Los supuestos operativos y siembra de pruebas

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Los supuestos operativos y siembra de pruebas

Miércoles, 03 Agosto 2022 01:36 Escrito por 
Alfredo Albiter González Alfredo Albiter González Lo bueno, lo malo y lo serio

Una de las prácticas más comunes, que no por eso dejan de ser preocupantes, es la imposición de falsos operativos que se llevan a cabo en zonas estratégicas para, entre otras cosas, detener a los automovilistas que son objeto de extorsión, con el pretexto de alguna supuesta infracción, falta administrativa, o peor, de un delito.

El automovilista común de antemano sabe que, debido a la inseguridad que hoy se vive en todo lo largo y ancho de la República, ha sido necesario, y así lo entiende, la implementación de operativos policiacos que se han multiplicado, particularmente, la de la colocación de retenes.

Pero no siempre son por instrucción y del conocimiento de los superiores jerárquicos, como parte de las medidas para contrarrestar a la delincuencia, como es el caso de los que se colocan para supervisar el transporte público, que lleva mucho tiempo afectando a los usuarios que resultan ser los más afectados y los que menos recursos tienen, porque de tenerlos, utilizarían otro medio de transporte, sin duda.

Las colocaciones de estos retenes se han visto en la necesidad de multiplicarse, materialmente por todas partes, porque los delincuentes, al hacerse pasar como usuarios no se les puede detectar hasta que se encuentran en delito flagrante, o cuando se les encuentra algún arma u objeto considerado ilegal.

Ha sido una batalla titánica, las autoridades tienen que multiplicarse para poder abarcar cada vez más terreno, las cámaras de seguridad localizadas en el interior de los vehículos del transporte público, no son suficientes, pues los ladrones no se intimidan, al contrario, surgen otros; se multiplican como peste, o como hongos venenosos.

Pero esos retenes no siempre son oficiales, como tampoco lo son otros operativos, desafortunadamente, los falsos existen desde hace tiempo; por igual, los malos elementos conociendo de la estrategia la aplican para conseguir un beneficio, y muchas veces, con descaro. Aunque no solo los policías en activo se aprovechan del esquema, varios delincuentes pertenecieron alguna vez a alguna corporación y lo conocen.

El problema se agudiza cuando esos expolicías se refugian en las bandas delincuenciales, porque ponen en jaque a la autoridad; también el crimen organizado encuentra esa fórmula como una posibilidad más para explotarla. Un ejemplo de lo anterior, es el hecho de que hoy las carreteras de México son más inseguras que nunca.

Los ciudadanos son los que continúan siendo las víctimas de todo. ¿Cómo saber si se trata de un trabajo oficial? ¿Si es legal, y si existe una instrucción para llevarlo a cabo con el objeto de combatir el delito?, a querer o no, son varias las ocasiones en las que no les queda más remedio que aceptar ser revisados.

Recientemente, se volvió viral la intercepción que se hizo a un motociclista que no llevaba casco y tal vez, el conductor se imaginó que fue la razón por la que lo detuvieron, pero, el video demuestra que no, que ese fue el pretexto, porque terminaron por “sembrarle”, lo que se presumió era droga. ¿El fin? Ni siquiera es necesario investigarlo, porque pudo haber sido intimidado y amenazado con ser remitido ante la autoridad para pedirle una cantidad de dinero. La sospecha cabe porque ha sucedido más de lo imaginable.

Pero el problema es que, de no aceptar la extorsión, la víctima es llevada ante el Ministerio Público, en donde podría subir la cuota exigida o en todo caso, de ser remitido ante la autoridad judicial en donde “deberá demostrar su inocencia”, claro, después de haber tenido que pasar como delincuente, a pesar de que la ley dice que nadie puede ser tratado como tal hasta que no se le demuestre.

Cualquiera diría, pero estamos en México, esa es precisamente la preocupación más grande, que se toma todo como algo normal, porque no siempre se descubre el engaño, y son los ciudadanos los que terminan pagando las consecuencias, porque, además, tienen que cubrir cuotas de esos falsos policías, o de policías en activo realizando actividades ilegales, o de vérselas incluso con la delincuencia organizada disfrazados de policías.

No obstante, una vez que los policías son descubiertos actuando ilegalmente, se anuncia que fueron separados de sus cargos y que se encuentran siendo investigados, pero muy pocas veces se hace del conocimiento de la opinión pública, salvo honrosas excepciones, si se aplicó alguna medida disciplinaria o se interpuso alguna denuncia.

El caso es que la sociedad cada vez teme más a los policías, las cosas no cambian y no van bien, empeoran, y entre más inseguridad se manifiesta por causa de la delincuencia, al mismo tiempo, hay más extorsiones por parte de los efectivos policiacos. La siembra de drogas, armas, o cualquier otra cosa que pueda incriminar, son prácticas que lesionan la credibilidad de las autoridades.

Al ciudadano afectado no le importa quién gobierna, su preocupación es básica: desea sentirse seguro, y, además, no tener que cuidarse de caer en las garras de policías corruptos, y es lo que no se ha logrado corregir, porque es más fácil culpar a anteriores gobiernos, que asumir la responsabilidad.

Se pueden hacer varias cosas para mejorar esta condición; entre ellas, volver a aplicar exámenes de control de confianza efectivos; llevar a cabo una selección minuciosa del personal de seguridad, de todos los niveles; aumentar salarios; proporcionar más y mejor equipamiento, y adiestramiento; mejorar las condiciones laborales, sobre todo, de los elementos rasos; actualizar protocolos de actuación, entre otras.

El pueblo tiene la necesidad de volver a creer en las fuerzas del orden, pero no se logra cuando no hay confianza, ésta se ha perdido como consecuencia lógica de lo anteriormente señalado. Lo que se ha descubierto, es el poco respeto que ofrecen unos y se ganan otros, y las condiciones no mejoran, para ninguno, lo que viene siendo un caldo de cultivo en beneficio de la delincuencia.


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Alfredo Albíter González

Lo bueno, lo malo y lo serio