Alegría: el principal mensaje que ha dejado el mundial de cómo se vive en México
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Alegría: el principal mensaje que ha dejado el mundial de cómo se vive en México

Miércoles, 01 Julio 2026 00:15 Escrito por 
Lo bueno, lo malo y lo serio Lo bueno, lo malo y lo serio Alfredo Albíter González

Ante la pregunta en la mañanera que se le hizo a la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, previo al encuentro del seleccionado nacional contra el combinado de Chequia, en relación con cuál ha sido el principal mensaje que ha dejado el Mundial de cómo se vive en México, la respuesta fue “contundente”: “Alegría. Felicidad. Emoción”, con una expresión que poco convenció por parte de la mandataria.

Esa “alegría” que no ha demostrado la titular del Ejecutivo, que hasta parece más interesada en que ya se termine la fiesta del futbol que en verdad involucrarse en su proceso.

Al momento de responder a la pregunta aludida, Sheinbaum deja ver lo que para ella significa el evento deportivo más importante del orbe. Su rostro reflejó ausencia de emoción; más bien, parece que contestó por inercia, con lo primero que le vino a la mente. Pero ese pequeño silencio, casi inadvertido, habló más que su boca.

Y, ¿cómo podría ser diferente? Pasaron ocho años en los que pudieron prepararse de la mejor forma para albergar el evento que convoca a millones de espectadores de todo el mundo. No fue así; las obras que ya tendrían que estar concluidas continuaban desarrollándose; es decir, no le dieron la importancia que merecía.

¿Qué hizo el gobierno de México? Durante todo ese tiempo no se advirtió que se haya hecho un acondicionamiento importante a la infraestructura de la principal ciudad sede, que, como ha venido siendo costumbre, todo se hizo de último momento. En la capital del país se intentó darle una mejora cosmética, a pesar de que la jefa de Gobierno, Clara Brugada, se haya quejado de ese señalamiento. Pero no puede negarlo: ahí están las evidencias.

Brugada, por cierto, se empeñó en meter con calzador la imagen de un ajolote y el color morado, disponiendo para ello de un gasto millonario para pintar parte de la ciudad de ese color; hasta la vía pública, a la que después tuvo que volver a pintar de amarillo. La intención aparentemente fue la de imponer una mascota diferente a la oficial, pero fue superada y por mucho por un pato: el Pato Merlín.

Ese pato se robó el escenario y el corazón de los aficionados, al grado de que fueron invitados la señora Karla Ivette Gómez López, su familia y el pato a Palacio Nacional para presentarlo en la conferencia mañanera. Se desconoce si fue en verdad aceptada por voluntad de la dueña o porque no le quedó de otra, ya que había dicho que no iría. Como sea, lo cierto es que ese pato aventajó por mucho al gobierno local.

Pero no fue únicamente el gobierno de la Ciudad: “Merlín” rebasó también a la mascota oficial de la FIFA, que lo reconoció como embajador del torneo, con el buen oficio que tienen en el organismo al darse cuenta del fenómeno mediático que este pequeño personaje despertó en la afición.

El aficionado del futbol no es un ente que se pueda mover al antojo de cualquiera; muchas veces es impredecible. Se ha visto de diversas formas. Por ejemplo, los aeropuertos de México y las aerolíneas han tenido que ajustar viajes que no tenían contemplados debido a la llegada de miles de personas procedentes de los EE. UU. que empezaron a buscar este país para disfrutar del evento deportivo.

El hincha impone sus propias reglas. ¿Quién, de los organizadores, iba a imaginar que, a pesar de que fue en Estados Unidos donde se proyectó la mayor cantidad de juegos y donde se preparó mejor infraestructura, con mejores estadios y hoteles, al final estos optarían por venir a México? La respuesta es demoledora: porque en este país sí se vive la fiesta futbolera.

La lucha de las televisoras más importantes del país, TV Azteca y Televisa, es otro ejemplo: ¿por qué el entusiasta del futbol se decanta por una de ellas, dejando de lado la presunción de los multimillonarios de la otra? La ironía llegó incómoda cuando la segunda de las mencionadas presumió hasta el cansancio —por medio de sus comentaristas estelares— que ellos sí narraban desde un palco de transmisión y los otros no; Christian Martinoli los dejó helados al señalar que él lo hacía desde el baño de su casa.

Esto debería dar paso a la reflexión y autocrítica para replantear la forma en la que quieren insertarse en la fiesta. La presidenta tuvo su oportunidad en la inauguración, pero la dejó pasar; además, el vacío que hizo tal vez pudo haber sido el motivo por el cual el presidente sudafricano Cyril Ramaphosa terminó por declinar su asistencia. ¿Qué le habrá hecho tomar esa decisión? ¿A qué le temía la mandataria? ¿Al abucheo? Con su decisión no dejó de representar únicamente al que asistió al coloso de Santa Úrsula, sino al que observó en las pantallas gigantes, en su casa o donde pudo. Ese otro pueblo que le es imposible pagar las costosas entradas del estadio, pero que no le importa, porque lo que quiere es ver el encuentro deportivo.

No puede perderse de vista que en este, como en otros eventos, los aficionados dejan de lado sus diferencias. Todas. Porque terminan por unirse con un propósito común: apoyar a su selección, esperando un buen resultado que les dará una felicidad como pocas cosas lo logran. La división es un invento político. Al verdadero pueblo lo une algo maravilloso, que no es propiedad de nadie y es más grande. ¿Cuántos videos compartidos por los visitantes que se involucran en los festejos y se aprenden frases como la clásica: “que ’&%$ el América”, como parte del folclor azteca?

La “alegría” que demostró la mandataria, si se le puede llamar así, únicamente le preocupó compartirla con una persona, quien ni siquiera empata con la que intenta mostrar ella, y eso ya es decir demasiado.

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Alfredo Albíter González

Lo bueno, lo malo y lo serio