Jesús Ramírez Cuevas es, sin duda alguna, una pieza importante en la construcción de la narrativa que prevaleció a lo largo del mandato del expresidente Andrés López Obrador. Hoy, como coordinador de asesores de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, sigue vigente; aunque en este momento representa ya una incómoda figura como consecuencia de la publicación del libro “Ni Venganza Ni Perdón”, de Julio Scherer Ibarra y Jorge Fernández Menéndez.
Ramírez Cuevas pertenece al grupo más radical del obradorato; fue el responsable de todo lo que giraba alrededor de las mañaneras de López. A través de esa inmejorable posición logró llevar agua, mucha agua, para su molino; desquitó con creces los malos tratos que en ocasiones recibía del tabasqueño.
La periodista Concepción Villafuerte Blanco, madre del también comunicador Amado Avendaño —uno de los impulsores de Somos México, que por cierto, ya alcanzó las exigencias para cubrir los requisitos y convertir el movimiento en partido político—, lo confrontó exigiéndole congruencia al decirle: “¿Cómo aguantas esta chingadera, vos?”, a lo que Jesús le respondió con aire de resignación: “Eso me tocó”.
Pero, lejos de ser considerado como una posible víctima, Jesús Ramírez ocupó su posición para hacer negocios, de acuerdo con lo señalado en la obra mencionada. Acusaciones serias para uno de los personajes más importantes del exmandatario; sobre todo, por señalarlo como quien acercó a Sergio Carmona, conocido como el Rey del Huachicol, con su jefe.
Aunque no es únicamente lo que se señala en el ejemplar lo que debe preocupar a Ramírez —ya que la falta de querencia entre ambos (Scherer y Ramírez) era del dominio público—, sino las investigaciones que se llevan a cabo en EE. UU., a las que sí debería temer.
“Cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar”.
El expresidente venezolano Nicolás Maduro, sin quererlo, se ha convertido en el referente para quienes están bajo sospecha de los gringos. Es por esa razón que algunos líderes en América Latina se encuentran preocupados al atestiguar los alcances de la acción realizada por los estadounidenses en el operativo denominado “Resolución Absoluta”.
Maduro se encuentra recluido en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, Nueva York, y es un ejemplo para todos los que se encuentran bajo observación criminal de interés de los vecinos del norte. La cercanía de Jesús Ramírez con el poder y su posible vinculación con el Rey del Huachicol lo colocan en el radar.
El ejemplar de Scherer, en coautoría con Fernández Menéndez —que dice la mandataria Claudia Sheinbaum Pardo que no va a leer y que obviamente ya lo hizo—, evidentemente incomodó a los radicales morenistas, mejor conocidos como “Los Puros”, entre los que destacan figuras como: Martí Batres, Paco Ignacio Taibo, Pablo Gómez, Clara Brugada, Jesús Ramírez, entre otros, por los alcances que pueda tener.
Aunque la posición de Sheinbaum se ha caracterizado por seguir con la doctrina de su mentor en el sentido de defender a los suyos ante cualquier posible sospecha de la comisión de delito alguno; sin rubor, tacha de inventos el involucramiento que puedan tener, defendiendo a ultranza a sus inocentes muchachos; no obstante, a la larga, esta le cobrará la correspondiente factura.
Los políticos que estarían bajo investigación de las autoridades estadounidenses y que han sido señalados en varios artículos por analistas políticos, a través de listas cuya autenticidad nadie puede garantizar, evitan preguntas incómodas o responden cualquier cosa o, de plano, desaparecen para no ser cuestionados.
Aunque, más bien, hacen notar que se sienten intocables: porque han gozado de protección presidencial antes de López Obrador y ahora de Sheinbaum, encumbrando su impunidad a groseros alcances.
Como consecuencia de solapar los cochupos morenistas, nadie que pertenezca al movimiento 4T ha sido investigado; niegan las pruebas que se ofrecen en diferentes medios de comunicación y se cobijan en el fuero quienes pueden hacerlo. Ninguno de ellos es tocado con el pétalo de una hoja de denuncia para someter a investigación sus actividades tentativamente delictivas, ni siquiera el mencionado en múltiples ocasiones, el excoordinador de Morena en la Cámara Alta, Adán Augusto López Hernández.
Por la misma razón, Jesús Ramírez Cuevas se siente intocable; por eso se lanzó en contra de Scherer al clásico estilo 4T, calificando los señalamientos como mentiras y ataque político, asegurando que no había pruebas —algo que ya se veía venir—. Aunque se sienta intocable, al igual que muchos otros como Gerardo Fernández Noroña, Rubén Rocha Moya, Ricardo Monreal, Ignacio Ovalle Fernández y una larga lista, creen que nada pasará como hasta ahora. “No hay denuncias, no hay pruebas”, reclama casi todos los días la presidenta. Aunque, a decir verdad, se le acaban las excusas y crece la presión por parte de su similar estadounidense para hacer más de lo hecho hasta ahora.
Efectivamente, no hay escapatoria: protegerlos no podrá hacerlo por siempre y negar tiene un límite. Irremediablemente se acerca el momento de rendir cuentas.
Los recientes acontecimientos en los que se dio a conocer la noticia de la captura y fallecimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, (a) “El Mencho”, líder del CJNG, aceleran la obligación de investigar a quienes le brindaron protección, por ejemplo.
Aunque, convenientemente muerto el capo, ya no podrá decir nada. Pero tampoco se puede dejar de lado el hecho de que recibió ayuda de diferentes funcionarios de los tres niveles de gobierno. De otra manera, no puede explicarse el poder que adquirió durante una década.
Veinte estados mexicanos ardieron el domingo 22 de febrero y aún el lunes siguiente, a pesar de las declaraciones de la mandataria de que todo ya estaba en calma; sin embargo, eso confirma que el crimen organizado sí tiene presencia en dos tercios del territorio nacional.
La esperada respuesta de Ramírez Cuevas a los señalamientos de Julio Scherer tendría que apoyarse con pruebas. ¿Las tendrá? O, al igual que con otros, ¿no serán necesarias?

