Esta semana, el tablero de las gasolineras en México ha dejado de ser un indicador económico más para convertirse en un monumento a la fragilidad fiscal.
Mientras los discursos oficiales insisten en una estabilidad de cristal, el bolsillo del ciudadano común enfrenta una realidad cruda: una gasolina Magna que se aferra con las uñas a los 24 pesos y una Premium que, en diversas zonas del país, ya rompió la barrera de los 30 pesos.
La narrativa gubernamental intenta culpar exclusivamente al caos en el Estrecho de Ormuz y al repunte del crudo por encima de los 90 dólares.
Sin embargo, los especialistas más serios coinciden en que el problema no es solo externo; es estructural y de diseño.
Aquí te explico a qué se refieren.
- El diseño del "Subsidio de Ida y Vuelta".
El sistema mexicano está diseñado para que la gasolina sea una de las principales fuentes de recaudación de impuestos. Sin embargo, cuando el precio internacional sube, el gobierno "renuncia" a cobrar ese impuesto para que el precio no se dispare (el famoso estímulo fiscal).
Dependemos de un impuesto que el propio gobierno tiene miedo de cobrar completo. Esto crea un agujero en las finanzas públicas: si no cobran el impuesto, falta dinero para hospitales o escuelas; si lo cobran, sube la inflación. Es un diseño donde siempre se pierde algo.
- La estructura de "Importador Neto".
Aunque México es un gran productor de petróleo crudo, no tiene la capacidad técnica para convertirlo todo en gasolina.
Nuestra estructura nos obliga a vender el petróleo "barato" (materia prima) y comprar la gasolina "cara" (producto procesado), principalmente a Estados Unidos.
Al no ser autosuficientes, el precio en la gasolinera de tu colonia no lo decide México, lo decide el mercado de Texas y el tipo de cambio.
- La logística y el almacenamiento.
México tiene reservas de gasolina para muy pocos días. Si hay un problema en un puerto o un ducto, el precio salta por escasez.
Gran parte de la gasolina se mueve todavía en pipas (camiones), lo cual es mucho más caro y peligroso que moverla por ductos.
En resumen, el problema es estructural porque las tuberías, las refinerías y los contratos no dan para más; y es de diseño porque el modelo económico prefiere parches temporales (estímulos fiscales) en lugar de una reforma que nos haga menos dependientes del exterior.
El efecto dominó: no es solo el auto
El error más grave de quienes minimizan este aumento es creer que solo afecta a quien tiene un vehículo.
El incremento en el diésel —el verdadero motor de México— funciona como un acelerador de la pobreza. Cada centavo que sube el combustible que transporta el maíz, la carne y las hortalizas se traduce automáticamente en un ajuste de precios en el mercado local.
Es hora de dejar de maquillar las cifras y reconocer que el precio de la gasolina es, hoy por hoy, el recordatorio más cruel de que la estabilidad prometida sigue siendo un privilegio de pocos y una carga para todos los demás.
Mientras la política energética siga siendo un juego de espejos y subsidios opacos, la clase trabajadora seguirá pagando la factura.
Porque, al final del día, el éxito de una economía no se mide en las gráficas de Hacienda, sino en la tranquilidad de quien llena el tanque para ir a trabajar sin miedo a no completar para la cena.

