La política exterior mexicana se ha visto en la necesidad de recular en varias ocasiones, no precisamente por iniciativa propia; la defensa a ultranza de la soberanía se convierte tan solo en un ardid utilizado para encubrir lo que ha estado pasando con las decisiones “soberanas” de México.
Los episodios se repiten y se forman uno tras otro; no existe, por el momento, una forma correcta de evitar la exposición a las condiciones en las que ha tenido que sortear la dinámica impuesta hasta este momento y desde que volvió a la Oficina Oval el presidente estadounidense Donald Trump.
Para nadie puede ser ya una sorpresa que el magnate se encuentra decidido a transformar la configuración de la política internacional. El Trump recargado volvió con la determinación de darle a su país la hegemonía que, presume, perdió por determinaciones erróneas de políticas manejadas en el Capitolio, principalmente por su antecesor Joe Biden.
La dinámica en las reglas del juego mundial ha sufrido un cambio radical; las potencias como China, y aún todavía Rusia, observan y estudian la forma en la que deberán hacer frente a la disposición de la nueva política manejada desde Estados Unidos.
El presidente Trump apuntala, desde su particular punto de vista, a un continente americano necesariamente aliado y ajustado a las necesidades de su país. Cualquiera que lleve la contra a tal visión tendrá que recordar lo ocurrido recientemente en Venezuela con el expresidente Nicolás Maduro. Quien no quiera ver o se resista a hacerlo pagará las consecuencias de tal pecado.
Por esa razón, el presidente Gustavo Petro, de Colombia, ya tuvo un acercamiento ineludible con aquél. En Venezuela, la encargada, y nada alejada del pecado original que promovió Maduro y antes Hugo Chávez, puede salir a presumir una defensa de su país a sus conciudadanos, pero el mundo sabe, sobre todo el continente americano, que no es ella la que manda. Cuba y Nicaragua intentan protegerse ante lo que cada día parece más inminente.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo no cambia mucho; habla con su electorado tratando de convencer sobre su postura, apareciendo como defensora de la soberanía y alejada de una orden proveniente del norte. Podrá decir, sin embargo, mil veces que México está en la posición de colaborar, no de someterse al tío Sam, pero los hechos muestran otra cosa.
Independientemente de ideologías rancias, la política internacional mexicana debería avanzar con cautela e inteligencia. La dependencia con EE. UU. en el marco comercial es vital para las finanzas nacionales. Materialmente, el país está ligado al vecino, por encima de los más de tres mil kilómetros de frontera y los aproximadamente 40 millones de mexicanos que viven de aquél lado.
El asedio al que se ha visto inmerso nuestro país es demasiado obvio como para intentar disimularlo. ¿El motivo, o “pretexto”?: el crimen organizado. Los continuos señalamientos de que México no hace lo suficiente por detener el tráfico de fentanilo hacia tierras del norte, a pesar del desmantelamiento de varios laboratorios y la importante cantidad de criminales que han sido obsequiados por medio de misteriosas normas legaloides que no han quedado claras, no parecen ser suficientes.
La expulsión de 92 delincuentes mexicanos a EE. UU. presumiría ser suficiente; no lo es, además de que está apoyada en oscuras herramientas para hacerlo. El gobierno evita dar explicación alguna del fundamento legal utilizado y nadie sale a dar explicaciones. Pero tampoco la administración federal cree que necesite darlas. Mientras mantenga la presidenta un nivel de aceptación ciudadana manejable para seguir ignorando al resto, a pesar de todo, no habrá explicación alguna.
Más bien, parece que los ciudadanos mexicanos deben ser tratados como niños de pecho, a los que no se les tiene que enterar de cosas que aún no pueden digerir ni entender. La mayoría de los episodios en los que se involucra a la nación azteca con el país vecino no se saben. De hecho, es más fácil enterarse a través de los medios de comunicación norteamericanos.
Sin embargo, en México, ante el acoso brutal que ejerce la autoridad a través de los órganos de investigación —fiscalía, SAT, etcétera—, pedir a los ciudadanos entonar el Himno Nacional para envolverse en la bandera y defender a la patria en contra de un extraño enemigo es utilizar el chantaje patriótico.
Independientemente de romanticismos absurdos, el verdadero objetivo tiene que pasar por una posición definitiva de frialdad y medición pragmática, a pesar de ser poco común por la ideología que se maneja en estos tiempos en la nación azteca; no hay de otra. O se descubre una respuesta analítica y positiva para tomar las cosas como se presentan y sacar provecho de la cercanía territorial con la potencia, o se decide correr el riesgo de encapricharse en defender la postura trasnochada que tiene su origen en Tabasco.
Se quiera reconocer o no, México juega en una posición inmejorable, independientemente de los coscorrones asestados por el presidente “gringo”, pero es una realidad. China, cuyo mercado ha llegado a todos los rincones del orbe, se encuentra en espera con la intención de dar el siguiente paso al jugoso mercado norteamericano.
Es tiempo de aprovechar el momento. De otra forma, no se puede sobrevivir llevando la contraria al mandatario-empresario. Defender una ideología que el mundo entero está sepultando es caminar en sentido contrario. En todo caso: ¿qué hará Sheinbaum si el presidente estadounidense decide, sin su anuencia, enfrentar a los cárteles mexicanos como lo advirtió?
Ya lo dijo el secretario de Estado, Marco Rubio: la misión del presidente estadounidense es liderar el continente americano. La doctrina Monroe va dirigida a controlar el hemisferio como nueva estrategia de Seguridad Nacional. ¿Qué parte no ha quedado clara?
Es tiempo de decisiones; tiempo de abrazar lo práctico sobre lo ideológico.

