La tierra volvió a estremecerse en nuestra América. Y una vez más, como tantas veces a lo largo de su historia, el subsuelo eligió el momento menos anunciado para recordarnos su fuerza. Esta vez fue Colombia, nación hermana, entrañable y cercana, la que sufrió el embate de un terremoto que sacudió su territorio, derrumbó edificios, interrumpió caminos y dejó, bajo los escombros, una dolorosa cifra de víctimas que todavía es provisional.
El sismo, de magnitud 7.4, tuvo su epicentro cerca de San José del Palmar, en el departamento del Chocó, y afectó con particular intensidad a ciudades y poblaciones del occidente colombiano. Cali, Pereira, Manizales, Quibdó, Armenia y Buenaventura sintieron la violencia del movimiento. Basta ver las imágenes —viviendas destruidas, familias en las calles, cuerpos de emergencia buscando sobrevivientes— para comprender lo que ya sabíamos: que frente a la naturaleza ninguna frontera nos separa y ninguna distancia debe volvernos indiferentes.
Desde México enviamos, por ello, un abrazo fraterno a las familias que han perdido a un ser querido; nuestra esperanza a quienes aguardan noticias de sus familiares, y nuestro reconocimiento a los rescatistas, médicos, paramédicos, bomberos, policías, militares, voluntarios y ciudadanos que, desde los primeros minutos, se lanzaron a salvar vidas.
Conviene decirlo con claridad: la solidaridad no detiene los terremotos, pero impide que una sociedad enfrente sola sus ruinas. No reconstruye por sí misma los edificios, pero ayuda a levantar el ánimo de un pueblo. No devuelve a quienes se han ido, pero acompaña a quienes deben continuar. "A diferencia de la solidaridad, que es horizontal y se ejerce de igual a igual, la caridad se practica de arriba abajo, humilla a quien la recibe y jamás altera ni un poquito las relaciones de poder", escribió el uruguayo Eduardo Galeano. Esa distinción, tan sencilla como profunda, es la que México procura honrar cuando tiende la mano a un pueblo hermano: no desde la superioridad de quien socorre, sino desde la fraternidad de quien reconoce en el otro un espejo de sí mismo.
En ese sentido, la presidenta de México, Claudia Sheinbaum Pardo, expresó oportunamente la solidaridad de nuestro país y manifestó la disposición de brindar a Colombia todo el apoyo que requiera, una vez que existan las condiciones y los mecanismos de coordinación necesarios. Se trata de una posición digna y congruente con la mejor tradición internacionalista de México: ayudar sin imponer, acompañar sin protagonismos y tender la mano cuando otro pueblo atraviesa una tragedia.
Pero ese gesto institucional no nace de la nada; refleja, en realidad, un sentimiento profundamente arraigado en nuestra sociedad. Los mexicanos sabemos lo que significa ver caer edificios, escuchar sirenas durante toda la noche y esperar, frente a una montaña de escombros, una señal de vida. Lo aprendimos dolorosamente en 1985 y lo volvimos a vivir en 2017. "Después de los terremotos del 19 y 20 de septiembre de 1985, en la Ciudad de México nada ni nadie serán nunca más los mismos", escribió Elena Poniatowska en Nada, nadie: las voces del temblor, su crónica coral de aquellas jornadas. Y de aquellas tragedias, como suele ocurrir con el dolor mejor procesado, surgió una extraordinaria conciencia social: la convicción de que, cuando la autoridad y la ciudadanía trabajan juntas, la esperanza puede abrirse paso incluso entre el concreto.
De esa historia nacieron, precisamente, los Topos: rescatistas mexicanos que convirtieron la experiencia del dolor en una vocación universal de servicio. Son mujeres y hombres que entran donde otros apenas pueden mirar; que reconocen en el silencio de los escombros la posibilidad de encontrar una vida y que han llevado el nombre de México a distintas tragedias del mundo.
No hace falta ir muy lejos para encontrar el precedente inmediato. Hace apenas unas semanas, rescatistas mexicanos acudieron a Venezuela para apoyar después de los graves sismos que golpearon a ese país. Esa experiencia reciente, sumada a décadas de preparación y misiones internacionales, resulta ahora especialmente valiosa. Es razonable esperar, de hecho, que para el miércoles en que aparezcan estas líneas los Topos ya se encuentren en territorio colombiano o estén en camino, siempre sujetos a la solicitud del gobierno afectado y a la coordinación de las autoridades. Porque donde existe una posibilidad de rescatar una vida, ellos suelen hacerse presentes.
Y es que los Topos no solamente llevan cascos, cuerdas, sensores y herramientas. Llevan, sobre todo, algo más poderoso: la solidaridad del pueblo mexicano. Cada uno de ellos representa la mano anónima que ofrece agua, alimento o refugio; al joven que remueve piedras; a la mujer que organiza víveres, y al ciudadano que entiende que ayudar al otro es también una forma de salvarnos a nosotros mismos.
Ahora bien, la tragedia de Colombia debe contemplarse dentro de una realidad geológica que atraviesa buena parte de Sudamérica. La región occidental del continente forma parte del llamado Cinturón de Fuego del Pacífico, donde la interacción y subducción de placas tectónicas produce una intensa actividad sísmica y volcánica. Colombia, además, se encuentra en una compleja zona de convergencia tectónica y registra miles de movimientos cada año, aunque la mayoría son imperceptibles.
La memoria continental, por lo demás, conserva episodios devastadores. El 22 de mayo de 1960 ocurrió en Valdivia, Chile, el terremoto más fuerte registrado instrumentalmente en la historia: alcanzó una magnitud de 9.5 —no 9.1, como suele repetirse por error— y generó un tsunami que atravesó el océano Pacífico. Sus efectos llegaron hasta Hawái, Japón y las costas de Norteamérica.
