Cambiar el final de la historia
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Publicado en Opinión

Cambiar el final de la historia

Jueves, 08 Octubre 2026 00:10 Escrito por 
Lo personal es político Lo personal es político Diana Velázquez

¡Qué gusto ser parte de un medio que admiro por su veracidad y valentía! Gracias, Diana Mancilla y Miriam Montiel, por su confianza y por permitirme hacer la única cosa que me gusta más que hablar: escribir.

He decidido escribir hoy porque estoy triste, y desde niña lo único que me ha salvado ha sido escribir.

Escribía a "dedazos" cuentos en una máquina de escribir; normalmente fábulas, historias de animales que encontraban felices soluciones a sus problemas, siempre acompañadas de una buena moraleja. Componía canciones dedicadas a mis juguetes que después interpretaba, obviamente con mucho sentimiento. Escribía también en mi diario, tradición que conservo desde los siete años y que me hace tener, religiosamente, una libretita y una pluma en mi mesa de noche que, invariablemente, viajan conmigo.

Escribir siempre me salvó. Me abstraía de la realidad y me llevaba a escenarios donde todo era posible y las historias tenían finales felices. Escribir me dio siempre esperanza.

Ojalá la vida adulta fuera así. Ojalá pudiéramos cambiar la realidad de un "plumazo", con la facilidad con la que cambiaba el destino de los personajes de mis fábulas.

Y es que me encantaría cambiar muchas realidades de mi país. Porque si bien llevo el orgullo mexicano, mexiquense y toluqueño hasta los huesos, no puedo quedarme ciega ante las desigualdades, las desapariciones, los feminicidios, las amenazas a los derechos humanos y el subsecuente resquebrajamiento social y político que vivimos. Tan solo entre enero y agosto de este año, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, 440 mujeres fueron víctimas de feminicidio y 988 más de homicidio doloso.

Nada de esto es nuevo. Mucho menos para mí, que desde 2011 tuve mis primeros encuentros con mujeres en situación de violencia y la agridulce responsabilidad de coordinar un refugio para ellas.

¿Saben lo que sí es nuevo? El desdén con el que últimamente escucho hablar de estas causas, incluso entre personas cercanas.

"Eso es de viejas, Diana, sinceramente no me importa, pero vende", me dijo sonriente un amigo consultor; "tú ya te volviste loca con eso de las mujeres, ya todo lo ves mal", me dijo un familiar después de que le señalé un comentario profundamente machista; "mejor arriesgarnos a pagar la multa, tenemos prioridades", escuché en una conversación empresarial.

"Le pido, maestra, que no toque temas polémicos", me dijo quien me había contratado para hablar de derechos humanos, después de que mencioné que las personas de la diversidad sexual también son sujetas de derechos. Poco después, mi contrato terminó anticipadamente, aludiendo a otras razones.

"Da miedo salir con una mujer como tú, qué tal que te abrazo y me demandas", me dijo otro hombre entre risas. Risas solo de él, por supuesto.

Y así, poco a poco, estas últimas semanas me fui poniendo triste. Me preguntaba si lo que he hecho durante tantos años, aquello a lo que hoy dedico mis días, realmente ha tenido eco. Si vale la pena. Porque este camino a veces se siente bastante desolador, frustrante y solitario.

Pero más que las diferencias de opinión, me entristece nuestra creciente incapacidad de escucharnos. Pareciera que basta mencionar la palabra feminismo para que algunas personas dejen de prestar atención. Como si defender los derechos de las mujeres significara estar en contra de los hombres. Como si la igualdad fuera una competencia en la que alguien necesariamente tiene que perder.

Y no. Yo también quiero una sociedad donde los hombres puedan expresar sus emociones sin ser juzgados, ejercer plenamente su paternidad y vivir sin las exigencias de una masculinidad que tantas veces les obliga a ser fuertes, proveedores e invulnerables.

También escucho que ya no hay razones para seguir luchando, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos y deberíamos dejar de quejarnos. ¿De verdad hemos llegado tan lejos? ¿O simplemente nos hemos cansado de escuchar aquello que nos incomoda? Porque, sí, todos vivimos el mismo país, ¿cierto?

Y es que una cosa es reconocer derechos en las leyes y otra garantizarlos en la vida cotidiana. Una cosa es hablar de igualdad frente a las cámaras y otra defenderla cuando resulta incómoda, impopular o poco rentable. Aquí es cuando veo que muchos y muchas dejan súbitamente de ser hombres "aliados" o mujeres "sororas", cuando se quitan sus listoncitos y corbatas anaranjadas. Y les entiendo, vivo casi a diario el rechazo que representa hablar de esto en voz alta. La congruencia sale cara.

Y honestamente no pretendo que pensemos igual. Me parecería incluso peligroso aspirar a eso. Quiero que volvamos a escucharnos, a disentir sin descalificarnos, a cuestionar nuestras propias certezas. Que entendamos que los derechos humanos no dependen de nuestras simpatías ni de nuestras diferencias ideológicas.

Quizá por eso también escribo hoy. Para saber si allá afuera, entre lectoras y lectores, encuentro eco, compañía. Quiero saber si somos más quienes no queremos ver contrincantes entre hombres y mujeres, en todas sus versiones. Deseo profundamente sentir que podemos construir una sociedad más justa, libre, sin necesidad de estar de acuerdo en todo. Sin necesidad de aplastar al otro, entendiendo que en esa "otredad" nos encontramos todos y todas; me encuentro también yo.

Tal vez de eso se trata esta columna: de reconocerme en quien me lee. Y miren, sin darme cuenta, escribir ya me está salvando otra vez, "teclazo" a "teclazo".

Les espero cada semana para conversar, disentir, incomodarnos y, con suerte, entendernos un poco mejor.

Porque sigo creyendo en las fábulas. Y estoy convencida de que podemos cambiar, quizá no de un “plumazo”, pero sí que podemos cambiar el final de esta historia.

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