El eterno caminante: Bob Dylan a 85 años de su voz
DigitalMex - Periodismo Confiable
Publicado en Opinión

El eterno caminante: Bob Dylan a 85 años de su voz

Miércoles, 27 Mayo 2026 00:05 Escrito por 
Inventario Inventario Jorge Olvera García

Hay voces que no cantan, profetizan. Voces que no entretienen, sino que interpelan. Voces que no pasan por la historia, sino que la atraviesan de lado a lado, dejando una herida luminosa que ningún tiempo logra cerrar del todo. Bob Dylan —Robert Allen Zimmerman, nacido el 24 de mayo de 1941 en Duluth, Minnesota— es uno de esos magníficos ejemplos. Cumplió 85 años un hombre que nunca terminó de llegar a ningún sitio porque comprendió, antes que nadie, que el verdadero destino del artista es el camino mismo.

Con acierto, alguna vez sentenció: "No mires hacia atrás: algo podría estar ganándote terreno", frase que condensa una filosofía de vida que pocos han encarnado con tanta coherencia. Dylan nunca se detuvo. Cuando el mundo lo coronó portavoz de una generación, él ya estaba en otro lugar. Cuando el folk lo reclamó como suyo, enchufó su guitarra eléctrica y escandalizó al Festival de Newport en 1965. Cuando la contracultura lo necesitaba como símbolo, se fracturó la columna en motocicleta y desapareció en el silencio de Woodstock. Dylan siempre fue el primero en traicionar la imagen que los demás habían construido de él, y en esa traición residía, paradójicamente, su más profunda fidelidad: la fidelidad a sí mismo.

No es sencillo hablar de un hombre que ha habitado tantas pieles. El poeta beatnik que bebía en las fuentes de Woody Guthrie y Arthur Rimbaud. El profeta de Blowin' in the Wind que puso música a la indignación de una época. El músico que fundió el blues de Robert Johnson con la visión alucinada de William Blake en Highway 61 Revisited. El cristiano renacido de Slow Train Coming. El crooner melancólico que en los últimos años ha grabado los standards del american songbook con la delicadeza de quien ordena los recuerdos de toda una vida. Cada uno de esos Dylan es auténtico. Cada uno es incompleto sin los demás.

En octubre de 2016, la Academia Sueca le concedió el Premio Nobel de Literatura 2016 con una justificación que aún resuena como una declaración de principios: "por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción americana". La decisión fue polémica, como todo lo que rodea a Dylan. Hubo quienes argumentaron que la canción popular no pertenece al ámbito de la literatura. Hubo escritores que alzaron la voz, entre el desconcierto y la envidia soterrada.

Pero la Academia había comprendido algo esencial: que, desde Homero, la poesía fue antes música que texto; que la palabra cantada no es inferior a la palabra escrita, sino anterior a ella; que Dylan, con su armónica y su guitarra, había hecho lo que los grandes poetas hacen siempre: decir la verdad de una manera que no podía haber sido dicha de ninguna otra forma.

Porque Dylan, ante todo, es un poeta del dolor y de la búsqueda. Sus mejores canciones —The Times They Are A-Changin', Desolation Row, Like a Rolling Stone, Knockin' on Heaven's Door, Forever Young— no envejecen porque no hablan de su época: hablan de la condición humana. Hablan del desarraigo, de la injusticia, del amor que se pierde, de la dignidad que se reclama, de la muerte que nos aguarda con una paciencia que no nos merecemos. Hay en Dylan una veta profundamente moral —no moralista, que es lo contrario— que lo emparenta con los grandes narradores bíblicos que tanto lo nutrieron. Sus canciones tienen la densidad de las parábolas: dicen una cosa y significan diez.

Existe, además, en su obra una dimensión política que no conviene olvidar, especialmente desde una tribuna como la de los derechos humanos. Dylan escribió The Lonesome Death of Hattie Carroll en 1964, una crónica musical del asesinato impune de una trabajadora afroamericana, con la precisión documental de un periodista y la furia contenida de un juez. Escribió Hurricane once años después, denunciando el encarcelamiento injusto del boxeador Rubin Carter con una narrativa tan exacta que contribuyó a reabrir el caso. Dylan comprendió que el artista no vive fuera del mundo: vive en él, lo observa, y tiene la responsabilidad de devolvérselo a la gente con mayor claridad de la que tenía antes.

A sus 85 años, Bob Dylan sigue en gira —su interminable Never Ending Tour, iniciada en 1988— como si el escenario fuera el único lugar del mundo donde el tiempo se detiene o, al menos, se vuelve soportable. Su voz, quebrada y áspera desde hace décadas, ya no se parece en nada al joven de nariz aguileña que grabó sus primeros discos en los estudios de Columbia Records. Y, sin embargo, en esa voz rota hay algo que las voces perfectas no pueden tener: la evidencia de que ha vivido cada una de las palabras que canta. La textura del tiempo. La autoridad moral de quien no habla de lo que imagina, sino de lo que ha visto.

Hay artistas que son grandes. Dylan es algo más: es necesario. Necesario como lo son Cervantes, Shakespeare o García Lorca; como lo son Neruda o Whitman, de quien Dylan se reclama heredero con toda justicia. Su obra es uno de esos escasos territorios donde la belleza y la verdad coinciden sin forcejear, donde una canción puede cambiar la manera en que alguien entiende su propia vida.

Decía el gran Adolfo López Mateos, hermano mayor de nuestra querida Universidad, que: “Hoy como ayer, como siempre, conquistar la verdad, un aspecto de la compleja verdad del universo, marcará las etapas ascendentes del hombre en su camino a la perfección, teniendo siempre en cuenta que los tiempos nuevos precisan la formación de hombres nuevos”, y la figura de Bob Dylan, en cada una de sus facetas y etapas, siempre fue, es y será algo nuevo.

Feliz cumpleaños, Bob. Que el viento siga soplando a tus espaldas.

Visto 83 veces
Valora este artículo
(0 votos)