Y esa vocación solidaria de México, conviene subrayarlo, tiene profundas raíces históricas. Después del devastador terremoto de Valdivia, el presidente Adolfo López Mateos no limitó la respuesta mexicana a una expresión diplomática de condolencia. Su gobierno acudió en auxilio de Chile y, junto con el presidente Jorge Alessandri Rodríguez, impulsó el Plan Chileno-Mexicano de Cooperación Fraternal 1960-1964, al que México destinó un millón de dólares para apoyar la reconstrucción y realizar obras sociales en las regiones afectadas.
El programa se extendió por ocho provincias y numerosas ciudades y comunidades, desde Puerto Montt hasta Valparaíso. Con esos recursos se construyeron escuelas, caletas para pescadores, espacios culturales, parques y otras obras comunitarias. Así, la ayuda de emergencia se convirtió en cooperación duradera: no consistió únicamente en atender las heridas inmediatas, sino en acompañar al pueblo chileno durante su reconstrucción.
López Mateos comprendió, en suma, que la fraternidad latinoamericana debía demostrarse con acciones. Aquel episodio es un antecedente luminoso de la tradición humanitaria de México: una nación que, frente al dolor de otro pueblo, no pregunta qué obtiene a cambio, sino qué puede hacer para ayudar. "La unidad de nuestros pueblos no es simple quimera de los hombres, sino inexorable decreto del destino", escribió Simón Bolívar, y pocas veces esa sentencia se verifica con tanta claridad como cuando la tierra tiembla y las fronteras, de pronto, dejan de importar. La solidaridad mexicana con Colombia prolonga hoy esa misma línea histórica. Cambian los países, los gobiernos y las generaciones, pero permanece una convicción: cuando la tierra lastima a una nación hermana, México debe estar presente.
La historia, además, no se detiene ahí. Chile volvió a sufrir, en 2010, el terremoto de magnitud 8.8 en la región del Maule. Antes, en 1906, un terremoto de magnitud 8.8 frente a las costas de Ecuador y Colombia provocó un tsunami y dejó una profunda huella en ambos países. Colombia recuerda también el terremoto de Armenia, en 1999, que causó una de las mayores tragedias urbanas de su historia reciente.
Venezuela, por su parte, conserva la memoria del terremoto de Caracas de 1967 y del sismo de Cariaco de 1997, además de la reciente tragedia que nuevamente puso a prueba sus sistemas de protección civil. Estas experiencias demuestran algo que conviene no olvidar: que la amenaza no se limita exclusivamente a la costa del Pacífico. El norte sudamericano y la región del Caribe poseen también fallas activas y zonas de considerable peligro sísmico.
Tampoco Panamá se encuentra libre de esta realidad. Aunque su población no vive los terremotos con la frecuencia o intensidad de otros países de la región, su territorio tiene antecedentes sísmicos y zonas de riesgo, particularmente hacia Chiriquí, Bocas del Toro y el entorno fronterizo con Costa Rica. Por ello, más que afirmar que un terremoto nunca había tocado a Panamá, debemos reconocer que el reciente movimiento constituye una nueva y contundente advertencia.
De ahí que sea urgente fortalecer allí —como en toda América Latina— una auténtica cultura sísmica. No basta con reaccionar cuando la tierra comienza a moverse. Es necesario revisar los reglamentos de construcción, identificar edificaciones vulnerables, practicar simulacros, señalizar rutas de evacuación, formar brigadas comunitarias, proteger escuelas y hospitales y enseñar desde la infancia qué hacer antes, durante y después de un sismo.
Y es que la protección civil debe entenderse como un derecho humano y como una responsabilidad compartida. La prevención salva más vidas que la improvisación. Un simulacro puede parecer rutinario hasta que llega el día en que sus enseñanzas evitan una estampida; una revisión estructural puede parecer costosa hasta que impide el colapso de una escuela; una mochila de emergencia puede parecer innecesaria hasta que una familia debe abandonar su hogar en cuestión de segundos.
Colombia posee, hay que decirlo, instituciones, cuerpos de socorro y comunidades con una importante cultura de atención a emergencias. Pero ninguna experiencia resulta definitiva: cada desastre obliga a revisar protocolos, actualizar mapas de riesgo y mejorar la coordinación entre gobiernos, científicos y sociedad. Venezuela, Chile, Ecuador, Perú, Panamá, Colombia y México deben compartir, entonces, conocimientos, tecnología, formación de rescatistas y sistemas de alerta. Porque la cooperación regional no puede comenzar después de una catástrofe; debe construirse antes de que ocurra.
Los terremotos, al final, no pueden predecirse con exactitud, pero sus consecuencias sí pueden reducirse. La naturaleza decide cuándo se mueve la tierra; nosotros decidimos qué tan preparados nos encuentra.
Hoy, pues, nuestra mirada está puesta en Colombia. Que cada persona rescatada sea una victoria de la humanidad. Que cada mano tendida recuerde que América Latina no es solamente una región unida por la geografía, la lengua y la historia, sino también por una fraternidad que se vuelve más visible en las horas difíciles.
Gabriel García Márquez soñó, al recibir el Premio Nobel, con "una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra". Esa segunda oportunidad es, también, lo que hoy le deseamos a Colombia: que sobre la misma tierra que la hirió, pueda volver a levantarse.
La tierra podrá estremecerse, pero no debe derrumbar nuestra esperanza.
Desde México decimos: fuerza, Colombia. En cada Topo, en cada rescatista y en cada gesto de ayuda viajará también el abrazo solidario del pueblo mexicano. Porque cuando una nación hermana sufre, la solidaridad no se anuncia: se organiza, se moviliza y llega.

