Esta semana estuve dos veces en el “corazón” del poder. Primero en la Suprema Corte de Justicia de la Nación, con la ministra Yasmín Esquivel, junto a todo el Consejo Directivo de 50+1, que preside la diputada federal Mónica Álvarez Nemer. Después en el Senado de la República, en un conversatorio por los 73 años del reconocimiento del voto de las mujeres en México, organizado por la senadora Malú Micher.
En los dos lugares me pasó lo mismo: me quedé observando a las mujeres a mi alrededor. Empresarias, políticas, deportistas, activistas, funcionarias. Mujeres que admiro, con trayectorias extraordinarias.
Primero pensé: qué maravilla que estemos aquí.
Y casi enseguida me incomodó otra pregunta: ¿qué estamos haciendo con los espacios a los que llegamos? ¿Por qué tomamos la paridad como techo, si debería ser nuestro piso?
Razones para celebrar sobran. Tenemos una presidenta, la primera gobernadora del Estado de México, congresos paritarios y mujeres al frente de instituciones que durante décadas nos estuvieron negadas. Aunque, eso sí, todavía nos toca con más frecuencia cultura y turismo que finanzas o seguridad.
Pero me preocupa que, entre nombramientos, fotos y discursos, olvidemos algo básico: nuestros derechos no están a salvo solo porque llegamos.
Y no hablo de amenazas imaginarias.
En el conversatorio salió el caso de Hidalgo. Ahí, la ley vigente establece que la gubernatura de 2028 durará solo dos años. Justo la elección en la que, por las reglas de alternancia de género, podría llegar por primera vez una mujer al Ejecutivo estatal.
La razón oficial es homologar calendarios electorales. Puede ser. Pero hagamos la cuenta: después de décadas de gobernadores hombres, la primera mujer gobernaría apenas un tercio de un periodo ordinario. Lo que parece una decisión técnica y neutral puede tener efectos profundamente desiguales. Y eso merece discutirse con perspectiva de género.
Para eso sirve, o para eso debería de servir, estar dentro: para alzar la voz.
Las mujeres que ya llegaron tienen que abogar por más mujeres. Y si no están dispuestas, que dejen pasar a las que sí lo están, a las que sí queremos señalar cada intento de retroceso. Porque ser mujer no garantiza tener perspectiva de género.
Quiero pensar que ya enterramos a las “Juanitas”, las mujeres postuladas para cumplir cuotas y luego sustituidas por hombres. Cambiamos muchas reglas, eso es cierto, pero las estructuras de poder y los mecanismos patriarcales que las sostienen no desaparecen con una reforma constitucional. Solo cambian de forma.
Por eso, a 73 años de que se nos reconoció el derecho a votar, creo que la pregunta ya no es cuántas mujeres están llegando, sino qué decisiones están tomando, con qué autonomía y a favor de quién.
No se trata de que todas pensemos igual. Me encanta la diversidad política. Se trata de entender que llegar al poder implica una responsabilidad: defender, mantener las condiciones para que otras también lleguen, y transformar desde ahí la vida de millones de niñas, mujeres y poblaciones vulneradas.
Así que vuelvo a esos dos momentos de la semana. Por supuesto que me encanta vernos en lugares que antes eran impensables, pero no confundamos presencia con igualdad. La igualdad todavía hay que construirla.
Entonces, en esta conmemoración les dejo como sugerencia no solo recordar cómo conquistamos nuestros derechos, sino reconocer lo fácil que sería perderlos si dejamos de vigilarlos.

