Todas y todos, en alguna etapa de nuestra vida, necesitamos que alguien nos cuide: cuando somos bebés, cuando somos niños o cuando llegamos a la vejez. Pero ¿qué pasa cuando ese cuidado se necesita por algo inesperado, como una enfermedad grave o un accidente que nos deja sin poder valernos por nosotros mismos?
Según el INEGI, en su Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados (ENA-SIC) de 2022, en México hay cerca de 58.3 millones de personas que necesitan cuidados en casa: niños pequeños, adolescentes, personas con discapacidad y adultos mayores. Ese mismo año, 31.7 millones de personas mayores de 15 años se dedicaban a cuidar a alguien. De ellas, el 75% eran mujeres y solo el 25% hombres. Las mujeres cuidadoras dedicaban, en promedio, casi 39 horas a la semana a esta labor; los hombres, poco más de 30 horas.
No todos los cuidados son iguales. Muchas personas cuidan a un familiar enfermo o con discapacidad sin haber recibido ninguna capacitación, y además lo hacen mientras siguen atendiendo su propio hogar y trabajo. Eso tiene un costo muy alto: con el tiempo, quienes cuidan también se enferman. Las instituciones de salud reconocen esto como el síndrome del cuidador primario: un agotamiento físico, emocional y mental que afecta a quienes cuidan a otra persona de manera constante.
Un buen cuidador o cuidadora no solo atiende lo básico, como dar de comer, ayudar con el aseo o dar medicamentos. También da compañía, escucha y cariño, porque en muchos casos esa persona es el único vínculo con el mundo. Quien recibe cuidados necesita ser tratado con respeto y dignidad. Y quien cuida también tiene derechos: que su trabajo sea reconocido, que se haga en condiciones justas, sin discriminación, con igualdad entre hombres y mujeres, respetando su propio bienestar, lo que llamamos autocuidado, y una remuneración justa por su trabajo.
Piensa un momento en lo que pasaría si nadie cuidara a un bebé, a una persona mayor que ya no puede moverse solo o a una persona que quedó inmóvil tras un accidente. El cuidado es indispensable para vivir. Por eso debe reconocerse como un derecho humano y estar garantizado por la ley.
El derecho humano a los cuidados está directamente ligado a la dignidad de las personas. Aunque aparece mencionado en varias leyes y tratados, aún no se le da la importancia que merece. No se ha reconocido claramente cómo afecta la vida de las familias, cómo puede cambiar a la sociedad y cuánto influye en la economía del país. Por eso urge actuar. En 2019 y 2020 se presentaron iniciativas en el Congreso para crear un Sistema Nacional de Cuidados y su ley correspondiente, pero hasta hoy siguen pendientes de aprobación en el Senado.
Que el cuidado sea un derecho humano significa que el Estado tiene la obligación de protegerlo. Pero la sociedad también tiene que hacer su parte: valorar este trabajo, compartirlo de manera equitativa entre hombres y mujeres, no cargar todo ese peso sobre las mujeres y pagar de forma justa a quienes lo hacen como oficio.
Recuerda lo que dice el dicho: "Como te ves, me vi; como me ves, te verás." Todas y todos vamos a necesitar cuidados en algún momento. Lo que merecemos es un trato digno, cálido y humano. Y quienes cuidan merecen respeto, apoyo y una paga justa por su trabajo.
En colaboración con Adriana Mondragón Loza

