La lección que llegó desde el asiento de copiloto
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La lección que llegó desde el asiento de copiloto

Martes, 28 Abril 2026 00:05 Escrito por 
Voz de Mujer Voz de Mujer Lupita Escobar

Hay aprendizajes que no llegan en grandes escenarios, foros o lugares, sino en escenas pequeñas, casi invisibles. Esos que pasan en lo cotidiano, pero se quedan resonando mucho más tiempo del que uno quisiera admitir.

“Ponerte en los zapatos del otro” es una frase que todos hemos escuchado. Tan repetida que a veces pierde fuerza. Pero cuando realmente se vuelve experiencia, deja de ser cliché.

Mis hijos han sido mis grandes maestros y, con una claridad que desarma, uno de ellos me mostró una de mis áreas más incómodas. Yo era —lo digo sin rodeos— de las que, ante cualquier imprudencia al volante, respondía con el claxon largo y algún comentario poco amable. Una reacción automática, casi reflejo.

Hasta que un día, después de que un coche se atravesara sin precaución y el susto me hiciera explotar en bocinazos y palabras, mi hijo —sentado a mi lado— dijo con calma:
“Ma, eso no está bien”.

Intenté justificarme. “¡Casi chocamos por ese!”
Pero él insistió, con una serenidad que me dejó sin argumentos:
“¿Y si ese carro lo manejara mi hermano que está aprendiendo? ¿O yo? ¿O mi abue? ¿Te gustaría que les hicieran eso?”

Hay preguntas que no buscan respuesta. Buscan conciencia.

Porque en ese momento entendí algo simple y profundo: yo no sabía nada de la persona en ese coche. No sabía si estaba aprendiendo, si estaba distraída o si tenía un mal día. Pero reaccioné como si su error definiera quién era.

Y eso, en el fondo, es lo que hacemos muchas veces.

También pasa con quienes nos brindan un servicio. Basta un descuido, un mal momento, para emitir un juicio inmediato, para colocar una etiqueta. Olvidamos con facilidad que del otro lado hay alguien con su propia carga, su propio cansancio, su propia historia.

La empatía no es justificar todo. Es recordar que no lo sabemos todo.

Mi hijo no me dio una lección complicada. Me hizo una pregunta, y con eso bastó para incomodarme lo suficiente como para cambiar y evitar que la euforia del enojo tome el control.

Desde entonces, cada vez que siento ese impulso automático de reaccionar, aparece esa idea:
¿y si fuera alguien mío?

No siempre lo logro, pero al menos ahora lo pienso.

A veces no se trata de tener razón, sino de recordar que el otro también podría ser alguien que amamos.

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Lupita Escobar

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