Caras completamente quemadas, con las cuencas de los ojos huecas; una mujer con los senos arrancados y un hombre con la carne viva son las descripciones de las personas agonizantes que buscaban ayuda después de haber sobrevivido a la explosión de la primera bomba atómica de la historia, arrojada por Estados Unidos sobre Japón el 6 de agosto de 1945, el terrible colofón de la Segunda Guerra Mundial, narrado por el periodista John Hersey en su reportaje Hiroshima, publicado en The New Yorker un año después, el 31 de agosto de 1946.
Considerado un clásico del periodismo de guerra, Hiroshima relata el testimonio de seis supervivientes y del sufrimiento humano ante la letalidad y capacidad destructiva del primer ataque nuclear que horrorizó al mundo y provocó la muerte instantánea de 100,000 personas. Sin embargo, aunque el reportaje fue publicado como libro el mismo año —y no ha dejado de publicarse—, el hecho fue silenciado por los grandes medios de comunicación y la recién creada Organización de las Naciones Unidas (ONU). Dos meses después del bombazo, mantuvo el silencio, documentó la barbarie y administró sus efectos políticos y éticos, como hasta la fecha lo hace con cada atrocidad que se presenta, para que no pase nada, no cambie nada y la paz cunda en el orbe.
El mundo enmudeció y del tema no se volvió a hablar sino hasta décadas después. El periodista y escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez hizo la traducción al castellano del reportaje en 2001, 55 años después de su publicación original y, en un artículo titulado Hiroshima y la mentira atómica, publicado en la revista mexicana Letras Libres en diciembre de 2003, relató: “en medio de la obsesión por justificar la bomba como abstracción bélica o instrumento de la venganza merecida, casi nadie en Estados Unidos se paró a pensar que debajo de la bomba había gente”.
¿Cómo justificar el exterminio a 80 años de distancia? De la misma forma que hoy se hace con el genocidio en Palestina. La acción irremediable, el mal menor; de no hacerlo será peor, etcétera. Henry Stimson, secretario de Guerra en la Administración Truman, responsable de aconsejar al presidente de Estados Unidos lanzar la bomba, argumentó que la decisión fue para “salvar vidas”; que, de no haberse detonado, hubiera sido peor, y lanzó falsos argumentos que publicó en un artículo, un año después, en 1946, para el descanso de la opinión pública estadounidense. Stimson escribió que la bomba fue lo único que rindió incondicionalmente al emperador Hirohito; que evitó prolongar la guerra más de un año, y que se evitó la muerte de casi un millón de soldados estadounidenses.
La realidad era que Japón estaba prácticamente en el desahucio y ya evaluaba anunciarlo, emprender medidas económicas y políticas para dar vuelta a la página y negociar su rendición. Estados Unidos tenía controlada Okinawa y estaba a unos pasos de ocupar Tokio; adicionalmente, la entrada a las hostilidades por parte de la URSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas), hoy denominada Rusia, dejaba sin alternativas a Japón. Nada justificaba la bomba.
Fue hasta los años noventa del siglo pasado, al desclasificarse documentos secretos elaborados por los servicios de inteligencia estadounidenses, que se confirmó la estulticia de Truman y compañía. Juan Gabriel Vásquez, en el artículo citado, lo escribió así: “Truman tuvo la oportunidad de disuadir, de forzar la rendición japonesa sin exterminios de ningún tipo, y no lo hizo, entre otras cosas —aquí va una certeza más— porque no era a Japón a quien le interesaba disuadir, sino a la URSS”.
Los hechos históricos son cíclicos, repetitivos y aleccionadores. La sociedad mundial hoy no puede dejar pasar por alto que el riesgo de desastre provocado por fenómenos antropogénicos está aquí latente. La mano de un hombre —y un puñado a su alrededor— está empeñada en llevar al límite sus aspiraciones de poder absoluto por encima de cualquier marco legal, código ético y sentido humanitario. Esta amenaza tiene nombre y apellido, vive en una casa pintada de color blanco y alguien debe detenerlo. Esto es protección civil. ¡Que su semana sea de éxito!
Hugo Antonio Espinosa
Funcionario, Académico y Asesor en Gestión de Riesgos de Desastre
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