La tarde del miércoles 24 de junio del actual, a las 16:04 hora local, se registraron dos fuertes terremotos consecutivos en el centro de Venezuela; uno de 7.2 y otro de 7.5 grados, con un minuto de diferencia entre ambos. La ciudad de San Felipe Yaracuy fue el epicentro de los dos eventos y el saldo al cierre de esta edición fue de más de 1,500 fallecidos, más de 3,200 lesionados y decenas de edificios colapsados.
El país fue declarado en Estado de Emergencia y fueron 7 las localidades más afectadas, entre éstas Caracas, San Felipe y La Guayra. El Comando Sur de Estados Unidos anunció su apoyo en la zona afectada y más de 15 países –incluído México– movilizaron equipos especializados en Búsqueda y Rescate, Sanidad y Asistencia Humanitaria al país sudamericano.
Venezuela no es un país con actividad sísmica destacada. En un siglo no había tenido un sismo de esta magnitud; razón por la cual se entiende que no cuenta con un sistema de alertamiento sísmico avanzado y diversificado como el de Chile o México. No obstante, a través de la red de telefonía celular y el sistema de alertas gratuito de Google, muchos venezolanos pudieron ser alertados con poco menos de 10 segundos previos al impacto del terremoto, lo cual seguramente salvó muchas vidas.
Un teléfono Android, cuenta con un sensor que tiene funciones de acelerómetro, el mismo que gira la pantalla cuando se coloca de lado el dispositivo, dada su sensibilidad tiene la capacidad de detectar las vibraciones de un temblor, percibe la onda sísmica P y envía una señal al servidor de Google; la acumulación de los miles de datos que se emiten simultáneamente activan la alarma por redundancia antes de la llegada de la onda sísmica S, la más destructiva, lo cual ofreció segundos vitales a la población venezolana para desalojar edificios. Dicho sistema se implementó desde 2021 en Caracas, es propiedad de Google y su operación no depende de ninguna estrategia preventiva de carácter gubernamental.
Lo acontecido en Venezuela vuelve a colocar en la opinión pública mundial el concepto de vulnerabilidad social, cuya construcción está antecedida de procesos sociales que tienen que ver con los registros de bienestar asociados al nivel de desarrollo y enfoques económicos, probabilísticos, ambientales y socioculturales que crean condiciones de riesgo de desastre no identificadas, como el caso que nos ocupa, que salen a la luz cuando los resortes que sostienen un desastre se rompen y lo ponen ante nuestros ojos con crudeza, muerte y destrucción.
¿Cómo medimos entonces la vulnerabilidad social con anticipación si no alcanzamos a ver las variables que participan de su construcción? Hay múltiples enfoques disciplinares y métodos, sin embargo, estos no siempre están al alcance de los tomadores de decisiones y menos de las políticas públicas que pueden incidir en su identificación y prevención. Estos métodos suelen estar plasmados en el ámbito académico y de la investigación científica, en tesis de maestría y doctorado, pero desvinculados de la acción gubernamental y de la planeación de las ciudades.
Para transformar la realidad de la prevención de desastres se requiere identificar con claridad las vulnerabilidades sociales y definir cuál es el objetivo de su medición (para qué); luego establecer las categorías deficitarias o comparativas según las características del lugar, los datos disponibles y los métodos de cálculo. Así se pueden definir índices de vulnerabilidad que pretendan distinguir y dimensionar condiciones de desventaja entre una ciudad y otra, por ejemplo.
El nivel de rezago social, la marginalidad y necesidades básicas insatisfechas (alimentación, vivienda, salud, seguridad, movilidad) son variables imprescindibles. Otros elementos pueden ser la susceptibilidad a daños, pérdidas e impactos (no sólo económicos), capacidades de respuesta y recursos de cada localidad (unidad de análisis). La condición geográfica de los medios afectables es otra categoría imprescindible (personas, viviendas e infraestructura), ya que la dimensión de exposición a peligros y la intensidad con la que estos se puede manifestar es otro factor.
Finalmente, lo cultural, económico y demográfico es también determinante, ya que refleja desventajas estructurales que acentúan la susceptibilidad del entorno y sintetizan la magnitud de las desventajas que subyacen y potencian las posibilidades de sufrir otros impactos negativos. Todos los datos, al procesarlos geo-estadísticamente y combinarlos con capas de información sobre peligros específicos, permite análisis de riesgos más claros, robustos y diversificados para evitar los puntos ciegos que detonan los desastres. No es tarea sencilla, se requiere liderazgo político, visión de futuro, ciencia de datos y recursos financieros. Esto es protección civil. ¡Que su semana sea de éxito!
Hugo Antonio Espinosa
Funcionario, Académico y Asesor en Gestión de Riesgos de Desastre
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