Habría que empezar por señalar que los múltiples recortes presupuestales por parte del gobierno federal en el sexenio de Andrés López Obrador fueron brutales. Afectaron todas las áreas de la administración nacional. Pasando desde luego por los estados y municipios. Todo se vio afectado por una austeridad criminal impuesta desde lo más alto del poder.
Esos recortes deterioraron el buen funcionamiento de áreas indispensables y, en general, de todo el gobierno. La orden fue clara: reducir el gasto público de las dependencias, inventándose para ello un supuesto ahorro, lo que derivó en un subejercicio de los recursos que no fueron utilizados en el ejercicio fiscal correspondiente. Como consecuencia, ese subejercicio debió ser devuelto a la Secretaría de Hacienda, que puede redirigirlos a otros rubros. Y es en donde la “puerca torció el rabo”.
El impacto afectó al que siempre afectan esas terribles decisiones: al pueblo. No es casualidad que los problemas crecieron exponencialmente a raíz de ese salvaje recorte presupuestal que, a la fecha, persiste. Infraestructura, Seguridad, Salud, entre otras, abrieron enormes agujeros por donde se drenó su efectividad que, hasta la fecha, continúan sin reponerse. La paupérrima recuperación es evidente.
Esto ha obligado a la federación a buscar mecanismos de impacto que le auxilien a ocultar el tamaño del desastre.
En el intento por disfrazar las fallas que ellos mismos provocaron, los obligaron a buscar innumerables distractores. No obstante, el despojo de las herramientas básicas que debe recibir la sociedad para subsistir se ven sometidas a una anemia mortal. Por este motivo se ocupan en ocultarlo de diversas formas; principalmente en su programa televisivo de alcance nacional, en el que se trata de convencer al pueblo que las cosas han mejorado sustancialmente desde su llegada al poder.
Sin embargo, tan solo en el flagelo que representa la inseguridad, la autoridad no encuentra la forma como revertir la percepción social como lo presumen. Porque el sentir de los ciudadanos, a pesar de presentar estadísticas alentadoras de acuerdo a los números alegres que arrojan las consultas del INEGI, es de miedo.
El desplazamiento de comunidades enteras por el dominio de grupos delincuenciales es muestra de la ausencia del Estado. Pero también lo son los secuestros, las extorsiones, los asaltos, los homicidios, entre otros delitos. Y sobre todo, la impunidad, que obstruye cualquier buena acción en ese sentido.
La nueva forma de apagar o pretender apagar los incendios que dejó López Obrador no va encaminada a corregir lo que hizo mal, sino a intentar convencer al pueblo con discursos cada vez menos creíbles. Razón por la cual, surge otra gran idea: inventar una Ley bautizada como Ley de Derecho de las Audiencias para supuestamente proteger a la sociedad de contenido engañoso. En realidad, ésta busca acallar a los críticos.
Según afirma la mandataria Claudia Sheinbaum Pardo y todos en la 4T: los medios de comunicación atacan a su gobierno con mentiras por oscuras razones. Las cuales no debería haberlas, según asegura, porque su gobierno es totalmente “transparente”, para demostrarlo, incluso hasta firmó recientemente un decreto que lo garantiza. No obstante, continuará la reserva de información importante con el pretexto de ser por seguridad nacional; la contradicción cae por su propio peso.
Los intentos para enderezar el curso de la apreciación del pueblo han sido muchos, pero todos han sido a través de palabras que pretenden sustituir a los hechos, para convencerlo de estar en presencia de ese cambio tan prometido. Es por eso que impresentables personajes como Arturo Ávila, flamante diputado federal y vocero del partido en el poder; elocuente, en sus intervenciones televisivas o de radio, se lanza contra opositores al estilo clásico de su movimiento: insultando, ofendiendo, esgrimiendo mentira tras mentira en los debates en los que participa.
Ahora, después de los triunfos que presume el régimen, y que obtuvo gracias a sus mayorías tramposas en reformas y leyes sin oposición que les hiciera sombra, podría decirse que se preparan para enfrentar las elecciones del próximo año. Pero eso no puede ser, puesto que viven en campaña permanente. En todo caso, van en busca de ampliar su dominio.
La pregunta natural es: ¿qué van a ofrecer? A la vista de todos no hay mucho qué presumir. Sus grandes obras reportan serias insuficiencias, y no pueden despegar sin el apoyo del gobierno federal. Cada vez que anuncian con bombo y platillo increíbles inversiones, más tarde se descubre su verdadero alcance. De la misma forma que presumen nuevos empleos que, al final, no son de los que la gente desearía para tener seguridad; la mayoría de ellos son informales.
Todo se reduce al uso del programa televisivo mañanero mencionado, en el que se buscan culpables, se presumen logros que a la sociedad le cuesta trabajo verlos. Pero también se asegura un sistema de salud que no encuentran los usuarios. La seguridad dejó de existir hace tiempo en muchos lugares del territorio nacional, entre otros pendientes que el pueblo no percibe. Sin embargo, lo que más les reditúa al gobierno de la 4T definitivamente son los programas sociales.
Por lo que la oferta del sistema vuelve a apoyarse en una sola cosa: en la esperanza.

