Un mexicano no dice…

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Un mexicano no dice…

Miércoles, 31 Octubre 2018 00:11 Escrito por 
Un mexicano no dice… Matices

Hace unos días me encontré una imagen en redes sociales que decía: “Un mexicano no dice falleció, un mexicano dice…”. 

Puse la imagen con esa frase en mi Facebook, y las respuestas no se hicieron esperar: Un mexicano dice: se lo cargó, se petatió, estiró la pata, colgó los tenis, chupó faros, ya bailó… fueron algunas de las memorables frases que mis contactos compartieron.

No hubo necesidad de decir más, quienes somos mexicanos sabemos que en estos días expresamos de manera peculiar nuestra relación con la muerte. Octavio Paz decía que “para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente.”

De ninguna manera significa que la muerte no nos duela, más aún cuando se trata de un ser querido. La muerte nos conmueve, nos parte el alma, nos arruga el corazón ¡Por supuesto! Pero nuestra relación con La Muerte –así en general y con mayúscula– es única, no se puede explicar, sólo se puede sentir. Esta relación da cuenta del sincretismo que da identidad, sabor, color y magia a la tradición más mexicana que tenemos: la de celebrar La Muerte y recordar a nuestros muertos, porque todos tenemos muertos que nunca morirán del todo, en la medida en que seamos capaces de recordarlos.

Bajo la creencia de que hay vida después de la muerte, decimos que cuando alguien muere “pasó a mejor vida”. Bajo la memoria del México revolucionario –en el que se le cumplía un último deseo a la persona que sería fusilada– decimos “chupo faros”, haciendo referencia a quienes solicitaban como último deseo fumar un cigarro, y se les daba uno de esa tradicional marca. Para referir a quienes por diversas circunstancias o creencias sepultan a sus muertos envueltos en un petate, decimos “se petateó”.

Podríamos seguir tratando de encontrar una respuesta a todas esas maneras de aludir a la muerte, lo que culturalmente nunca dejaremos de hacer es dejar de sorprender al mundo con nuestra peculiar manera de relacionarnos con la muerte, tan rica y variada, tan solemne y tan festiva al mismo tiempo. Es una forma de venerarla y de respetarla, de festejarla y de tenerla siempre presente.

Del mundo prehispánico heredamos la creencia de que la muerte no es un premio ni un castigo, sino un destino, al cual todos vamos a llegar. El viaje al Mictlán es el viaje que todos quisiéramos hacer, porque es el destino de quienes mueren de muerte natural. Escribo con la certeza de que mi abuela paterna está en Omeyocan, porque murió en el parto y ahí solo pueden llegar los hombres que mueren en la guerra y las mujeres que mueren en el parto. Tlalocan es un sitio destinado para la muerte relacionada con el agua y ahí los niños tenían su lugar especial, llamado Chichihuacuauhco.

Durante la Colonia –como parte del proceso evangelizador– se incorporaron a esta tradición elementos propios del catolicismo como son los Santos y los Fieles Difuntos. El destino se convirtió entonces en una cuestión moral, ligado a nuestro comportamiento, depende el lugar a donde podemos llegar una vez que hayamos muerto: el cielo o el infierno. Al ritual se suman flores, azúcar, oraciones y procesiones.

En la actualidad, la celebración del Día de Muertos designa el día 28 de octubre para quienes murieron de manera violenta; el 30 y 31 para los que murieron sin haber sido bautizados; y el 1 y de 2 de noviembre, es señalado por la Iglesia Católica para celebrar a todos los “Santos” y todos los “Fieles Difuntos”.

Escribo en el corazón de esta celebración, con la vista inundada de flores de cempasúchil, altares, ofrendas; escucho además del tañido de las campanas y la algarabía de la gente, los acordes del piano y la guitarra, con la acústica maravillosa de la iglesia que ha abierto sus puertas para un maravilloso concierto con el que empezamos a conmemorar la llegada de las ánimas, cada una sabe cuál es su momento, incluso las que no pueden venir porque se han ido hace menos de un mes y no tienen permiso para celebrar con los suyos, que son tan nuestros.

Quizá los ciudadanos del mundo nos miran con el rabillo del ojo, extrañados y estupefactos ¡Celebrar la muerte, tienen que estar locos! No, para nosotros en México la muerte es una cosa seria, tan seria que es preciso celebrarla, por todo lo alto: Conmemorar la muerte es celebrar la vida.

PD. Una mexicana, esta mexicana, también dice: Yo también me acuerdo de cuando lo conocí, tanto como del día en que partió. Me acuerdo de su último suspiro, tanto como de la tranquilidad de su rostro. Me acuerdo de su fuerza, de su lucha, de su sentido del humor, de su estilo, de su entereza. Me acuerdo siempre y me acuerdo tanto…

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Ivett Tinoco García

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