De repente, ya no están
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De repente, ya no están

Miércoles, 04 Febrero 2026 00:20 Escrito por 
La Tribu Entera La Tribu Entera Ricardo Joya

“Después de un tiempo me doy cuenta de que por mucho que lo espere nunca volverá. Por lo menos no a este lugar. La opción es seguir o dejarme morir aquí. Dejarme morir. Me tienta esa idea”. Así plantea Jorge Bucay, en el libro El camino de las lágrimas, el dolor y la sensación que se tiene cuando pierdes a un ser querido.

Mediante la alegoría de compartir un viaje en un carruaje, al lado de nuestro “compañero de ruta”, en referencia a quienes nos acompañan en este trayecto llamado vida, Bucay señala que cuando nos separamos de esa persona hay un sobresalto, porque no nos habíamos separado ni por un momento: “Era un pacto sin palabras. Nos deteníamos si el otro se detenía. Acelerábamos si el otro apuraba el paso. Tomábamos juntos el desvío si cualquiera de los dos decía hacerlo… Y ahora ha desaparecido. De repente no está a la vista”.

Es un punto al que todos llegaremos: la muerte. Sin duda, de una u otra forma, ahí arribaremos. Y aunque aparentemente nos preparamos para ello, cuando un ser querido trasciende (como le llaman quienes se dedican a la tanatología), el dolor es profundo, sobre todo al no existir condiciones precarias de salud o deterioro que anticipen el desenlace funesto. Como sea, duele y duele mucho.

Y enero de este año ha sido un arranque sorpresivamente doloroso, porque —de manera inédita— (al menos hasta donde yo recuerdo) dos compañeros y amigos en el periodismo y la comunicación fallecieron prácticamente el mismo día: Fabián Rodríguez y Armando Salazar.

Dejaron de estar a la vista de sus seres queridos y amistades que edificaron a lo largo de los últimos años, en el ejercicio de informar a la sociedad. Fabián desde los medios periodísticos, Armando desde diferentes áreas de comunicación social. Ambos se distinguieron por su trato amable, atento, respetuoso y amigable con todas las personas con las que tenían contacto.

Con Armando, especialmente, tuvimos la oportunidad de ser compañeros en la Dirección General de Información y Servicios a Medios en el Poder Ejecutivo estatal. Siempre fue responsable y comprometido con las funciones del área, y aunque la presión era constante y por momentos muy intensa, mantenía buena actitud y disposición para colaborar. En la última etapa se desempeñó en el área de comunicación social de la Fiscalía General de Justicia del Estado de México. Seguramente dejó un hueco importante.

La última vez que pude charlar con Armandito (como le decíamos de cariño) fue en abril de 2024, precisamente en el funeral de otro amigo extraordinario: José Antonio Licea. Armandito estaba consternado por la pérdida de Toño y se mostró muy solidario conmigo, porque sabía de nuestra amistad que venía desde la infancia y mantuvimos hasta su partida. La muerte de Armando me recordó la otra, la de mi hermano Toño.

Y este mismo fin de semana supe de la muerte de otro amigo y compañero: Eduardo Morales, fotógrafo profesional a quien tuve la oportunidad de conocer en la Presidencia de la República en 1996, cuando trabajé en aquellos rumbos. Decían que éramos hermanos porque ambos usábamos la barba de candado y teníamos un rostro similar. Él siguió su camino profesional en la Ciudad de México y su última responsabilidad fue en el Senado de la República. Yo regresé a Toluca y la distancia nos impidió el encuentro frecuente, pero manteníamos comunicación por WhatsApp. Ahora tampoco está.

A las familias de los tres —Armando, Fabián y Eduardo— les reitero mis condolencias y la consternación que siento por su partida. Hago oración para que encuentren fortaleza y consuelo en el amor de sus seres queridos y que el recuerdo de cada uno de ellos se mantenga vigente. Descansan en paz y seguirán presentes mientras los nombremos y sigamos recordando las historias que compartimos.

Los tres edificaron sus propias historias, y su legado personal y profesional se develará conforme transcurra el tiempo. Ahora, en honor a ellos y a quienes han trascendido, hay que seguir viviendo. Quizá, en algún momento, volvamos a encontrarlos.

 
 
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