Entre laberintos, espejos y palabras eternas: Recordando al genio de Borges
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Publicado en Opinión

Entre laberintos, espejos y palabras eternas: Recordando al genio de Borges

Miércoles, 26 Agosto 2026 00:00 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Recientemente se cumplieron ciento veintisiete años del nacimiento de un hombre que, mucho antes de perder la vista por completo, ya había aprendido a ver de otro modo entre laberintos, espejos y palabras eternas.

Imaginemos la escena, porque merece ser imaginada con calma: Buenos Aires, 1955, los salones de la Biblioteca Nacional recién heredados de un poder que se derrumbaba, y un hombre alto, de gestos lentos, recorriendo con la mano los lomos de casi un millón de libros que ya no podía leer. Jorge Luis Borges, flamante director de la institución, se sabía dueño de un tesoro que la ceguera le impedía descifrar.

Lo dijo él mismo, con esa ironía serena que solo alcanzan quienes han hecho las paces con el dolor: "Dios, que con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche". No hay mejor puerta de entrada a su figura que esa paradoja, porque en ella cabe todo lo que Borges representó para las letras y, de manera menos evidente pero igual de honda, para la reflexión sobre la dignidad humana: un hombre que, privado de la luz, se convirtió en el guardián de la memoria escrita de un país, y que desde esa oscuridad construyó una obra donde la justicia, el poder y la libertad aparecen una y otra vez disfrazadas de laberinto, de espejo, de biblioteca infinita.

Conviene resistir la tentación de reducir a Borges a una estatua de mármol, a ese busto solemne que las efemérides suelen fabricar. Su vida, como la de cualquier ser humano complejo, estuvo atravesada por el poder político de su tiempo, y el modo en que ese poder lo tocó —a veces para humillarlo, a veces para consagrarlo— dice tanto sobre la Argentina y sobre América Latina del siglo veinte como cualquiera de sus cuentos.

Cuando Juan Domingo Perón llegó a la presidencia en 1946, Borges fue destituido de su modesto puesto como bibliotecario municipal. La burocracia, con esa crueldad que solo el poder autoritario sabe administrar con precisión quirúrgica, le ofreció entonces un cargo de "inspector de mercados de aves y conejos". Borges renunció de inmediato, pero no sin antes registrar el episodio con la fina sorna de quien convierte la afrenta en literatura, ya que entendió, dijo después, que se le castigaba por haber celebrado públicamente el triunfo de los Aliados sobre el fascismo. Detrás del chiste amargo hay una verdad que no debería sorprendernos y que, sin embargo, sigue sorprendiéndonos cada vez que se repite, y es que el poder que no tolera la disidencia rara vez ataca de frente. Prefiere el ridículo, la humillación administrativa, el traslado absurdo, porque sabe que degradar a una persona es más eficaz que silenciarla.

La familia Borges pagó ese año un precio más alto todavía. El 8 de septiembre de 1948, su hermana Norah participó en una manifestación en la calle Florida donde se cantó el Himno Nacional y se repartieron volantes de resistencia; fue detenida y enviada a la cárcel del Buen Pastor. Su madre, Leonor Acevedo, que entonces pasaba ya los setenta años, corrió una suerte apenas distinta: quedó bajo arresto domiciliario en el departamento familiar de la calle Maipú, con un policía apostado en la puerta durante semanas. Pensemos en esa imagen con la atención que merece: una mujer mayor, vigilada en su propia casa por haber cantado el himno de su país. Ahí, en esa escena doméstica y silenciosa, se condensa una lección que atraviesa la historia de nuestra región con una regularidad dolorosa.

Los autoritarismos, que nacen de lo opuesto a lo que encarna Borges, tienen una particularidad y es que, cuando se sienten amenazados, no distinguen entre el gesto político mayúsculo y el acto mínimo de dignidad ciudadana; todo lo interpretan como amenaza, y todo lo castigan con la misma vara. La dictadura no necesita que el disidente empuñe un arma, le basta con que cante, que escriba, que recuerde.

Por eso resulta significativo que, tras la caída de Perón en 1955, Borges haya sido designado director de la Biblioteca Nacional. Hay algo casi literario, casi diseñado por el propio destino borgeano, en que un hombre castigado por defender la libertad de pensamiento terminara al frente del edificio que atesora, precisamente, la memoria escrita de la nación.

Y hay algo más punzante todavía en que esa misma ceguera que lo privó de leer los libros que ahora custodiaba se haya convertido, en su literatura, en metáfora de un tipo de visión distinta: la que no depende de los ojos sino de la memoria, la imaginación y el lenguaje.

Sus laberintos —el jardín de senderos que se bifurcan, la biblioteca de Babel con sus galerías hexagonales que se repiten hasta el infinito— no son meros artificios de ingenio. Son figuras de un mundo donde la verdad se multiplica, donde ningún poder puede pretender poseer una sola versión legítima de los hechos, donde la certeza absoluta es, casi siempre, una forma de tiranía disfrazada de orden. En el cuento "Tlön, Uqbar, Orbis Tertius", Borges advierte sobre los espejos y la cópula porque "multiplican el número de los hombres"; pero también podríamos leer esa frase al revés, como una defensa de la pluralidad frente a cualquier régimen que aspire a reducir a los hombres a una sola voz, a un solo pensamiento autorizado.

Y, sin embargo —porque hablar de Borges con honestidad exige resistir tanto la demolición como la idolatría—, hay una zona de sombra en su biografía que no debe omitirse si queremos entender su figura desde la ética pública y no solo desde la admiración literaria.

