EL ANIMAL QUE NUNCA DOMESTICAMOS Y, aun así, decidió quedarse
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EL ANIMAL QUE NUNCA DOMESTICAMOS Y, aun así, decidió quedarse

Jueves, 26 Febrero 2026 00:15 Escrito por 
Visión Holística Visión Holística Marcela Hernández Montiel

Anoche desperté a las 3:17.
Romina respiraba sobre mi pecho. Más lento que antes. Más liviana. Su cuerpo pequeño subía y bajaba con esa calma que solo tienen los que viven exactamente aquí.
Y pensé algo que me atravesó:
Estoy compartiendo la cama con un depredador que hace diez mil años sobrevivía en el desierto.

No es metáfora.
Es genética.

El gato doméstico (Felis catus) es casi idéntico al gato salvaje africano (Felis silvestris lybica). A diferencia del perro, no fue profundamente rediseñado por selección humana. No lo moldeamos para obedecer. No lo convertimos en servidor.

El gato no se rindió.
Se acercó cuando le convenía.

Cuando almacenamos grano, llegaron los ratones.
Y detrás de los ratones, llegó él.

La alianza fue práctica. Estratégica.
Y, sin embargo, aquí estamos.
Diez mil años después.
Durmiendo juntos.

LA MÁQUINA PERFECTA BAJO EL PELAJE

Debajo de ese cuerpo tibio hay precisión evolutiva.
Columna vertebral flexible que le permite girar en el aire.
Clavículas flotantes que facilitan atravesar espacios imposibles.
Saltos de cinco o seis veces su altura.
Almohadillas que silencian cada paso.
Ojos con tapetum lucidum que multiplican la luz en la oscuridad.
Oídos que detectan frecuencias que yo no percibo.
Bigotes que leen el aire como un mapa invisible.

Los pequeños felinos pueden tener tasas de éxito en caza superiores a las de grandes depredadores como el león.

Romina es pequeña.
Pero está perfectamente diseñada.
Y, aun así, cuando ronronea sobre mi pecho, no parece una máquina evolutiva.
Parece hogar.

EL IDIOMA QUE INVENTÓ PARA NOSOTROS

Los gatos adultos casi no maúllan entre ellos.
El maullido es un lenguaje diseñado para humanos.

Algunas investigaciones muestran que ciertas modulaciones se parecen al llanto de un bebé. Activan nuestro sistema de cuidado. Estimulan la respuesta.
El gato aprendió a hablarnos en nuestro propio cableado emocional.

No es manipulación.
Es adaptación brillante.

Y el ronroneo… vibra en frecuencias asociadas con procesos de reparación ósea y tisular. Los gatos ronronean cuando están relajados, pero también cuando están heridos o bajo estrés.

No siempre significa “estoy feliz”.
A veces significa: “me estoy regulando”.

Eso es biología.
Pero cuando lo escuchas en la madrugada, en una casa en silencio, mientras sabes que su cuerpo ya no es el de antes… se siente sagrado.

EL DÍA QUE ENTENDÍ QUE YA ERA GRANDE

Hace unos meses empezó a adelgazar.
Lo vi.
Pero no lo integré.

Hasta que un día vomitó.
Y dejó el plato intacto.

La llevé al veterinario intentando sostener la calma. Cuando escuché “enfermedad renal”, no pensé en estadísticas. Pensé en tiempo.

Volví a casa y lloré varios días.
No por dramatismo.
Sino porque amar también implica aceptar que nada es eterno.

La vi más liviana entre mis manos.
Más lenta.
Más vulnerable.

Y algo dentro de mí tuvo que crecer.

EL AMOR QUE NO SE SOMETE

Aquí está lo que más me impacta.

El perro necesita pertenecer.
El gato elige pertenecer.

No obedece por jerarquía.
No ama por carencia.
No se queda por miedo.

Si duerme contigo, es decisión.
Y que un ser que nunca fue domesticado elija compartir territorio contigo durante 18 años… es un acto radical.

Romina no es mi posesión.
Es una conciencia salvaje que decidió quedarse.

No me necesita para existir.
Y, aun así, me elige.

Cada vez que se acomoda a mi lado, no veo dependencia. Veo confianza.
Y la confianza, en el lenguaje felino, es enorme.

ACOMPAÑAR

No romantizo la enfermedad.
Ahora hay días de medicación.
De alimento específico.
De observar más.
De aceptar límites.

Pero también hay presencia.

Los gatos no viven atrapados en el pasado ni anticipando el futuro. No se angustian por lo que vendrá. Viven en el instante con una precisión que ningún discurso espiritual logra explicar mejor.

Romina me enseñó eso antes de enfermar.
Ahora me lo enseña más fuerte.

No puedo decidir cuánto tiempo más estará.
Pero sí puedo decidir cómo estar yo.

Sin negación.
Sin pánico.
Sin robarle al presente su dignidad.

Esta noche volverá a enroscarse a mi lado.
Yo sabré que su cuerpo es más frágil.
Ella seguirá siendo absolutamente salvaje.

Y en esa elección silenciosa que renueva cada día…
está la forma más pura de amor que he conocido.


Por Marcela H.M.
Terapeuta en procesos de transformación
Fundadora de Lux Áurea Signature
Psicología aplicada + Conciencia estructurada

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