Polotitlán / Estado de México
Entrevista exclusiva para DigitalMex
El 21 de julio, el Marina Bay Sands volvió a llenarse. Bajo las mismas luces donde días antes más de dos mil estudiantes habían competido en silencio, ahora se escuchaban nombres en varios idiomas a la vez. Rodrigo Bravo Bravo, de 18 años, esperaba entre la delegación mexicana sin permitirse imaginar nada. Cuando escuchó el suyo, necesitó unos segundos para entender que hablaban de él.
"Fue casi no creerlo. Saber que había logrado eso fue algo increíble y tuve que asimilarlo primero.", narró para DigitalMex.
Había obtenido la Medalla de Plata en la categoría G12 del Singapore International Math Olympiad Challenge (SIMOC) 2026, además de una Mención Honorífica. No levantó los brazos ni buscó cámaras. Sonrió, sostuvo la bandera de México y dejó que la medalla, apenas, le rozara el pecho.

El certificado oficial acredita la obtención de la medalla de plata en la categoría G12 del SIMOC 2026.

Rodrigo también recibió una Mención Honorífica por su destacada participación en el Singapore International Math Olympiad Challenge.

Además de la medalla de plata, el estudiante mexiquense recibió una Mención Honorífica, reconocimiento que coronó su participación en Singapur.
Detrás de esa fotografía sencilla hay un camino que no empezó en Singapur, sino mucho antes, en un salón de la Preparatoria Oficial No. 20 de Polotitlán, Estado de México: el lugar al que Rodrigo, durante toda la entrevista, no dejó de referirse como aquel al que le debe todo.
Un gusto que nadie le enseñó
Rodrigo no recuerda el día en que las matemáticas empezaron a gustarle. Solo sabe que fue muy pronto, desde la primaria, y que, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, nunca las vivió como una materia que hay que sobrevivir.
"Desde que iba en la primaria recuerdo tener gusto por las matemáticas y todo ese tipo de ciencias."
Esa curiosidad no se apagaba cuando sonaba la campana. Pedía libros a sus padres, buscaba en internet temas que no venían en el programa oficial, avanzaba solo hacia preguntas que la escuela todavía no le hacía.
"Empecé a ser bastante autodidacta. Pedía libros a mis papás o buscaba en internet, por mi cuenta, temas que me parecían interesantes y que a lo mejor no se llegaban a tomar en la escuela."
Fue su madre quien primero lo notó: cada vez necesitaba menos ayuda con la tarea.
"Tal vez mi mamá fue la primera que se dio cuenta. Desde que era muy pequeño veía que no necesitaba ayudarme tanto con las tareas y notó que destacaba un poco sobre los demás."
Rodrigo nació en Ixmiquilpan, Hidalgo, pero ha vivido en Polotitlán desde hace más de una década. Ahí cursó la primaria, la secundaria y la Preparatoria Oficial No. 20, donde su facilidad para los números terminó por llamar la atención de quien, sin saberlo, cambiaría su historia: su maestra de Matemáticas.
La invitación que abrió una puerta
Todo comenzó con una propuesta simple: participar en la fase clasificatoria de la zona norte del Estado de México. Rodrigo aceptó porque le gustan los retos, no porque imaginara a dónde lo llevaría.
Quedó en primer lugar de su zona. Ese resultado le dio acceso al examen de la Singapore and Asian Schools Math Olympiad (SASMO), que presentó desde México, en la categoría G12, la más alta, correspondiente al último grado de preparatoria. Semanas después llegaron los resultados: Medalla de Bronce.
Ese bronce no cerraba nada. Abría la invitación oficial al Singapore International Math Olympiad Challenge (SIMOC), el certamen que reuniría, meses más tarde, a algunos de los mejores jóvenes matemáticos del planeta.
Las matemáticas que la escuela no enseña
Lo más difícil no fue memorizar más fórmulas. Fue descubrir que existía otro tipo de matemáticas, una que no aparece en ningún libro de texto de preparatoria.
"Lo más difícil fue ver las matemáticas que no se enseñan en la escuela. Son bastante diferentes a lo que normalmente se aprende. Es algo que tuve que estudiar por mi cuenta porque es más extracurricular."
Mientras en la preparatoria seguía el programa oficial, por las tardes se enfrentaba a otro tipo de ejercicios: lógica, creatividad, problemas sin procedimiento fijo. Para guiarlo en ese terreno contó con el profesor particular Leopoldo Mendoza Flores, docente jubilado de Polotitlán, a quien menciona con una gratitud que no necesita adjetivos.
Nunca pensó en abandonar, ni siquiera cuando el nivel lo rebasaba.
"Nunca llegué a pensar en dejarlo. Siempre traté de demostrar que sí se puede destacar, aunque no se venga de una base o un apoyo muy fuerte. Siempre me han gustado los retos, y me apasiona enfrentarme a ellos a pesar de la dificultad."
Viajar tampoco fue sencillo. El Gobierno del Estado de México aportó 30 mil pesos para el viaje; solo el boleto de avión costó alrededor de 35 mil. El hospedaje y el resto de los gastos corrieron por cuenta de la familia, que decidió asumirlos sin quejarse, como si el dinero nunca hubiera sido lo importante.
Fue la primera vez que Rodrigo salió de México. No viajó solo: su padre lo acompañó todo el trayecto.
Un pueblo de dos mil 287 competidores
Singapur lo recibió con algo que nunca había visto: calles impecables, un sistema de transporte que parecía funcionar con precisión matemática, una sensación de orden distinta a todo lo conocido.
"Lo que más me sorprendió fue su cultura. Son muy limpias las calles, hay mucha seguridad, todo está muy avanzado y las personas son muy amables."

