“Shhh” “Shhh” “Pi-Tshi-Ka”

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“Shhh” “Shhh” “Pi-Tshi-Ka”

Miércoles, 19 Diciembre 2018 00:08 Escrito por 
“Shhh” “Shhh” “Pi-Tshi-Ka” Matices

Decía Cortázar que “las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”…

Exactamente así me siento ahora. Estoy tratando de procesar las emociones para poder transmitir algo que se parezca un poco a lo que siento. Esto que escribo, sin embargo, es sólo un esfuerzo por nombrar lo in-nombrable; es algo que se agolpa en el pecho y que lenta, pero firmemente, sube por la garganta, da escalofríos y recorre los bordes de los ojos en forma de vallecitos salados que nublan la mirada.

Llego a la oficina procedente de una reunión de trabajo, con prisa por atender asuntos cotidianos; me encuentro con varias caras de sorpresa, expresiones de emoción, ojos rasgados con lágrimas y voces entrecortadas. Son algunos de mis compañeros, están estremecidos, hablan todos al mismo tiempo, tratan explicarme algo que no logro entender, hasta que me muestran un trozo de papel con un texto escrito por uno de los internos del “Penal de Santiaguito”. Ellos acudieron ahí el último mes con el propósito de formar un coro, que en realidad fueron dos porque en el penal los hombres y las mujeres no pueden compartir este tipo de actividades, en realidad me parece que ninguna.

El trozo de papel contiene seis coplas, se trata de una canción dedicada a los tres artistas que coordinaron el taller: “La práctica vocal como herramienta de transformación individual y social”, una de las coplas está dedicada “a la más pequeña”, quien brindó apoyo en el registro de imágenes. En un extremo del trozo de papel se lee, con una caligrafía cargada de sentimiento: “Gracias por mirar lo que hay dentro de mí y no lo que soy”.

Quien escribió esta canción forma parte de un grupo de internos que han sido procesados y sentenciados por algún delito grave; en muchos casos, se les han dictado sentencias de más de 40 años de prisión. Escribo no para tratar de justificar lo injustificable, escribo para tratar de comprender cómo nos hemos construido como sociedad, bajo qué componentes hemos cimentado nuestros parámetros sobre el bien y el mal. Escribo para preguntarme si es voluntad de un ser humano decidir si quiere ser bueno o ser malo ¿es acaso algo que es posible decidir?

Hace no más de cinco días fue la presentación de un pequeño concierto dentro del penal, la audiencia estaba conformada por los mismos internos. Ese día no era un día cualquiera, especialmente para ellos. Estaban ahí, frente al escenario, vestidos de blanco y caquí, perfectamente bañados y dispuestos. Ese día no llevaban tenis, ese día llevaban zapatos. Las mujeres bien plantadas en el escenario, erguidas, con fuerza, armonizando sus voces en un canon, haciéndonos vibrar con “La Bruja”. Las miradas de ellos se fugaban del escenario para encontrarse en un espacio de libertad: “Cuando canto me olvido por momentos del lugar donde estoy”, se lee en alguno de los testimonios que quedaron por escrito. Ahí estaban, ellas primero, ellos después, todos eran uno en el escenario, nerviosos, emocionados, humanos…

Escuché a alguno de ellos decir: “Quizá si hubiese conocido el poder que la música tiene en mí, no habría hecho lo que hice y no estaría hoy aquí”. Me quebró el corazón la reflexión de mis compañeros: “No podemos permitirnos nunca más llegar tarde...”

Escribo para compartir con quien tenga la oportunidad y deseo de leerme, lo que el arte puede impactar en una persona. En los que están dentro y en los que estamos fuera. En quienes crean y en quienes somos espectadores de la maravilla de la creación más humana de todas, el arte en cualquiera de sus expresiones.

Es lo mejor que hemos vivido en este lugar. Gracias por el grito, por la moto, por el maullido, por las caras de tonto y por el Pi-Tshi-Ka

Al tratarlos, al estar con ellos, no me imaginaba jamás las razones por las que podrían estar ahí. En su trato son amables, atentos, colaborativos, trabajaban en equipo…

Uno de los internos que estaba por cumplir su sentencia y por fin salir del Penal cantó ‘A mi manera’, hizo hincapié en la frase “el final se acerca ya”.

Una de las internas me preguntó dónde se pueden tomar clases de canto, le parecía importante que sus hijos se involucraran. Me impactó que a ella le gustara, le sirviera, que se sintiera bien como para querer que sus hijos que estaban fuera pudieran asistir a clases de canto, que lo experimentaran.

No se trata de convertirse en un cantante profesional, sino más bien que –a través de la música– puedas sublimar muchas necesidades.

El trabajo colaborativo de la mano de alguna actividad artística es lo que te devuelve la parte humana.

Lo interesante del trabajo artístico es que creas algo con tus propias capacidades. Conforme vas avanzando, esos pequeños retos logrados son un golpe a favor de tu autoestima.

Uno de los ejercicios que puede resultar intrascendente en el mundo exterior –incluso para los propios cantantes profesionales y estudiantes– se convirtió para los participantes de este taller en un himno y, al mismo tiempo, en un guiño a sus profesores. Así, el Pi-Tshi-Ka es hoy algo más que una rutina con importancia vocal, adquirió un significado, una conexión, un ancla en la memoria.

Pienso que como toda construcción social podemos plantearnos el sueño de construir juntos una sociedad en la que, paulatinamente, le demos vuelta al espiral de la violencia. Pienso que tenemos derecho a soñar en esa posibilidad, en la que un día –como ha ocurrido en otras sociedades– podamos cerrar un penal y destinar ese espacio al desarrollo de actividades culturales.

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Ivett Tinoco García

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