Matices... Estambul

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Matices... Estambul

Miércoles, 24 Enero 2018 00:12 Escrito por 

Hay días que le pertenecen a uno mismo, porque se han vivido de tal forma que pareciera que se los hubieras robado al tiempo. Sucede así cada tanto, pero un poco más cuando se percibe de cerca magia como la que emite Estambul, antes conocida como Bizancio o Constantinopla; también como Tsarigrad y Miklagard, una única ciudad y múltiples formas de nombrarla.

Estambul se puede nombrar también a partir de los múltiples matices de piel que ahí conviven. Colores, de todos los colores; olores, de todos los olores; sabores, de todos los sabores. Todas las ciudades tienen algo de belleza, pero Estambul tiene un poquito de todas las bellezas de todas las ciudades, de todos los tiempos, de todos los mundos.

Durante el recorrido por el Bósforo, se aprecia en toda su magnitud el puente de Atatürk, el cuarto más grande Europa y el séptimo del mundo. En la parte más estrecha del río, uno puede admirar la quietud de las simplégades, rocas flotantes que chocan entre sí y que –gracias a la labor de los argonautas– hoy podemos cruzar, sin temor a ser aplastados.

En esta ciudad intercontinental uno se siente un poco Sherezade con sus propias mil y una noches; por sus calles es común encontrar alfombras mágicas y una que otra lámpara maravillosa. Me acerco en silencio, la froto y pido a Aladino tres deseos: liras suficientes para llevarme todo cuanto hay aquí, astucia para librarme de Alí-Babá y los 40 ladrones, el tercero –y el más importante– tiene que ver con unos ojos brujos, pero para que se cumpla no se debe decir, así me lo aseguró el genio al oído.

Si uno quiere entender lo que es la verdadera opulencia, entonces debe recorrer el palacio de Dolmabahçe, la más espléndida residencia de los sultanes otomanos, habitada hasta 1949. Aquí y sólo aquí, el tiempo se detenía en punto de las 9:08, hora en que Sultán solía salir a dar un paseo por sus jardines. Uno que otro sultán de nuestros imperios cercanos (así con minúscula) lo ha intentado, siempre con ridículas consecuencias, se dice…

En esa opulenta morada, el actual primer ministro Turco tiene derecho de hacer dos reuniones al año, ahí los selectos invitados pueden apreciar una cúpula que requirió más de 14 toneladas de oro para ser decorada, escaleras hechas con cristal de Baccarat, marquetería tallada a mano, alfombras Hereke, esmeraldas, rubíes, plata, ópalo, caoba y porcelana, materiales que forman parte de la decoración de los más de 14 mil metros cuadros de construcción que tiene este palacio, hoy convertido en museo.

Antes de que construyeran el Palacio de Dolmabahçe, la familia real vivía en el Palacio de Topkapi, cuya extensión es la mitad del principado del Mónaco y dos veces la del Vaticano. Sus vistas son espectaculares, uno no sabe si tirarse en medio de los jardines, contemplar el mar, adentrarse en sus muros para quedarse paralizado y contemplar el arca de la alianza o respirar profundo para cruzar la puerta de la felicidad, haciendo ese ritual una y otra vez para hacerse un “guardadito”.

Se pueden ver tinajas de cristal de roca, un trono ceremonial de oro, una cuna del mismo material, reliquias sagradas, vajillas de porcelana china, traídas exclusivamente para el servicio del Sultán. Aquí también se encuentra el diamante chucharero, el tercero más grande del mundo.
En medio de uno de sus patios conocí a Asel Bolotbek, una joven y hermosa mujer de Kyrgyzistan, acompañada de su madre. Asel llevaba un hermoso adorno en su larga y abundante trenza. Me dijo que es un Asik, lo hacen las mujeres de su país mientras rezan. Mi sorpresa fue total cuando Asel decidió regalármelo, y mientras me lo colocaba rezó por mí, por Ximena, por mi familia y por la felicidad.

Entré a varias mezquitas, adquirí cierta destreza en quitarme los zapatos, colocarme la frazada en la cabeza y buscar el lugar destinado a las mujeres. Ninguna como la Mezquita Azul, de una majestuosidad acentuada por los más de 21 mil mosaicos azules que decoran su interior. Durante el servicio no se puede entrar ni salir y los hombres antes de ingresar hacen el Wudu (lavado de pies, en señal de purificación, antes de empezar la oración).

Como dice Petros Márkaris, por más que uno intente fijar la mirada en lo bajo y terrenal, Santa Sofía insiste en deslizarte hacia lo alto, hacia las columnas, las galerías del gineceo, las cúpulas y las ventanas que, selectivamente, iluminan el pórtico con algunas pinceladas de claroscuro. Todo lo hermoso del majestuoso templos e encuentra en lo alto y hay que levantar la cabeza para admirarlo. Es la primera construcción con base cuadrada y la cuarta iglesia con una área cubierta más grande del mundo. Aquí se respira la esencia del Islam y e la Cristiandad, juntos, al unísono.

No se qué recordaré más cuando vuelva a México Santa Sofía, el Bósforo o los olores de Estambul. Conmigo se va la intensidad de los tulipanes amarillos que decoran la ciudad; el sabor de su cocina y del Lokum como le llaman a su dulce típico, hecho de avellana, almendra y pistache. Necesitaré tiempo para recorrer el museo arqueológico de Estambul, en donde se encuentra el primer poema de amor, escrito en 2025 A.C. y el Tratado de Kadesh conocido como el primer acuerdo de paz que tenga registro la historia.

Regresaré a este país entre dos continentes: Europa y Asia; donde confluyen el mar Negro, el Mediterráneo y el Egeo; donde se sincretizan las culturas, donde cohabitan turcos, griegos, armenios, musulmanes y judíos. Queda pendiente visitar Ankara su capital, Capadoccia e Iskenderun, allá donde se realizan sueños y se crean sensaciones que (me) producen emociones.

 

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Ivett Tinoco García

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