En 1976, en plena dictadura de Augusto Pinochet, Borges viajó a Chile y aceptó ser recibido y condecorado por el propio Pinochet, en un gesto que muchos de sus contemporáneos y buena parte de la crítica posterior consideraron, en el mejor de los casos, una torpeza política, y, en el peor, una forma de legitimar a un régimen responsable de la desaparición y el asesinato de miles de personas. No es este el espacio para juzgar de manera sumaria una decisión tomada en circunstancias que el propio Borges explicó después, con matices, apelando a su viejo y visceral rechazo al peronismo y a cierta ingenuidad política que él mismo reconoció.

Pero sí es el espacio para señalar algo que nos concierne a todos los que alguna vez hemos admirado sin reservas a una figura pública: la genialidad artística no otorga inmunidad moral. Ningún talento, por deslumbrante que sea, exime a quien lo posee de la responsabilidad de mirar con claridad el sufrimiento ajeno cuando el poder lo produce a gran escala.

Borges, que había sufrido en carne propia y en la de su familia el abuso de un gobierno autoritario, no logró siempre extender esa misma lucidez hacia el sufrimiento provocado por otro autoritarismo, distinto en discurso, pero idéntico en método. Ahí radica, quizá, la lección más incómoda y más humana de toda su biografía: que ni siquiera quienes han sido víctimas están automáticamente vacunados contra la tentación de mirar hacia otro lado cuando el horror se presenta con un uniforme distinto al que ya conocen.

Esta tensión —entre el hombre que escribió contra el olvido y el hombre que, en un momento puntual, pareció no querer ver del todo— es, en el fondo, la misma tensión que atraviesa cualquier ejercicio serio de memoria histórica y de justicia.

Las sociedades que han atravesado el terrorismo de Estado lo saben bien: no se trata de recordarlo todo con precisión fotográfica, sino de construir un relato compartido, sostenido en la verdad y en el reconocimiento de las víctimas, que impida la repetición. La justicia transicional, ese conjunto de mecanismos que buscan reparar a las víctimas y esclarecer los hechos tras periodos de violencia institucional, no es sino un intento colectivo de evitar dos extremos igualmente peligrosos.

Hay, además, una imagen que conecta de manera casi literal el destino de Borges con el lenguaje jurídico que usamos para nombrar a la justicia. La representamos, desde hace siglos, con los ojos vendados, para simbolizar que no debe distinguir entre poderosos y débiles al momento de juzgar. Borges, en cambio, estaba ciego de verdad, no por elección simbólica sino por una enfermedad hereditaria que fue devorando su vista hasta la oscuridad casi total hacia mediados de los años cincuenta. Y, sin embargo, de esa ceguera extrajo una forma de percepción moral que muchos videntes jamás alcanzan: la capacidad de ver, en el lenguaje y en la memoria, aquello que los ojos por sí solos no bastan para comprender. Quizás ahí resida una enseñanza para quienes trabajamos, de un modo u otro, en la defensa de los derechos humanos: la justicia verdadera no depende solamente de mirar los hechos con los ojos, sino de escuchar con atención las voces que el poder ha querido silenciar, de leer entre líneas el sufrimiento que no siempre se declara a gritos, de imaginar —como Borges imaginaba sus bibliotecas infinitas— todas las versiones posibles de una historia antes de decidir cuál merece ser reparada.

La dignidad humana, ese concepto que tantas veces repetimos hasta vaciarlo de sentido, encuentra en la vida de Borges una ilustración precisa de lo que significa resistir a la degradación sin perder la elegancia del espíritu. Cuando el poder quiso convertirlo en inspector de gallineros, Borges no respondió con violencia ni con resentimiento estéril: respondió con la renuncia digna y, más tarde, con la literatura, que es la forma más duradera de la resistencia. Cuando su madre fue vigilada en su propia casa por cantar el himno, la familia no calló ni se rindió: siguió escribiendo, siguió leyendo, siguió existiendo con la cabeza en alto. Esa es, tal vez, la respuesta más elegante que se le puede dar a cualquier forma de autoritarismo: no dejar que el miedo administre la propia vida, y confiar en que las palabras, tarde o temprano, sobreviven a quienes intentan acallarlas.

Borges murió en Ginebra el 14 de junio de 1986, lejos de la patria que tantas veces lo había herido y tantas veces también lo había consagrado. Pidió ser enterrado allí, en esa ciudad de bibliotecas y de relojes precisos, como si hubiera elegido en su último gesto una geografía neutral, ajena a las disputas que marcaron su siglo. Pero sus palabras no se quedaron en Ginebra: siguen aquí, entre nosotros, recordándonos que "no nos une el amor sino el espanto" cuando hablamos de ciertos pasados que preferiríamos no compartir, y que, sin embargo, solo se conjuran nombrándolos con precisión y sin miedo.

Cuarenta años después de aquel viaje incómodo a Chile, ciento veintisiete años después de su nacimiento, la pregunta que nos deja Borges no es si merece ser admirado —lo merece, sin duda, como pocos escritores en lengua española—, sino si somos capaces de admirarlo sin dejar de exigirle, incluso desde la distancia de su ausencia, la misma lucidez moral que exigimos a cualquier ciudadano de a pie. Esa es, quizás, la forma más honesta de leerlo: no como un dios de mármol intocable, sino como un hombre que caminó, ciego y lúcido a la vez, entre laberintos que nunca terminó de descifrar del todo, dejándonos a nosotros, los que aún vemos, la tarea inconclusa de no repetir sus sombras mientras heredamos, con gratitud, toda su luz.

Al final, como escribió él mismo sobre otro asunto, quizás lo único cierto es esto: los tigres despedazan, los hombres olvidan, pero hay palabras que —como los espejos que tanto temía— se multiplican en cada lector y no mueren nunca. Esa es la eternidad modesta y suficiente que le fue dada a Borges: no la de los monumentos, sino la de quien, aun en la noche, sigue siendo leído.

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