población.

Paradójicamente, el mundo vive también la euforia del Mundial. En 1986, México encontró en la Copa del Mundo una esperanza compartida y un poderoso incentivo para reconstruirse y mostrarse nuevamente al mundo. Hoy, mientras millones celebramos el fútbol, existe el riesgo de que el sufrimiento de un pueblo quede relegado por el ritmo vertiginoso de las noticias y el entusiasmo deportivo.

A ello se suma otro problema profundamente contemporáneo: la desconfianza. Muchas personas dudan antes de donar porque temen que la ayuda no llegue a quienes realmente la necesitan. Otras filtran la tragedia a través de sus simpatías o diferencias ideológicas. Y cuando el dolor humano comienza a medirse según afinidades políticas, algo esencial de nuestra vida en común empieza a fracturarse.

Aquí resulta pertinente recordar la lógica del imperativo categórico de Kant: actuar de tal manera que nuestras acciones pudieran convertirse en una norma universal. Llevado al terreno de la sociedad civil, esto significa ayudar porque es lo correcto, no porque quien sufre piense como nosotros, viva en nuestro país o comparta nuestra ideología. Si quisiéramos que el mundo acudiera en nuestra ayuda cuando la tragedia nos alcanzara, entonces también estamos moralmente llamados a tender la mano cuando el dolor es ajeno.

La solidaridad no debería depender de las fronteras, de las ideologías ni de las coyunturas mediáticas. Debería depender únicamente del reconocimiento de la dignidad humana.

Quizá esa sea una de las mayores enseñanzas que nos dejaron los sismos en México: cuando la sociedad comprende que el otro podría ser cualquiera de nosotros, desaparecen por un momento las diferencias sociales, políticas o económicas. Ya no hay profesiones, partidos, religiones ni clases sociales; solo personas intentando salvar a otras personas.

Ojalá que el balón siga rodando y nos regale más emociones. Pero ojalá también que no olvidemos levantar la mirada de la pantalla para recordar que, mientras unos celebran un gol, otros siguen esperando que alguien escuche una señal de vida bajo los escombros.

Fuerza, Venezuela. Porque la solidaridad, cuando es verdaderamente humana, nunca debería conocer fronteras ni ideologías.

 
 
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Ivett Tinoco García

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