El SIMOC 2026 se realizó en el Marina Bay Sands, complejo hotelero considerado uno de los símbolos de Singapur y punto de encuentro de eventos internacionales de talla mundial.
Llegó el 16 de julio. Tuvo dos días para aclimatarse antes de que, el 18, comenzara lo que había venido a hacer: el examen, en el Marina Bay Sands, uno de los edificios más reconocibles de la ciudad. SIMOC 2026 reunió ese año a 2 mil 287 estudiantes de alrededor de 40 países. México llegó con una delegación de 235 jóvenes provenientes de 18 estados: su octava participación en el certamen.
"Fue una experiencia muy extraordinaria conocer gente de tantos países que compartía el mismo gusto que yo por las matemáticas."
Rodrigo compitió en la categoría G12, la más alta, junto a jóvenes de Asia, Europa y América. El tamaño del salón imponía, pero cuando se sentó frente al examen no sintió miedo.
"Fue algo muy increíble ver tanta gente, tantos jóvenes reunidos de diferentes países, conocer incluso lugares que ni siquiera sabía que existían. Fue muy emocionante."
Durante el examen desapareció todo lo demás. No eran ejercicios escolares, sino problemas diseñados para poner a prueba la lógica y la creatividad: exactamente el tipo de matemáticas que había aprendido, meses atrás, por su cuenta.

Durante la competencia, Rodrigo enfrentó problemas de lógica y razonamiento matemático muy distintos a los que se enseñan habitualmente en las aulas mexicanas.
Terminado el examen no quedaba más que esperar. Los días siguientes los usó para conocer la ciudad, aunque, como cualquier competidor, seguía repasando mentalmente cada respuesta.
El primer mensaje no fue para las redes sociales
Cuando por fin escuchó su nombre esa tarde del 21 de julio, la escena con la que abre este reportaje, no hubo gritos ni celebración inmediata. Antes de publicar la fotografía, antes de revisar los mensajes que ya le llegaban, Rodrigo pensó en quién lo había llevado hasta ahí.
El primero en recibir la imagen de la medalla fue Leopoldo Mendoza Flores, el profesor jubilado que lo preparó durante meses. Después llamó a su familia: su madre, desde México; su padre, que había hecho el viaje a su lado, lo celebró de cerca.

