Para muchas personas, la jornada laboral dura ocho horas, pero para otras, el verdadero cansancio empieza cuando llegan a casa.
El reloj marca la salida, las oficinas y empresas se vacían, parece que el día terminó; sin embargo, para millones de mujeres, apenas comienza el segundo turno: preparar la comida, revisar tareas, organizar la semana, recordar citas médicas, limpiar, lavar, planear qué falta del súper y resolver todo lo que mantiene en pie a un hogar. Y lo más sorprendente es que ese trabajo, aunque indispensable, sigue siendo invisible.
A eso se le llama “doble jornada” y no se trata solo de hacer quehaceres; se trata de administrar una casa: coordinar tiempos, anticipar necesidades, cuidar personas, sostener emocionalmente a la familia. Esta actividad no aparece en contratos, no genera salario, no da vacaciones, pero sin ese esfuerzo cotidiano, la sociedad simplemente no funcionaría.
En muchas partes del mundo y en México, el cuidado del hogar es una responsabilidad que históricamente ha recaído sobre las mujeres, quienes, según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024, dedican en promedio 21.5 horas más a la semana que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Es decir, muchas mujeres trabajan el equivalente a dos empleos: uno pagado y otro que nadie paga.
Entonces surge la pregunta: ¿en qué momento aceptamos que descansar sea un privilegio? ¿Cuándo normalizamos que alguien tenga que multiplicarse todos los días para cumplir con todo?
El problema no es menor. El trabajo doméstico y de cuidados constante, sin pausas ni reconocimiento, está afectando la salud física y mental de quienes lo realizan. A diferencia del empleo formal, aquí no hay fines de semana, vacaciones ni días festivos. El cansancio se acumula y el cuerpo, tarde o temprano, pasa la factura.
Dormir bien, hacer ejercicio o acudir a revisiones médicas se vuelve un lujo cuando siempre hay algo pendiente en casa. Esta realidad refleja un modelo injusto: se espera que las mujeres rindan al máximo en su empleo como si no tuvieran familia y que cuiden a su familia como si no tuvieran empleo.
Debemos hablar cada vez más de la “economía del cuidado”, reconocer que el hogar no es solo un asunto privado, sino la base que sostiene la productividad, la educación y la estabilidad social.
Por eso, el reto no es que las mujeres se organicen mejor ni que los hombres “ayuden” en casa, como si fueran invitados. El cuidado de hijos, personas mayores o personas con discapacidad no es una obligación natural de las mujeres; es una responsabilidad compartida y también un compromiso social.
El Estado tiene un papel central en este cambio. Las políticas públicas pueden ayudar a romper estereotipos y equilibrar cargas. En México, por ejemplo, existen licencias de paternidad para hombres que tienen hijos por nacimiento o adopción; aunque aún son cortas, representan un avance simbólico importante: reconocen que el cuidado también es tarea de los padres.
La reducción de la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales, de la que ya hemos hablado en este espacio, también apunta en esa dirección. Menos horas de trabajo pueden significar más tiempo para descansar y para compartir responsabilidades en casa.
El teletrabajo también es otra herramienta útil: permite mayor flexibilidad y facilita que tanto hombres como mujeres participen activamente en las tareas del hogar. Pero la tecnología por sí sola no resuelve el problema si no cambia la mentalidad.
Reconocer la doble jornada es el primer paso para transformarla. No se trata de enfrentar a hombres y mujeres, sino de construir acuerdos más justos. Se trata de valorar el tiempo, la energía y el esfuerzo que implica cuidar.
Una sociedad verdaderamente justa es aquella donde nadie vive con cargas invisibles ni sacrificios desproporcionados; donde el descanso no es un privilegio, sino un derecho; donde el trabajo del hogar se reconoce, se comparte y se respeta.
Porque cuando el cuidado se reparte de manera equitativa, no solo ganan las mujeres, gana toda la sociedad.
En colaboración con Ivette Flores Noguez.