Rodrigo compartió este logro con su padre, quien lo acompañó durante el viaje a Singapur y ha sido uno de los principales impulsores de su desarrollo académico.
Más que una medalla
Cuando le pregunté qué había significado representar a México, Rodrigo dejó de hablar del resultado y empezó a hablar del orgullo.
"Es muy emocionante poder representar a México, al Estado y al municipio donde he vivido durante tantos años. Poder llegar tan lejos era casi un sueño."
Volvió a mencionar Polotitlán, no para hablar de sus límites, sino para agradecerle.
"Es un lugar al que le tengo mucho cariño. Poder representarlo al otro lado del mundo fue algo muy increíble."

Vestido con un traje de charro en representación de México, Rodrigo subió al escenario del SIMOC 2026 durante la ceremonia de premiación en Singapur.
El siguiente reto ya no está en Singapur
Rodrigo concluyó sus estudios en la Preparatoria Oficial No. 20 de Polotitlán y está listo para estudiar Ingeniería Aeroespacial en la UNAM, campus Juriquilla. Lo dice con la misma tranquilidad con la que habló durante toda la entrevista, como quien simplemente continúa un camino que ya conocía.
"Siempre me han gustado tanto los aviones como todo el mundo del espacio. Es una carrera que combina mi gusto por las matemáticas, la física y la tecnología. Siento que ahí puedo aplicar todo lo que me gusta."
Sabe que en México ese campo apenas empieza a construirse. No lo ve como un obstáculo, sino como un lugar donde puede aportar algo.
"Es una carrera que en México no está muy desarrollada ni muy conocida, y también me gustaría ayudar a hacer crecer todo este sector aquí."
"Me gustaría poder diseñar satélites o trabajar en alguna agencia espacial. Sé que es algo difícil, pero quiero esforzarme para llegar a trabajar en proyectos de ese tipo."
Las matemáticas, vistas desde otro punto
Hubo una frase que resumió, mejor que cualquier otra, la forma en que Rodrigo entiende esta disciplina. No la llama materia. La llama universo.
"Las matemáticas son todo un mundo muy hermoso. No hay que verlas solamente como una materia para aprobar o pasar; hay que ir más allá y descubrir todo ese mundo."
"La constancia y la disciplina siempre van a ser la clave para lograr cualquier objetivo."
El consejo que le daría al niño que fue
Antes de despedirnos le hice una última pregunta: ¿qué le diría hoy al Rodrigo de diez años?
Hubo un silencio breve. Después respondió sin titubear.
"Le diría que se esfuerce mucho por sus sueños y que no deje de soñar. A veces nos dicen que nuestros sueños son muy grandes o nos desilusionan un poco, pero le diría que siga soñando y que se esfuerce mucho por ellos."
En México solemos conocer a nuestros científicos cuando ya trabajan en un laboratorio o suben a un podio. Rara vez conocemos el principio. La historia de Rodrigo Bravo Bravo es ese principio: un pueblo del norte del Estado de México, una maestra que se acercó a hacerle una propuesta, un profesor jubilado que decidió seguir enseñando, unos padres que decidieron que el dinero no sería el obstáculo, y un adolescente que nunca cerró el cuaderno cuando sonaba la campana.
Muy pronto cambiará, por fin, las aulas de Polotitlán por los laboratorios de Juriquilla. No habla de fama ni de dinero: habla de construir, en México, un sector que apenas empieza a despegar.
Cuando se despidió de esta entrevista no habló de medallas, sino de constancia. De disciplina. De seguir soñando. Y ahí, más que en Singapur, está el verdadero triunfo de Rodrigo Bravo Bravo: haber entendido, a los 18 años, que el talento no es un punto de llegada, sino apenas el primer paso de un camino mucho más largo.

Minutos después de la ceremonia de premiación en Singapur, Rodrigo posó junto a su padre, quien lo acompañó durante todo el viaje y ha sido uno de los principales impulsores de su desarrollo académico.

